…en la escuela necesitamos integrar los valores…

La responsabilidad de educar

Encontrar formas reales de alcanzar todo cuanto nos proponemos como educadores implica, en todas sus dimensiones, ser consecuentes con las propias convicciones, y efectivos a la hora de asumir las propias responsabilidades.

Incluso afirmaría que abstrayéndonos un poco del contexto al que podemos atribuir muchas culpas sin temor de equivocarnos, hay una, que cargamos con mucha ligereza por no tomar real conciencia de su alcance. La responsabilidad de educar, corregir, enseñar, guiar y prevenir con la mayor sensatez y seriedad posibles. Esto es, sin disimulos, sin deslizar ni esquivar detalles que somos capaces de juzgar como valiosos en algún aspecto.

¿Hasta dónde alcanza la responsabilidad de cada uno? Hasta donde tenemos la capacidad de reconocer un problema. Hasta donde encontramos la certeza y la seguridad de saber qué es lo correcto en cada lugar.
Se ha vuelto un hábito muy dañino el criticar sin aportar lo propio, sin construir cambios o sin darle una dirección genuina al trabajo que se realiza. Somos muy valientes para demostrar en contra de cuantas cosas podemos estar, pero si nos pidieran una lista de las que llevamos a la práctica por estar a favor, poco tiempo nos llevaría confeccionarla.

Justo aquí es donde la responsabilidad toma casi la jerarquía de la sabiduría que contempla. Puesto que no se mejora si no se enseña, no se transforma si no se educa, no se progresa si no se aprende, y no se evoluciona si no se crece. En cambio, se mejora cuando se enseña y cuando se educa, se construye cuando se aprende y cuando se crece…Y no me refiero a la retórica del discurso idealista que se emplea a veces desde muchos organismos nacionales e internacionales, dedicados entre otros a la educación. Sino que su alcance real ilumina mucho más allá, puesto que no sólo los sostiene, sino que los alimenta con cuanto ha de proveer de verdad y correspondencia, a medida que los tiempos van cambiando.

Sin necesidad de indagar demasiado podemos notar que la sociedad se ha quedado huérfana de quienes sean capaces de sostener la moralidad y la ética de sus certezas no sólo para sí, sino que como parte imprescindible de las mismas, guíen el crecimiento de los demás. Entonces…¿A quiénes acudir más que a los educadores de alma, de vocación? Más aún…a los educadores del alma, a los educadores de la vocación, en manos de quién sino podría ponerse el presente y el futuro…? ¿Qué dejamos para después si en lugar de poner la mayor precisión hoy, en todo cuanto atañe al proceso de educar y guiar, sólo somos capaces de lanzar una crítica relajada de cuanto vemos en franca decadencia?

Sólo asirnos de una insignia de disgusto es desidia y pereza. Abrir la boca para quejarnos de lo mal educados que están nuestros pequeños y jovencitos, a sus espaldas, pero no abrir la boca para contenerlos y corregirlos cara a cara, es traicionar y desertar los principios que se alardean.
Esto tiene un doble costo, ambos del mismo peso. Uno de ellos es eludir la responsabilidad de asistir, de enseñar y corregir a nuestro prójimo, en tanto reconocemos fielmente el error. Diluyendo así la posibilidad de cambio, de colaborar en el crecimiento de los otros, sobre todo y cuanto más cuando nos referimos a la educación de nuestros niños.
El otro costo, es el de la justificación que difícilmente encontraremos al no actuar de la manera correcta, evitando la responsabilidad que nos atañe por los demás como seres humanos que somos, sea tanto desde los valores morales y éticos fundamentales, como desde la fe.

Es muy claro que este mundo tiene mucho para mejorar. Eso nadie lo duda. ¿Por qué dudar entonces cuando sabemos diente-de-leonqué es lo que hay que hacer o decir? Es esencial no vacilar tanto de la racionalidad y del trabajo que merecen los cambios genuinos, si están sólidamente cimentados en los valores, en lo verdadero y valioso. En lo que nos hace humanos y no tiene precio ni medida, porque no distingue colores, posiciones económicas, sociales o de función, y que cómo único vector exponen con tanta sencillez la fragilidad y la maravilla de la vida. Incluso de la delicadeza que debiera haber en su transcurrir, de la sabiduría que no puede perder como única depositaria de una raza humana que se está apagando harta de presumir sus propios errores. Muchas veces, incluyendo banderas de respetos y derechos que contradictoriamente atentan contra la misma vida.

El cuidado de no perder un norte real hacia el cual dirigir cuanto habremos de enseñar, abarca todos y cada uno de los aspectos que nos hacen seres humanos. Tenemos que aprender a proveer educación verdadera, necesitamos enseñar incluso, a exigir educación verdadera. Es extraño, pero por lo general, es muy poco lo que se exige tal bien, sabemos quejarnos de todo, pero pocas veces encontramos la respuesta de una sociedad que necesita antes que nada educación, educación de verdad. Sé que muchos, casi me atrevo a decir que la mayoría de nosotros, pensamos así. No tropecemos con la duda de actuar consecuentemente, o dejar pasar oportunidades de cambio. No es fácil, sin dudas, y también da un trabajo increíble, pero los frutos son directamente proporcionales.

Educar de verdad, educa de verdad. Cuando enseñamos algo a conciencia, con convicción, con esmero, alguien lo aprende a conciencia, con convicción y con esmero. Eso no se puede pasar por alto. Es trabajo que vale la pena, una y un millón de veces. Recordemos siempre que para eso estamos, más…eso es lo que somos en realidad, todo el resto pasará de muchas maneras.

Como quien ha tomado la responsabilidad de enseñar, no dejemos desprovistos a nuestros alumnos de todo cuanto seamos capaces de señalar y ofrecer. Como padres, no podemos dejar a nuestros hijos huérfanos de una guía presente, sensata y orientada hacia los valores, que evidencie coherencia y sentido en cada aspecto de su crecimiento. Y como integrantes de la sociedad, asumamos la responsabilidad de ser verdaderamente lo que decimos ser, y brindarnos al resto sin medida. Hay tanto a la vista que expone la responsabilidad de ser genuinamente parte de lo que reconocemos como bueno y valioso…no se necesita temeridad para alcanzar cambios, basta el respaldo de la fe que nos guía, de la esperanza que denota la alegría de ser consecuentes con lo más valioso que somos.

Nuevamente, criticar no cambia nada, las justificaciones tampoco lo hacen. Que quede muy claro que todo eso que evocamos en una queja, denota sólo, y casi exclusivamente, falta de educación. En primer lugar desde la fe y la coherencia de la verdad y el amor que asume como tal, luego desde todos los valores humanos que seamos capaces de proveer y convocar. Que no se confunda el respeto y la libertad que cada quien goza desde la razón de su existencia, con la falta de compromiso de sus pares o maestros en cada momento de la vida. Roles que todos desempeñamos permanentemente en la vida. Roles que necesitan la misma cuota de humildad para aprender y de amor para enseñar.

Es ésta sin dudas, la mayor responsabilidad que necesita asumirse a conciencia en todos los ámbitos, puesto que todas las relaciones, desde el rol social que cada quien desempeña, hasta el núcleo familiar, o de amistad y de afecto que cada quien posea, no escapa la riqueza que cada quien aporte para el crecimiento de los demás. Eso es amor e interés verdaderos, esa es la auténtica vocación y compromiso.

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