…en la escuela necesitamos integrar los valores…

Construir el amor propio desde los valores

Construir una autoestima valiosa es un trabajo de toda la vida, el amor por sí mismos madura y se matiza hacia un lado u otro según el cardinal que sigamos y la forma en la que percibimos el entorno social, las pautas que va marcando la cultura y nuestro círculo cercano. Al igual que todos los demás aspectos que construyen nuestra humanidad, de manera individual y colectiva, hay vectores mejores que señalan caminos más sanos, valiosos y verdaderos para encontrarnos con ese amor propio, en contraposición a otros que empobrecen la calidad de ese amor y todo lo que resulta de él.

De esta forma, quedarían muchos aspectos incompletos sin referirnos a la manera en la que enseñamos a construir la autoestima y el amor propio a los niños y los jóvenes. Como adultos claramente podemos advertir que socialmente es un momento muy particular, en el que prima el egocentrismo, la autoridad de “yo, y lo que yo piense y sienta” por sobre todo lo demás. Y no es que no haya que quererse, muy por el contrario, verdaderamente hay que amarse. Pero para amarse realmente hay que abrir bien los ojos, y sobre todo el corazón, dado que este amor no deviene con ningún derecho ni reconocimiento social. Tampoco proviene de estar todo el día mirándose el ombligo para elogiarse, ni entretenido permanentemente en los deseos de un todo yo.

Aunque estas nuevas formas de “respetarse y quererse” aparenten ser para muchos la evolución extraordinaria de la cultura social y del individuo, en todos los sentidos no deja de ser un manojo de caprichos vacíos de racionalidad, de moralidad, de verdadera humanidad, y de amor genuino por uno mismo; mucho menos será capaz de encontrar el reflejo apropiado en los ojos del prójimo. La postura de yo y mi cuerpo, yo y mis gustos, yo y mis inclinaciones, y una interminable lista de “mis yo” denotan básicamente habilidades muy pobres de crecimiento, de madurez, y de búsqueda de verdaderos y valiosos aportes, descontando el prójimo…siquiera para sí mismos.

Sin duda alguna podemos responsabilizar a la ausencia de educación, de los meollos cada vez más penosos y profundos en los que insiste en sumirse esta nueva cultura del “vale todo” y “viva yo y mis verdades”. Es todo un mundo nuevo que arrasa (¿sin querer?) la coherencia, y que se apasiona por transgredir y por apetecer desmedidamente cualquier cosa; en una portentosa muestra de la fe y los valores fundamentales que fue perdiendo.

Claro que se entiende que sea infinitamente más fácil darle rienda suelta a los antojos y la flojera rindiéndose a cualquier idea o moda que se cruce, que tomar el trabajo de crecer y madurar en todos los sentidos. Pero en algún punto hay que darse cuenta, retomando un camino de dignidad y respeto muy diferentes. Como siempre, la credibilidad se demuestra andando, nos basta mirar de reojo los frutos de vivir de una manera y otra.

Es justamente aquí donde podemos ver que muy contrariamente a la forma de amor por uno mismo que se propone, hay una medida muy coherente y precisa de aprender el respeto y el amor por uno mismo, la de reflejarse en el respeto y el amor que realmente damos y sentimos por los otros, pero a la luz de verdaderos valores (muy lejos de “me das lo mismo”).

Consecuentemente, la autoestima que tenemos que enseñar a construir deviene detender la mano a los niños atender de verdad, no es lícito como adultos responsables desvincularse en ningún sentido del crecimiento de nuestros pequeños y jóvenes, sea cual fuere el rol que desempeñemos. Dejarles un hueco enorme porque no ponemos en ellos la necesidad de fortalecer sus virtudes, de no negociar valores intransigentes, de permanecer a su lado atentos para señalar el camino con mucho más acierto que “ve tranquilo por tus antojos”. Respuesta tácita de vanguardia en muchos adultos dado que: no me importa, no sé o estoy ocupado; triada común de excusas con soluciones breves tan obvias, que se leen entre líneas mucho más velozmente de lo que tardaría en escribirlas.

También tenemos que poner especial atención a lo siguiente, entretener a los jóvenes para evitar ocuparnos puede ser un negocio redondo para algunos, pero tenemos que ayudarlos a darse cuenta (con hechos) que valen mucho más que eso, que sus capacidades son ilimitadas, que no hay tiempo para perder si pudieran verse a sí mismos en la dimensión real de su valor. Necesitamos tomar tooodo el tiempo necesario para enseñarles a fortalecer sus virtudes, enseñarles la jerarquía de los valores humanos sobre cualquier corriente de pensamiento o ideología.

El verdadero amor por sí mismos, una autoestima valiosa, dista mucho de perseguir una y otra vez los propios antojos; porque que es fruto del conocimiento y del dominio de sí, de la coherencia de medir las propias inclinaciones a la luz de la razón y de la fe, conociendo de antemano qué cosas son buenas y qué cosas no, sin relativismos mediocres. Y en este punto los adultos somos los que tenemos que ajustar con más tino el calibre que usamos cuando creemos que estamos enseñando “nuevos y más amplios valores”, sin darnos cuenta de que pisoteamos verdades inmutables, tan valiosas como la vida misma.

Nunca olvidemos que nuestros pequeños son nuestra responsabilidad, que siendo sus adultos responsables, más oscuro y denso se pone el panorama, más luz necesitan que seamos capaces de reflejar. A propósito, no habría tanto espacio sin iluminar si estuviéramos más atentos para ellos, si pensáramos mejor cuanto espacio irreemplazable vamos dejando sin asumir.

Terminará siendo éste el reflejo más elocuente de cuánto valen, el tiempo que de verdad, en serio, estemos ocupándonos de ellos. No para llenarlos de cosas, ni tampoco de excusas, sino para darles ese amor, en valores, en palabras, en compañía. El amor por sí mismos crece en compañía del amor proveniente de los adultos.

Quizás, si ocupáramos más espacios de manera altruista, si construyéramos con ellos positivamente, con más seguridades nuestros valores y nuestra fe. Si educáramos con la alegría que refleja que sabemos qué cosas son realmente valiosas…

Quizás si simplemente dejáramos entrever que es a través de la mesura, de la templanza, que se conquista poco a poco la capacidad de aprehender para sí mismos lo bueno, lo verdadero e incluso lo realmente bello; seamos un buen ejemplo de la forma de construir una autoestima valiosa, capaz de proyectar para sí mismos, e incluso para los demás una genuina y preciada integridad.

El amor propio que deben aprender es el que sabe reconocerse a sí mismo a la vez único e igual a los semejantes. El amor que es capaz de reconocer para sí la necesidad de asirse de lo bueno con los pies en la tierra y los ojos en lo Alto. Siendo capaces de encontrar en la propia fragilidad la importancia de evaluar, medir y proyectar cuanto podemos mejorar, de aprender que el respeto verdadero deviene de valores verdaderos, sin subjetividades ni trampas. Ese amor por sí mismos está lejos de ser el número uno, ni el dos…ni el último, tampoco es capaz de observar remotamente algún aspecto físico que lo haga más pequeño o más grande. Por el contrario, su verdadera esencia se traduce desde dentro en la calidad de  lo que ofrecemos a los demás.

Quizás tenemos mucho para revisar, tomemos el tiempo necesario para ocuparnos, y más que nada pensar de verdad, la manera en la que estamos enseñando a construir este amor a nuestros pequeños.

padre e hijo

 

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