…en la escuela necesitamos integrar los valores…

Cuanto se enseña y cuanto se aprende (I)

Una de las preguntas que ronda una y otra vez en el aula cada vez que comenzamos un ciclo lectivo, es dónde ha quedado lo enseñado el año anterior, sin disimulos lo aprendido se ha vuelto evidentemente poco. Sin dudas cada nivel, cada año y cada edad trae lo suyo. En un momento de tantos cambios y avances, no es posible dejar contenidos a un lado, ni siquiera en un segundo lugar, intentando arbitrar una escolaridad en masa, como se nos ha presentado últimamente la tarea. En el proceso de enseñar y aprender se ponen en juego una multiplicidad de factores que inciden directamente en el desempeño y aprendizaje de nuestros alumnos.

El aspecto que hace a la aprehensión de los conocimientos es tan vital como ofrecer un eje de valores en el cual cada uno encuentre un camino, modele su propia humanidad y crezca en conocimientos. Al último se refiere en particular éste y el próximo post. Aquí entran en juego muchos elementos a tener en cuenta, a mi entender, todos revisten la misma importancia, por tanto el orden en el que los comparta aquí es irrelevante, incluso unos y otros se entrecruzan permanentemente, pero vale mucho la pena repensar aspectos que se lucen a diario en el aula, y conducen de una manera u otra a no alcanzar el aprendizaje esperado. Así se nos presentan a diario aspectos a los que si bien nos acostumbramos, quizás comprender mejor sus alcances tiendan a buscar alguna solución que podamos proponer de manera real. Ese pequeño estímulo, esa palabra o dinámica oportuna que repare un poco lo que obstruye el aprendizaje, la atención y dedicación de nuestros alumnos. Y se luce quizás antes que nada…

La falta de interés: Inoportuna como siempre, se puede, pero es muy difícil aprender algo que a uno no le interesa. La competencia, en general con un mundo de tecnología y sobre estímulos, inclusive en simultáneo, es un poco cruel a la hora de tener que enseñar algo “a la antigua”, de proponer lecturas, de abrir un libro, de  escribir correctamente, o simplemente seguir estoicamente un proceso lógico (¡Sencillamente todo un desafío!).

Realmente nuestros métodos pueden resultarles arcaicos a nuestros chicos, pero sabemos que valen un millón de veces la pena, puesto que bien reconocemos que la base del conocimiento no se puede perder. Muy por el contrario, a la hora de necesitar cambios, habremos todos de recurrir infaliblemente al uso de la razón, al lenguaje de la comunicación, que debe ser tan claro como preciso a la hora de seguir cualquier razonamiento. Sea de manera oral o escrita, de manera coloquial o de estructura simbólica y puramente lógica.

Sin ninguna duda las herramientas tecnológicas, incluso los celulares claro, pueden servir como herramienta en el aula, de hecho, dependiendo de sus características son absolutamente maravillosos para aprender, y son una fuente de atracción para los alumnos, pero no ha de pasar todo por allí. Por el contrario, y representan la mayor parte de las veces una gran distracción permanente. Hay muchísimo que requiere otra clase de atención, y un trabajo diferente. Definitivamente cada cosa ha de cumplir su función, y la cumple con excelencia sólo en el lugar que le corresponde.

La falta de interés sólo puede resolverse de una manera: provocando el efecto contrario.  Y aquí hay mucho de la preparación que cada quien tenga (además de ganas…) para poder de alguna manera vincularlo a todo lo que sí les interesa a los chicos, trayendo a la realidad cuestiones tangibles, cosas que planteen nuevos desafíos, incluso, para los viejos problemas.

Una atención ausente: A la orden del día, la falta de atención, tan estrechamente ligada a lo anterior. Obviamente la falta de interés quita la atención de cualquier asunto. Casi todas las veces está ligada a ese sobre estímulo antedicho. Otras, relacionada con los problemas que los chicos cargan de casa, o por los cambios lógicos en las distintas etapas de crecimiento. Otras tantas, por el simple hecho de no haber logrado el ejercicio de la concentración a la hora de aprehender los conocimientos. Y también por qué no, una presentación de los temas un poco desatendida, en la cual cada quien deberá hacer el alto que corresponda y ponerse lo más creativo posible.

Cada una tiene una forma de encaminarse, todas son absolutamente válidas y requieren el esfuerzo de encauzar una solución, de arbitrar los medios suficientes para lograr ese pequeño tiempo de escucha, que implique seriamente un proceso cognitivo real, no de memorización, sino de atención, de planteos, de cuestionamientos y puesta en común. Es un rato, porque no dura mucho más que un rato, invaluable. Lo que aquí se ha tomado, se queda, y da sus frutos una y mil veces. Ni hablar si el educador participa activamente del proceso, del redescubrir, de ir por más cada vez. Actitud que es absolutamente contagiosa para los chicos, puesto que no sólo se involucran como receptores, sino que se sienten capaces de encontrar respuestas y compartirlas. Eso es aprendizaje real, eso no lo olvidan jamás.

 La evaluación es una herramienta de cambio: Y aunque en este primer apartado del tema sólo será una referencia a las evaluaciones de contenido, aquí  podríamos detenernos por horas, porque realmente el proceso de evaluar debe ser absolutamente enriquecedor. Quizás aún nos falta redescubrir sus alcances y no limitarse a trasladar los resultados a una libreta, calificando en un número, y quizás de manera un poco arbitraria, el resultado de una prueba escrita oportuna, y a veces no tanto…

La evaluación sin dudas es una herramienta de cambio, de valoración para el docente fundamentalmente, es imprescindible aprender a utilizarla.

Sean cuales fueren los parámetros que se tomen, en promedio sobre un curso que arroja pésimos resultados en una evaluación, puede leerse algo vital que necesita revisar quien enseña. No significa necesariamente esto impartir mal las clases, sino que hay mucho que recomponer. No es fácil precisamente pararse frente a un curso, lograr silencio, atención y buena predisposición de nuestros alumnos, que por maravillosos que sean, traen a cuestas un trajín importante de la calle y de casa también.

En los resultados de la evaluación, puede verse eficientemente: si el alumno simple y sencillamente no ha estudiado o si no sabe cómo estudiar, si el alumno no ha comprendido realmente el tema, si no tiene el menor interés en realizar sus actividades, si sólo busca complacer a sus padres o al docente, si compite permanentemente con sus compañeros por las notas, si sabe y se desenvuelve realmente con soltura porque estudia y ha comprendido, si hay muy poco incentivo a sus espaldas, si está muy cansado (y pasa con frecuencia), si lo intenta pero no puede acceder al material que requieren sus estudios, si no está cómodo, si inventa por no fracasar pero no tiene conocimientos reales porque no utiliza,  ya sea porque no sabe o no quiere, los métodos más adecuados para él.

También hay que saber leer en los resultados, si el docente desarrollo maravillosamente el tema, o no lo explicó bien. Si lo pasó a toda velocidad o ha tomado el tiempo necesario, si permanentemente da por sabidos temas que en realidad no lo están e insiste en que ya “deberían” tenerlos aprendidos. O sencillamente… si la evaluación ha sido un castigo por actos de indisciplina de los alumnos, sucede a menudo. Muchas veces, ante la escasez de herramientas correctivas, se apela a las que no son adecuadas, puesto que no sólo no cumple aquí su función sino que la mayor parte de las veces interfiere en la buena evolución de las clases y los contenidos.

Quiero decir con todo esto, si no se ve que la evaluación es una herramienta…estamos viendo para otro lado. Lo importante aquí es que cada situación que ponga en evidencia, tiene su solución adecuada y oportuna. No tiene el menor sentido recostarse cómodamente en la posibilidad de que todos aprueban o desaprueban porque sí, y masificar los resultados porque es poco lo que evoluciona la clase, nada lo que se nivela, y menos lo que se aprende.

La evaluación es una herramienta de cambio, de revisión, de profunda reflexión sobre lo que se queda en una clase, sobre la forma en la que transcurren las mismas, la forma en la que se enseñan los temas y la manera en la que éstos se aprenden, entre otras… ¿Han aprendido nuestros chicos a aprender…? ¿Se aprende todo de la misma manera…? ¿Es válido evaluar a todos de la misma forma…?

 Tanto las preguntas como las respuestas que tentemos dar son casi infinitas, nuestra piedra de tropiezo, y con la que nos hemos casi hasta encariñado, la de simplemente aceptar que nuestros alumnos no terminarán de aprender nunca algunas cosas, podemos correrla a un lado, y buscar lo nuevo. Buscar esas cosas que de alguna manera pueden resolverse y corregirse dentro del propio sistema educativo, para alcanzar mejor, en menos tiempo y de manera más efectiva una cantidad más generosa de aprendizajes.

Los chicos tienen derecho a equivocarse, claro y por supuesto que sí, es parte del proceso de aprender. Los grandes también tenemos el mismo derecho, y ha de ser parte también del mismo proceso de enseñar, pero el turno de revisar es nuestro. Por tanto la cuestión no es, no si nos hemos de equivocar ambos, sino que ninguno lo haga con tanta persistencia y resignación, cuando observar mejor un poco determinados aspectos, posiblemente no sea tan complicado y traiga un poco de claridad.

El tema sigue, y por no extender tanto el mismo post, lo he divido en dos partes, hasta aquí la primera, en la próxima quedarán vinculados otros aspectos que aún podemos involucrar y son parte del día a día en la escuela. Cualquiera de nosotros podría mencionarlos porque los conocemos muy bien, aquí la diferencia la hace encontrar cada quien, la oportunidad de ofrecer a sus alumnos justo eso que necesitan.

Mientras tanto, mucho para pensar y como siempre, lo ameno atrae, un buen rato, más que nada, con los ojos puestos en lo que a los chicos les gusta ver, pero desde el ángulo que necesitamos que aprendan, puede lograr grandes cambios en la forma no sólo de aprender, sino en nuestra dinámica de enseñar.

Entre tantas cosas que nos gustarían ver resueltas y mucho más humanas en este mundo, nos ilumina encontrar personas que han podido desarrollar las mejores cualidades, en referencia a los valores humanos y también en sabiduría, en conocimiento. Si lográramos que todos los niños, con su natural inocencia, más allá de sus rasgos tan propios, tengan la posibilidad de desarrollar ambos aspectos, otra cosa sería su futuro y también este mundo, hacia allí con amor y paciencia es donde debemos encaminarlos.

Continúa en  Cuanto se enseña y cuanto se aprende II

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