…en la escuela necesitamos integrar los valores…

Los valores y la educación sexual, desde la escuela y la sociedad

Acercar valores morales implica tener la mirada puesta en todo cuanto humanamente pueda hacerse de una manera altruista, que atesore en su esencia calidad y las mejores cualidades. El desarrollo de la sexualidad en nuestros jóvenes no está ajeno a la posibilidad de atesorar una forma buena de ser vivida. En la que puedan proyectarse aspectos que para muchos son obsoletos, como el amor, la virtud, la fidelidad, la confianza… A cambio, se los induce con una prisa inexplicable a todo lo que los aleja de una madurez más acertada de la afectividad, y de su propia integridad.

Cualquiera de nosotros podría afirmar que cada vez son más los espacios en los cuales podemos observar la liviandad con que se proponen nuevas formas de concebir la vida, los derechos y las costumbres. Ciertos aspectos de las nuevas propuestas transgreden burlonamente no solo valores éticos y morales, sino que sobrepasan la aprobación y el consenso de los padres cuando se hacen extensivas al ámbito educativo. Vulnerando (supongo que sin querer) el consentimiento de las familias; tal como está sucediendo en las escuelas en la forma de encarar algunos aspectos de la educación sexual en todos los niveles. Disiento profundamente al respecto y quisiera, entre cosas, deslizar el porqué desde distintas ópticas.

Realmente es en el sentido de la moralidad un mar de confusiones que se les plantea a los chicos, más allá de lo politizado y tan progresista de la cuestión como se plantea muchas de las veces. A la delicada evolución y desarrollo sexual propios de cada edad, se les avienta al libertinaje, a la iniciación sexual temprana y vacía, al vale todo y a la promiscuidad, en contraposición a la calidad de las virtudes. Dejando así de lado el conocimiento y dominio de sí, la construcción altruista de la autoestima, la consolidación de la propia integridad y respeto por sí mismos. Las nuevas formas que se proponen de encarar su sexualidad los deja confundidos, agotados, con una autovaloración muy pobre y dolorosa. Estamos cada vez más lejos de educarlos realmente en tal sentido, y me parece sumamente irresponsable de parte de los adultos, plantear “educación” en estos términos.

En tal sentido, el meollo del asunto se encuentra muchas veces en la cobardía de responder con una moralidad que no podemos perder; y dejarnos arrastrar por falacias enmascaradas en palabras que pretenden acercar nuevas verdades; cuando no son más arrojar viejas mentiras y vicios, en un contexto tan flamante como moralmente peligroso.

Por un lado resulta cómodo simplemente callar, por otro se ha vuelto cada vez  más difícil defender  oportunamente las convicciones, para evitar la violencia del insulto, la burla o la agresión gratuita y desmesurada. De un tiempo a esta parte, a la verdad que sostiene valores humanos genuinos se la ha llamado “intolerancia”; a las virtudes más imprescindibles “costumbres anticuadas”; a las obligaciones mínimas que sostienen los derechos “abusos”, y podríamos seguir un buen rato más, pero bastan los ejemplos para reconocer que se han ido sigilosamente de las manos  muchas cosas esenciales.

Gran parte de la habilidad manifiesta de avanzar incongruentemente sobre el límite entre lo que está bien y lo que no, es mezclar los términos, deslizar sigilosamente el significado real de las palabras y  proponer “nuevas verdades”. Estará de más decir que no hay verdades a medias, pero vale recordarlo. No se puede fragmentar la verdad y construir una nueva combinando trozos de verdades y mentiras. El debate de aseveraciones construidas sobre ambas, es una pérdida de tiempo absoluta para unos, pero una ganancia de espacio inmediata, aunque poco genuina, para otros.

No es posible sostener una estructura lógica correcta, mezclando palabras y sacándolas de su contexto real. Los términos como valores, derechos, vida, amor, no se pueden extraer del contexto genuino que expresa un bien, una virtud, un valor real para obtener en una macabra ecuación “derechos” nuevos, incluso en contra de la misma vida. Entonces, las cosas por su nombre, la vida no tiene discusión, sobre el derecho a la vida no hay nada que discutir. La promiscuidad, el vicio, la desviación, la vagancia, la delincuencia, la violencia en cualquiera de sus formas son lo que son, guste o no. No podemos cambiar la acepción y el valor real de las palabras por capricho, no puede someterse la humanidad entera a la distorsión de las palabras y de un camino de verdad y de bien, sólo por antojo. Todos tenemos derechos, todos merecemos respeto, todos tenemos la libertad de elegir, pero no hay intermedios entre lo que está bien y lo que no. Un poquito mal, no es bien. Un poquito de verdad y un poquito de mentira… no es verdad.

¿Qué verdad? La que no prescribe, la que resguarda la vida, la que reconoce valores éticos y morales permanentes, que con precisa magnitud orientan la calidad de nuestras acciones. Esa verdad que se reconoce en el amor verdadero y desinteresado (tan alejado del egoísmo que se propone) capaz de dar de sí sin cansarse. Tenemos que dejar de confundirnos y de confundir las cosas, sobre todo cuando llevamos educación, ni hablar desde el punto de vista de la fe.

Personalmente, encuentro una sola manera de hallar verdad, y es a través del amparo de la sabiduría proveniente del Amor de Dios. Como cristiana católica, encuentro en el amor infinito de Nuestro Señor Jesús todo lo que realmente es bueno, verdadero y bello, tal como ve nuestra fe las cosas de Nuestro Padre.

Por las dudas, todos cometemos errores y todos necesitamos ayudarnos unos a otros a crecer. Por eso no se trata de no equivocarse, tampoco de juzgar, sino de ser capaces de volver a la fuente a buscar verdad, encontrando la forma buena y correcta de hacer cada cosa. Tampoco se trata de quien es mejor, sino de enfocarnos en buscar el bien. Y como todo lo bueno está ligado al amor entre hermanos que somos, intentemos llevar lo que sabemos bueno a los demás, más que nunca cuando se trata de cuestiones tan sustanciales, para nosotros y nuestros hijos.

Sin dudas no es fácil defender algunos valores cuando se propone tanta confusión del otro lado, la violencia tan manifiesta de la mentira, es fruto de un orgullo muy difícil de entender y confrontar. Compartimos un ambiente que socialmente se viene cada vez más vacío de valores y virtudes, para ceder sin mucho esfuerzo ante la necedad, la mentira y la decadencia moral y espiritual.

El crecimiento y la paz son fruto de la templanza y no de la consecución de cualquier deseo o exceso. Y si bien cada uno tiene la libertad de elegir, no es lícito llamar bueno a lo malo, y viceversa, muchísimo menos incorporarlo en una nueva “educación sexual integral” en las escuelas, muchísimo menos pretender cambiar leyes a puro tropiezo de mentiras y errores. Mas desgraciadamente, a fuerza de ver lo que sufren los jovencitos que se dejan arrastrar por todas estas “nuevas formas” de concebir la sexualidad, mis certezas sobre las virtudes que se oponen a tales cosas son cada vez mayores.

Nuevamente, somos los adultos responsables, tenemos obligación de educar en valores, virtudes y verdad. A buscar lo bueno también se aprende, y muchas veces no es pequeño el esfuerzo que demanda aprehender tales cosas para sí. Claro que no esforzarse es más fácil, ceder a la pereza, incluyendo la espiritual, como ceder a cualquier otro vicio o deseo es cómodo, sencillo, está de moda y sirve al instante para encajar socialmente. Pero su fin es tan ruin como pobre, y su carrera tan desgastante como dolorosa. Ayudemos a nuestros pequeños y jóvenes a no transitar por allí, la libertad es de cada quien, pero la responsabilidad de avisar, enseñar y poner a resguardo es nuestra. Como siempre, Dios mediante, encontremos la forma. Desde la humildad, pero con la firme convicción de lo que es bueno y mejor.

Los mejores valores y virtudes, lejos de caducar son para traerlos cada vez que sea necesario, tiñendo nuestra existencia de calidad y una magnitud real que anima a procurar virtud. No nos quedemos sólo mirando atónitos, seamos siempre parte de los cambios que son para mejor. Cada uno desde su lugar, sobre todo desde el amor, hay contextos y situaciones que esperan, más que nunca, coherencia, valores y virtud de verdad.

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