…en la escuela necesitamos integrar los valores…

Pausa

Con una mano en el corazón, me atrevería a confesar que el título resume cuanto se podría leer aquí, y es quizás más que nada porque hace referencia a la pausa que muchas veces necesitamos hacer para mirar mejor e intentar trasladar el granito de arena propio, nuestro aporte positivo y necesario de cada día.

Ningún aspecto escapa a los valores humanos cuando necesitamos un replanteo serio, un momento para recalcular los objetivos, los medios y la invaluable capacidad de ver la realidad sin subjetividad. Así las causas y sus consecuencias mansamente se vuelven evidentes, y sin más se aclara el rol que cada uno debe desempeñar para mejorar las cosas.

Abrir los ojos de verdad y ver lo que está pasando especialmente a nivel social, necesita también una seria pausa de revisión. Cuanto más si nos referimos a la educación, que intenta justamente colocar en el camino de la vida de cada uno, la capacidad de aprender, de tomar conciencia, de adquirir no sólo destrezas y conocimiento, sino imprimir en ellos la calidad de lo humano y valioso. Eso le da un sentido real a cada uno, encontrando afinidad en la forma de relacionarse con los demás y cualidad en el desarrollo individual. Creo que ningún educador ha de privarse de tal menester, puesto que debe transformarse muy a menudo en una herramienta fundamental. Sin ella, no hay cambios ni progreso.

Una pausa otorga siempre claridad, porque es la única capaz de desconectar la influencia de la prisa diaria, de la rutina de la obligación y la imposición de los deberes, del exceso de información más una extensa lista de añadidos extras. Es aquí, donde la necesidad de un intervalo, es la única posibilidad de importar señales de coherencia, de credibilidad y responsabilidad, por ser capaz de otorgar un alto a lo común, a lo que está sucediendo justo frente a nuestros ojos y lo usual, nos lo ha vuelto normal.

La repetición ha adormecido la conciencia de lo humanamente inaceptable y la capacidad de rebelarnos contra ello. La falta de reacción que hemos adquirido se ha vuelto en contra de lo bueno, de los cambios que sabemos que necesitamos generar hoy, para dejar de recibirlo todo inercialmente. Tampoco hay forma de que la educación alcance sus objetivos sin que nosotros, día a día demostremos que somos capaces de no desviarnos de ellos.

Necesitamos una pausa para mirar de verdad, para no dormirnos, para no quejarnos sin despertar, para no caer en el asombro y el olvido una y otra vez cada día… Cambiar es cambiar, que lo común no se convierta en bueno por repetición. La violencia, la decadencia, la comodidad, la falta de autoridad y sobre todo la falta de congruencia no pueden coexistir con la educación. 

Con certeza necesitamos que el silencio nos de la objetividad necesaria, para que la fe que nos mueve se traslade en fortaleza para enseñar la paz en lo cotidiano, única capaz de darle lugar al conocimiento. No está bien perder la alegría de todo lo bueno que podemos dar y recibir, por rendir nuestra capacidad de ofrecer y exigir todo cuanta humanamente nos corresponde. Exigir, bregar, demandar, cuestionar, exhortar, además de hacer, también son verbos íntimamente ligados a nuestra tarea de proteger y preservar la integridad de cualquiera de las personitas que nos rodean y nos necesitan.

Sobre todo, que la frecuencia de lo que no deseamos ver, no nos quite el poder de cambiarlo, hay gente increíble haciendo cosas realmente maravillosas, eso es lo que necesitan ahora y más que nunca ver los chicos reflejado en cada uno de nosotros, para crecer seguros, para construir la paz, para aprender de verdad y encontrar todos esos valores que deseamos que aprehendan para sí.

Los valores humanos necesitan el reflejo de la acción, tanto de la calidad como de la calidez del tiempo que tomemos para sembrarlos, para cuidarlos cada día, para mencionarlos y para protegerlos activamente. Nuevamente, no son sólo palabras, es la vida misma en su real y delicada dimensión. No hay tiempo más valioso que el que se toma para dar, éste es el tiempo que necesita el espacio de la pequeña pausa para razonar, sentir y hacer el bien, en cada pequeño y gran espacio que nos convoque.

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