…en la escuela necesitamos integrar los valores…

SOBRE LA CONVIVENCIA ESCOLAR

Mejorar la convivencia en el aula. Los valores desde el ejemplo.

La convivencia en la escuela y en aula en particular son las grandes piedras de tropiezo en la labor diaria docente, últimamente da un trabajo increíble sostener una clase dentro de los límites de la buena convivencia. Los chicos, sobre todo los adolescentes traen una gran carga a la escuela y una gran falta de educación y carencia de límites que nos dejan muchas veces perplejos.

Sin embargo, hay un aspecto que es importante cuidar a la hora de pretender mejorar la convivencia en clases, especialmente difícil de revisar, porque implica, antes que nada generar un cambio desde uno mismo como docente. En un post anterior, “Reflexiones adolescentes” ciertamente me asombré de las observaciones de los alumnos sobre como perciben que se los trata y como no es un tema menor, sino casi diría que central, pienso que vale revisar el tema también desde la autocrítica, para asegurarse que se espera lo mismo que se entrega en cada una de nuestras clases.

Todos sabemos lo común que es escuchar en las salas de profesores quejas sobre los alumnos, el cansancio, lo agotadoras que pueden resultar un par de horas de clases con determinados cursos, la falta de respeto generalizada, lo poco que aprenden, y lo difícil que es llevarse con ellos. Ninguna duda que lo que se cuenta es cierto. Aun así, muchas veces, los que más se disgustan, son los que en general, no ofrecen el mejor trato. Con todo lo que representa la afirmación, he visto muchas veces colegas maltratar a sus alumnos, para no equivocar ni dejar a medias la apreciación, prefiero explicar mejor a qué me refiero con maltratar.

Maltratar es utilizar lenguaje sarcástico cuando los alumnos no entienden. Maltratar es gritar, en lugar de hablar. Maltratar es proferir algún insulto a quien se pretende educar. Maltratar es entrar al aula trasladando el propio malhumor a la clase, como si los alumnos fueran responsables de cuestiones  personales. Maltratar es subestimar de antemano y además hacerlo evidente.  Maltratar es responder groseramente cuando alguien requiere revisar la explicación. Maltratar es humillar o utilizar la materia que se domina como elemento de poder. Maltratar es ser indiferente ante la necesidad y fundamentalmente la responsabilidad que significa educar y ocuparse de que todos aprendan.

Podría dar muchos más ejemplos, pero  es suficiente para comprender a qué me refiero, y no creo que nadie lo haga a conciencia, creo que desgraciadamente como sociedad estamos acostumbrados a esa clase de trato, por decirlo de alguna manera…torpe.

¿De qué se sorprende uno entonces, de qué se queja quien valida y promueve en su clase el malestar y el maltrato? Es un juego triste de tono de abuso, porque se sanciona al alumno que responde al maltrato, pero no al docente cuando sin querer lo promueve.

Creo que aunque nadie tenga la intención ciertamente, es importante antes de entrar al aula, revisar la propia forma de comunicarse y revisar cuáles son las reglas bajo las cuales se interactúa, para ser creíbles.

Cautivar la atención requiere necesariamente el establecimiento de un vínculo tan necesario, sano y olvidado, como lo es el del profesor con sus alumnos. Quien ofrece y quien toma el conocimiento, en un ida y vuelta que necesita confiar en los métodos, en las palabras, en el respeto, en la coherencia.

¿Quién le pregunta algo a quien responde fastidiosamente entre dientes? ¿Quién puede aprender un tema de alguien que poco y  nada hace por enseñarlo? ¿Quién puede respetar y alegrarse de la presencia de quien demuestra permanentemente fastidio por su trabajo?

No pretendo eludir la realidad de que inevitablemente estamos muy cansados, de que más allá de todo el trabajo necesario que hay por delante, somos tan vulnerables como humanos, no me refiero a los actos de heroísmo. El contexto social, los problemas económicos de todos, y todo lo demás representan un terreno sumamente agotador. Se trata de moderar el paso para ser consecuentes con lo que se pretende alcanzar, se trata de mejorar “a pesar de” para lentamente rescatar todo lo que se ha perdido, más aún, encontrar todo lo que nunca se ha alcanzado.

No es un tema menor revisar a modo personal lo que se pretende, y a conciencia vislumbrar la propia forma de interactuar y lo que se desea recibir a cambio.

Qué lugar entonces más apropiado que la escuela para cuidar lo que se muestra como persona, qué lugar mejor para aprender a vivir e interactuar con los demás desde una escala de valores apropiada. Quién mejor que el educador debe demostrar lo buen aprendiz que es, y contagiar ese entusiasmo por perfeccionar las formas, por rescatar los valores, por compartir el conocimiento, por validar a diario, sin amedrentarse por el contexto, la capacidad de crecer y mejorar.

La frase es quizás conocida, pero nada lo resume mejor: “Dar el ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás, es la única”.


Convivencia escolar: aprender de las diferencias

La escuela es una de las primeras experiencias de convivencia directa y tangible desde el punto de vista de la diversidad. Considerándolo así puede ser, sin dudas, una experiencia sumamente enriquecedora. Puesto que convivencia es sinónimo de coexistencia, la misma invita a asumir en profundidad la existencia en el más amplio sentido, no sólo de cada persona en particular, sino de su óptica, sus vivencias, su pasado, su presente y la forma en la que se proyecta en el futuro.

Coexiste en la escuela ante todo el propio individuo, con su historia familiar, con sus gustos particulares, modelando personalidades los más jóvenes, intercambiando con la propia los adultos. Revelando cada uno, a través del tiempo distintos matices, puesto que se integra el tránsito de muchas etapas diferentes de la vida.

Se convive a su vez con reglas, proyectos comunes y particulares, reglamentos, estatutos, proyectos áulicos, además de actividades y lineamientos que forman parte de la educación escolar en sí misma.

Considerando sólo estos aspectos, no es ni remotamente posible la falta de conflicto en la escuela, sin embargo, la riqueza consiste no en evitarlo, sino en la forma de convivir, de enfrentarlo y resolverlo cada vez que surja.

Particularmente no creo que sea correcto evitar las discrepancias para evitar los problemas, sino aprender y enseñar a resolverlos. Hay un millón de cosas que nunca van a ser iguales, ni siquiera para dos personas. Imposible pretender que lo sean para todos los que conviven en la escuela.

El primer síntoma de madurez es aceptar las diferencias que se pueden tener con el otro, y poner sobre la mesa esas diferencias, sólo si son sinónimo de conflicto, o proponen una metodología de trabajo, así vale convocar un acuerdo, no para convencer y vencer, sino para ponderar y resolver. Eso es darle racionalidad a la coexistencia, a la diversidad implícita y necesaria.

De manera equivocada recibimos las diferencias para construir muros, permitiendo que distintas formas de pensar sean razón suficiente para dividir, para separar. El grupo de los que piensan de una manera o los que se visten de otra. Es genial identificarse y compartir puntos de vista, sin embargo hay actitudes que empobrecen. Hay actitudes que generan sólo división y enfrentamiento. Empobrece y genera conflicto perder la capacidad de integrar, incluso la propia forma de ser y pensar, empobrece y genera conflicto no ser capaz de revisar desde otros puntos de vista la propias convicciones. Porque se pierde la posibilidad de crecer, de mejorar o de cambiar, y se piense como se piense, siempre se puede crecer.

No hay dos personas iguales, no tiene porqué haberlas, los valores morales son los que entran en juego a la hora de considerar cuántas cosas implica convivir, cuántas cosas implica compartir el espacio escolar. Creo que más que una cantidad de reglas previstas y métodos impartidos, hacen mucha falta una cantidad de valores compartidos y bien aprendidos. No sólo para los alumnos, sino para todas y cada una de las personas que hacen a la escuela.

¿Cuándo entonces esta diversidad es enriquecedora? Cuando cada uno enriquece, cuando cada uno acepta lo que ofrece el otro, con la madurez de integrar y comprender, no de intentar cambiar o criticar. Es un ejercicio que poco hacemos, escuchar sin estar a la defensiva o preparar la ofensiva ante lo diferente, sean gustos diferentes, opiniones diferentes, métodos diferentes…Cada uno es diferente, si bien en esencia el mismo, cada uno es distinto, ésta es la riqueza que tenemos que ser capaces de validar. Sí promover el crecimiento, más todavía, acordar para convivir de manera sana, pero a partir de la tolerancia, la comprensión, el respeto, la paciencia, la humildad, y la sabia actitud de saber que cada uno tiene que aprender, y que todos necesariamente aprendemos de los otros.

Inculcar estos pequeños valores deja a las normas en segundo plano, puesto que son el eje moral mismo que sostiene las reglas de convivencia. Aprender a convivir en la escuela y en el aula, es un ejercicio de cada minuto. La clave consiste en aprender y enseñar a disfrutar, que cada uno tiene su parte para dar e integrar, con una actitud abierta y positiva, promoviendo, alentando e incentivando cada vez las mejores virtudes y valores.

Así y sólo así, puede cambiarse el punto de vista, no “sobrellevar” esa coexistencia, ese diario convivir, sino disfrutarlo. Ofrecerlo desde otro ángulo para no separar, para no dividir, claro que hay problemas (¡vaya que los hay!), claro que hay disenso, rebeldía y tanto más. Es proponer la convivencia desde otro lado, centrarse en todo lo bueno que puede dar lentamente puede revertir todo lo que incomoda y malogra. Nadie viene con manual, y la convivencia en la escuela es siempre diferente, como que cada uno es diferente. Todos necesitamos aprender de todos permanentemente. Necesitamos aprender lo bueno, y enseñar lo bueno, nuestros jovencitos necesitan aprender lo bueno, y deben también mostrarnos y enseñarnos lo bueno que hay en ellos. A eso me refiero con ofrecerlo desde otro ángulo, alentando, incentivando y resaltando sus virtudes, para que disfruten integrar otras nuevas y valoren y refuercen las propias.


cuando los límites no existen: autoridad y responsabilidad

Los que trabajamos alguna vez en escuelas dentro de lugares muy marginados y a veces no tanto también, convivimos muchas veces con el abuso o el exceso de algunos alumnos, generalmente acompañado del de los padres, que pretenden convertir a los docentes en servidores  bajo amenaza. Es ésta una de las grandes pérdidas dentro de la educación, puesto que parece que hubiera que renegar de la misma, o adquirirla de manera caprichosa, juego que se sostiene entre padres y alumnos, tomando la escuela como quien lo hace con un servicio, y no como lo que es realmente.

Para algunos padres, la educación no puede valerse de las herramientas correctivas (sin las que la educación es imposible), sintiendo que algunos aspectos del proceso educativo normal son equivalentes a “meterse con sus hijos” (quién es uno para decirle a su hijo lo que debe hacer). Esta desacertada apreciación, los trae algunas veces por la escuela con una clara advertencia: el profesor podría “lamentar las consecuencias”. Así se supone que la última palabra incluso dentro del ámbito escolar, no la tienen los directivos, ni los docentes, ni siquiera los padres de los alumnos. La tienen los chicos quienes aprueban o no los métodos y normas escolares y transmiten su gusto o disgusto a sus progenitores.

Temas absolutamente controversiales son: ¿Cuáles son nuestras herramientas básicas de educación? ¿Por qué estamos tan solos a la hora de sancionar cuando necesitamos corregir alguna conducta? Si tuviéramos un respaldo que brinde más seguridades a la hora de intentar pautar una convivencia conveniente, y no de eternas determinaciones cuestionadas, sería más fácil educar. Esa nueva costumbre de revisar cada sanción y cuestionarla, desarticula todo intento de ordenar y armonizar la convivencia. 

Necesariamente la autoridad sana debe mantenerse sobre un eje de responsabilidad, que garantice el funcionamiento y la finalidad que  se persigue, en este caso educar. La persona que ejerce autoridad es la mayor responsable de la integridad del bien que se intenta preservar.

Me refiero a la autoridad bien entendida. A la que guía y protege bajo códigos, reglas y estatutos. A la autoridad en la que se delega la tarea de garantizar que algo funcione. Imposible educar sin autoridad y respeto hacia la misma.

¿Cómo se dice basta entonces? ¿Qué cosas hay que tolerar y qué no? Hay una pregunta, para hacerse casi a modo personal. A puertas cerradas dentro del aula nadie conoce como uno el grupo con el que trabaja. ¿Qué clase de docente están necesitando nuestros alumnos? A todas luces que necesitan claridad a la hora de conocer los límites, y seguridad sobre las consecuencias que implica transgredirlos.

En cada lugar y de cada familia vienen los chicos pidiendo lo que les hace falta como pueden, a veces de la peor manera. Realmente se hace necesario revisar y corregir las normas establecidas, jerarquizar la autoridad en tanto es garantía de la salud institucional, devolverle la credibilidad a los métodos correctivos, como necesidad de limitar las acciones en contra de la convivencia sana, para no tener que limitar los contenidos y los objetivos curriculares. Tomarse el trabajo de repasar y verificar que cumplimos cada uno cuestiones elementales, que hacen tanto a la educación, como a la confianza que debe establecerse entre docentes, padres y alumnos. La experiencia nos ha confirmado lo importante y necesario que es:

  • Pautar desde el primer minuto las normas de convivencia elementales, que cosas están permitidas y que cosas no. Cuál es la actitud que esperamos de nuestros alumnos, es increíble pero si uno no se los dice, no saben. Descontemos que intentarán asegurarse hasta el cansancio que seguimos manteniendo las mismas reglas y que además las haremos cumplir.
  • Refuerzo la anterior: asegurarse de que se cumplan las normas anteriores, sin excepciones, y responsabilizar al grupo hacerlas cumplir.
  • Acompañar los trabajos de un gran estímulo, los chicos son muy maleables, hay que encontrar la forma de llegar a ellos. Necesitan que se les diga mil veces que son capaces, cuánto pueden aprender y mejorar. Acompañar siempre los avances de reconocimiento. Estímulo y más estímulo.
  • Atenderlos en forma general y lograr tomarse aunque sea un minuto en particular con cada uno de ellos. No hay que olvidar que actúen como actúen no dejan de querer ganarse nuestra atención y afecto. Necesitan nuestro tiempo.
  • Los más difíciles se benefician enormemente en pequeñas charlas aparte con el profesor. Responden y escuchan de otra manera. Se los debe invitar a colaborar, estimularlos incansablemente en el estudio para que su propia autoestima los invite a mejorar en todos los aspectos.
  • No hay que olvidarse de los padres, una charla previa y cada tanto con ellos los ayuda a colaborar con el docente, en lugar de alejarlos y contraponerse. Muchas veces los padres se sienten observados y criticados, lo que los transforma en enemigos. Es necesario conversar con ellos, explicarles que esperamos, cómo serán nuestras clases y todo lo que tenemos previsto que puedan alcanzar sus hijos, pero que necesitamos su ayuda.(Sabemos que muchas veces es un familiar apenas el que se acerca, quien sea cumpla el rol de tutor es necesario de nuestro lado, puesto que educadores y padres o tutores estamos en función de los menores, es unirse en el esfuerzo de educar y proteger).

Hay mil situaciones dolorosas por las que pasan nuestros alumnos, sería una obviedad decir que aprenden lo que viven, lo que les pasa y lo que no. Tampoco deja de ser parte del conocimiento de cada profe las historias que vemos y escuchamos. Lo más importante es que no deje de importarnos, que si estamos parados frente a ellos, más allá de un montón de calamidades, podemos darles lo que nunca hubieran visto en sus vidas. Es difícil y a veces abrumador, pero estamos allí para algo, vale la pena seguir intentando luego de mil tropiezos, no dejan de ser muchos de nuestros alumnos desafortunados, marginados, maltratados, olvidados….

Con todo esto, pienso que son afortunados en el sentido de tener todavía (algunos) una escuela a la que acudir, un grupo con el cual identificarse y en el que desarrollar afectos y lograr un intercambio con  docentes que a prueba de todo puedan llegar a ellos y generar un pequeño cambio, paso a paso, es como enseñarles a caminar. Ni hablar del tema de las drogas, el alcohol, etc. que llegan a la escuela. No hay límites, realmente en muchos sentidos no los hay, se trata de delimitar de nuevo el terreno, de construir absolutamene todo de nuevo, de convencer y estimular. Con un esfuerzo de parte de todos y cada uno, las cosas pueden mejorar, lenta, pero indudablemente.