…en la escuela necesitamos integrar los valores…

EDUCACIÓN Y VALORES HUMANOS

Construir el amor propio desde los valores

Construir una autoestima valiosa es un trabajo de toda la vida, el amor por sí mismos madura y se matiza hacia un lado u otro según el cardinal que sigamos y la forma en la que percibimos el entorno social, las pautas que va marcando la cultura y nuestro círculo cercano. Al igual que todos los demás aspectos que construyen nuestra humanidad, de manera individual y colectiva, hay vectores mejores que señalan caminos más sanos, valiosos y verdaderos para encontrarnos con ese amor propio, en contraposición a otros que empobrecen la calidad de ese amor y todo lo que resulta de él.

De esta forma, quedarían muchos aspectos incompletos sin referirnos a la manera en la que enseñamos a construir la autoestima y el amor propio a los niños y los jóvenes. Como adultos claramente podemos advertir que socialmente es un momento muy particular, en el que prima el egocentrismo, la autoridad de “yo, y lo que yo piense y sienta” por sobre todo lo demás. Y no es que no haya que quererse, muy por el contrario, verdaderamente hay que amarse. Pero para amarse realmente hay que abrir bien los ojos, y sobre todo el corazón, dado que este amor no deviene con ningún derecho ni reconocimiento social. Tampoco proviene de estar todo el día mirándose el ombligo para elogiarse, ni entretenido permanentemente en los deseos de un todo yo.

Aunque estas nuevas formas de “respetarse y quererse” aparenten ser para muchos la evolución extraordinaria de la cultura social y del individuo, en todos los sentidos no deja de ser un manojo de caprichos vacíos de racionalidad, de moralidad, de verdadera humanidad, y de amor genuino por uno mismo; mucho menos será capaz de encontrar el reflejo apropiado en los ojos del prójimo. La postura de yo y mi cuerpo, yo y mis gustos, yo y mis inclinaciones, y una interminable lista de “mis yo” denotan básicamente habilidades muy pobres de crecimiento, de madurez, y de búsqueda de verdaderos y valiosos aportes, descontando el prójimo…siquiera para sí mismos.

Sin duda alguna podemos responsabilizar a la ausencia de educación, de los meollos cada vez más penosos y profundos en los que insiste en sumirse esta nueva cultura del “vale todo” y “viva yo y mis verdades”. Es todo un mundo nuevo que arrasa (¿sin querer?) la coherencia, y que se apasiona por transgredir y por apetecer desmedidamente cualquier cosa; en una portentosa muestra de la fe y los valores fundamentales que fue perdiendo.

Claro que se entiende que sea infinitamente más fácil darle rienda suelta a los antojos y la flojera rindiéndose a cualquier idea o moda que se cruce, que tomar el trabajo de crecer y madurar en todos los sentidos. Pero en algún punto hay que darse cuenta, retomando un camino de dignidad y respeto muy diferentes. Como siempre, la credibilidad se demuestra andando, nos basta mirar de reojo los frutos de vivir de una manera y otra.

Es justamente aquí donde podemos ver que muy contrariamente a la forma de amor por uno mismo que se propone, hay una medida muy coherente y precisa de aprender el respeto y el amor por uno mismo, la de reflejarse en el respeto y el amor que realmente damos y sentimos por los otros, pero a la luz de verdaderos valores (muy lejos de “me das lo mismo”).

Consecuentemente, la autoestima que tenemos que enseñar a construir deviene detender la mano a los niños atender de verdad, no es lícito como adultos responsables desvincularse en ningún sentido del crecimiento de nuestros pequeños y jóvenes, sea cual fuere el rol que desempeñemos. Dejarles un hueco enorme porque no ponemos en ellos la necesidad de fortalecer sus virtudes, de no negociar valores intransigentes, de permanecer a su lado atentos para señalar el camino con mucho más acierto que “ve tranquilo por tus antojos”. Respuesta tácita de vanguardia en muchos adultos dado que: no me importa, no sé o estoy ocupado; triada común de excusas con soluciones breves tan obvias, que se leen entre líneas mucho más velozmente de lo que tardaría en escribirlas.

También tenemos que poner especial atención a lo siguiente, entretener a los jóvenes para evitar ocuparnos puede ser un negocio redondo para algunos, pero tenemos que ayudarlos a darse cuenta (con hechos) que valen mucho más que eso, que sus capacidades son ilimitadas, que no hay tiempo para perder si pudieran verse a sí mismos en la dimensión real de su valor. Necesitamos tomar tooodo el tiempo necesario para enseñarles a fortalecer sus virtudes, enseñarles la jerarquía de los valores humanos sobre cualquier corriente de pensamiento o ideología.

El verdadero amor por sí mismos, una autoestima valiosa, dista mucho de perseguir una y otra vez los propios antojos; porque que es fruto del conocimiento y del dominio de sí, de la coherencia de medir las propias inclinaciones a la luz de la razón y de la fe, conociendo de antemano qué cosas son buenas y qué cosas no, sin relativismos mediocres. Y en este punto los adultos somos los que tenemos que ajustar con más tino el calibre que usamos cuando creemos que estamos enseñando “nuevos y más amplios valores”, sin darnos cuenta de que pisoteamos verdades inmutables, tan valiosas como la vida misma.

Nunca olvidemos que nuestros pequeños son nuestra responsabilidad, que siendo sus adultos responsables, más oscuro y denso se pone el panorama, más luz necesitan que seamos capaces de reflejar. A propósito, no habría tanto espacio sin iluminar si estuviéramos más atentos para ellos, si pensáramos mejor cuanto espacio irreemplazable vamos dejando sin asumir.

Terminará siendo éste el reflejo más elocuente de cuánto valen, el tiempo que de verdad, en serio, estemos ocupándonos de ellos. No para llenarlos de cosas, ni tampoco de excusas, sino para darles ese amor, en valores, en palabras, en compañía. El amor por sí mismos crece en compañía del amor proveniente de los adultos.

Quizás, si ocupáramos más espacios de manera altruista, si construyéramos con ellos positivamente, con más seguridades nuestros valores y nuestra fe. Si educáramos con la alegría que refleja que sabemos qué cosas son realmente valiosas…

Quizás si simplemente dejáramos entrever que es a través de la mesura, de la templanza, que se conquista poco a poco la capacidad de aprehender para sí mismos lo bueno, lo verdadero e incluso lo realmente bello; seamos un buen ejemplo de la forma de construir una autoestima valiosa, capaz de proyectar para sí mismos, e incluso para los demás una genuina y preciada integridad.

El amor propio que deben aprender es el que sabe reconocerse a sí mismo a la vez único e igual a los semejantes. El amor que es capaz de reconocer para sí la necesidad de asirse de lo bueno con los pies en la tierra y los ojos en lo Alto. Siendo capaces de encontrar en la propia fragilidad la importancia de evaluar, medir y proyectar cuanto podemos mejorar, de aprender que el respeto verdadero deviene de valores verdaderos, sin subjetividades ni trampas. Ese amor por sí mismos está lejos de ser el número uno, ni el dos…ni el último, tampoco es capaz de observar remotamente algún aspecto físico que lo haga más pequeño o más grande. Por el contrario, su verdadera esencia se traduce desde dentro en la calidad de  lo que ofrecemos a los demás.

Quizás tenemos mucho para revisar, tomemos el tiempo necesario para ocuparnos, y más que nada pensar de verdad, la manera en la que estamos enseñando a construir este amor a nuestros pequeños.

padre e hijo

 


Los valores y la educación sexual, desde la escuela y la sociedad

Acercar valores morales implica tener la mirada puesta en todo cuanto humanamente pueda hacerse de una manera altruista, que atesore en su esencia calidad y las mejores cualidades. El desarrollo de la sexualidad en nuestros jóvenes no está ajeno a la posibilidad de atesorar una forma buena de ser vivida. En la que puedan proyectarse aspectos que para muchos son obsoletos, como el amor, la virtud, la fidelidad, la confianza… A cambio, se los induce con una prisa inexplicable a todo lo que los aleja de una madurez más acertada de la afectividad, y de su propia integridad.

Cualquiera de nosotros podría afirmar que cada vez son más los espacios en los cuales podemos observar la liviandad con que se proponen nuevas formas de concebir la vida, los derechos y las costumbres. Ciertos aspectos de las nuevas propuestas transgreden burlonamente no solo valores éticos y morales, sino que sobrepasan la aprobación y el consenso de los padres cuando se hacen extensivas al ámbito educativo. Vulnerando (supongo que sin querer) el consentimiento de las familias; tal como está sucediendo en las escuelas en la forma de encarar algunos aspectos de la educación sexual en todos los niveles. Disiento profundamente al respecto y quisiera, entre cosas, deslizar el porqué desde distintas ópticas.

Realmente es en el sentido de la moralidad un mar de confusiones que se les plantea a los chicos, más allá de lo politizado y tan progresista de la cuestión como se plantea muchas de las veces. A la delicada evolución y desarrollo sexual propios de cada edad, se les avienta al libertinaje, a la iniciación sexual temprana y vacía, al vale todo y a la promiscuidad, en contraposición a la calidad de las virtudes. Dejando así de lado el conocimiento y dominio de sí, la construcción altruista de la autoestima, la consolidación de la propia integridad y respeto por sí mismos. Las nuevas formas que se proponen de encarar su sexualidad los deja confundidos, agotados, con una autovaloración muy pobre y dolorosa. Estamos cada vez más lejos de educarlos realmente en tal sentido, y me parece sumamente irresponsable de parte de los adultos, plantear “educación” en estos términos.

En tal sentido, el meollo del asunto se encuentra muchas veces en la cobardía de responder con una moralidad que no podemos perder; y dejarnos arrastrar por falacias enmascaradas en palabras que pretenden acercar nuevas verdades; cuando no son más arrojar viejas mentiras y vicios, en un contexto tan flamante como moralmente peligroso.

Por un lado resulta cómodo simplemente callar, por otro se ha vuelto cada vez  más difícil defender  oportunamente las convicciones, para evitar la violencia del insulto, la burla o la agresión gratuita y desmesurada. De un tiempo a esta parte, a la verdad que sostiene valores humanos genuinos se la ha llamado “intolerancia”; a las virtudes más imprescindibles “costumbres anticuadas”; a las obligaciones mínimas que sostienen los derechos “abusos”, y podríamos seguir un buen rato más, pero bastan los ejemplos para reconocer que se han ido sigilosamente de las manos  muchas cosas esenciales.

Gran parte de la habilidad manifiesta de avanzar incongruentemente sobre el límite entre lo que está bien y lo que no, es mezclar los términos, deslizar sigilosamente el significado real de las palabras y  proponer “nuevas verdades”. Estará de más decir que no hay verdades a medias, pero vale recordarlo. No se puede fragmentar la verdad y construir una nueva combinando trozos de verdades y mentiras. El debate de aseveraciones construidas sobre ambas, es una pérdida de tiempo absoluta para unos, pero una ganancia de espacio inmediata, aunque poco genuina, para otros.

No es posible sostener una estructura lógica correcta, mezclando palabras y sacándolas de su contexto real. Los términos como valores, derechos, vida, amor, no se pueden extraer del contexto genuino que expresa un bien, una virtud, un valor real para obtener en una macabra ecuación “derechos” nuevos, incluso en contra de la misma vida. Entonces, las cosas por su nombre, la vida no tiene discusión, sobre el derecho a la vida no hay nada que discutir. La promiscuidad, el vicio, la desviación, la vagancia, la delincuencia, la violencia en cualquiera de sus formas son lo que son, guste o no. No podemos cambiar la acepción y el valor real de las palabras por capricho, no puede someterse la humanidad entera a la distorsión de las palabras y de un camino de verdad y de bien, sólo por antojo. Todos tenemos derechos, todos merecemos respeto, todos tenemos la libertad de elegir, pero no hay intermedios entre lo que está bien y lo que no. Un poquito mal, no es bien. Un poquito de verdad y un poquito de mentira… no es verdad.

¿Qué verdad? La que no prescribe, la que resguarda la vida, la que reconoce valores éticos y morales permanentes, que con precisa magnitud orientan la calidad de nuestras acciones. Esa verdad que se reconoce en el amor verdadero y desinteresado (tan alejado del egoísmo que se propone) capaz de dar de sí sin cansarse. Tenemos que dejar de confundirnos y de confundir las cosas, sobre todo cuando llevamos educación, ni hablar desde el punto de vista de la fe.

Personalmente, encuentro una sola manera de hallar verdad, y es a través del amparo de la sabiduría proveniente del Amor de Dios. Como cristiana católica, encuentro en el amor infinito de Nuestro Señor Jesús todo lo que realmente es bueno, verdadero y bello, tal como ve nuestra fe las cosas de Nuestro Padre.

Por las dudas, todos cometemos errores y todos necesitamos ayudarnos unos a otros a crecer. Por eso no se trata de no equivocarse, tampoco de juzgar, sino de ser capaces de volver a la fuente a buscar verdad, encontrando la forma buena y correcta de hacer cada cosa. Tampoco se trata de quien es mejor, sino de enfocarnos en buscar el bien. Y como todo lo bueno está ligado al amor entre hermanos que somos, intentemos llevar lo que sabemos bueno a los demás, más que nunca cuando se trata de cuestiones tan sustanciales, para nosotros y nuestros hijos.

Sin dudas no es fácil defender algunos valores cuando se propone tanta confusión del otro lado, la violencia tan manifiesta de la mentira, es fruto de un orgullo muy difícil de entender y confrontar. Compartimos un ambiente que socialmente se viene cada vez más vacío de valores y virtudes, para ceder sin mucho esfuerzo ante la necedad, la mentira y la decadencia moral y espiritual.

El crecimiento y la paz son fruto de la templanza y no de la consecución de cualquier deseo o exceso. Y si bien cada uno tiene la libertad de elegir, no es lícito llamar bueno a lo malo, y viceversa, muchísimo menos incorporarlo en una nueva “educación sexual integral” en las escuelas, muchísimo menos pretender cambiar leyes a puro tropiezo de mentiras y errores. Mas desgraciadamente, a fuerza de ver lo que sufren los jovencitos que se dejan arrastrar por todas estas “nuevas formas” de concebir la sexualidad, mis certezas sobre las virtudes que se oponen a tales cosas son cada vez mayores.

Nuevamente, somos los adultos responsables, tenemos obligación de educar en valores, virtudes y verdad. A buscar lo bueno también se aprende, y muchas veces no es pequeño el esfuerzo que demanda aprehender tales cosas para sí. Claro que no esforzarse es más fácil, ceder a la pereza, incluyendo la espiritual, como ceder a cualquier otro vicio o deseo es cómodo, sencillo, está de moda y sirve al instante para encajar socialmente. Pero su fin es tan ruin como pobre, y su carrera tan desgastante como dolorosa. Ayudemos a nuestros pequeños y jóvenes a no transitar por allí, la libertad es de cada quien, pero la responsabilidad de avisar, enseñar y poner a resguardo es nuestra. Como siempre, Dios mediante, encontremos la forma. Desde la humildad, pero con la firme convicción de lo que es bueno y mejor.

Los mejores valores y virtudes, lejos de caducar son para traerlos cada vez que sea necesario, tiñendo nuestra existencia de calidad y una magnitud real que anima a procurar virtud. No nos quedemos sólo mirando atónitos, seamos siempre parte de los cambios que son para mejor. Cada uno desde su lugar, sobre todo desde el amor, hay contextos y situaciones que esperan, más que nunca, coherencia, valores y virtud de verdad.


Aprender la paz

Ciertamente la costumbre nos hace asumir ciertas realidades sin objetarlas, cuestión de economía de esfuerzo que se torna muy valiosa para agilizar el día sin necesidad de cuestionarse demasiado. Sin embargo, sería una gran pérdida no renovar y enriquecer la forma en la que nos desempeñamos como padres o formadores en el aula, más aún, en nuestra vida (toda) sea cual fuere nuestra tarea.

Por mucho que ame mi trabajo, la vuelta a casa es un momento no solo de alegría, sino de un silencio que agradezco infinitamente, la escuela es naturalmente un lugar donde puede haber de todo menos silencio, claro. Sobre todas las cosas es cada vez más notoria la aceleración que tienen los chicos, la disrupción permanente durante las horas de clases, y la poca capacidad de concentración que tienen los chicos. Sería injusto decir que las nuevas generaciones se ha inventado solitas esta aceleración, a veces, bastante desmedida; se la han aprendido de sobra de todo cuanto les hemos puesto a la mano, incluyendo el ritmo de vida que nuestras propias aspiraciones demandan de nosotros.

Todos lo hemos sentido en carne propia, es el precio del mundo en su auge insaciable de estar en todas partes, conectados con todo, haciendo lo que se supone debemos hacer y sabiendo todo cuanto sucede en cualquier parte del planeta (y fuera de él también). Aclaro que los avances tecnológicos no sólo me encantan, sino que son realmente geniales en muchos sentidos. Mas no son las cosas, claro, sino lo que hacemos con ellas, y lo que ellas son capaces de hacer de nosotros.

Corrigiendo un poco… Queremos estar en todas partes, sin estar en realidad en ninguna. Estamos demasiadas veces aquí, pero con la cabeza por allá, y el corazón por otro lado, tanto espacial como temporalmente. Generalmente no acabamos de aterrizar en un lugar en cuerpo y alma, nos dimos a la tarea de aprender a hacerlo y pensarlo todo a la vez, hartos de habilidad y destreza para hacer, pero con un gran hueco en la fecundidad de lo que necesitamos ser y transmitir. Dejamos muy poco tiempo para el ahora, para el presente, cuando es lo único que tenemos en realidad, y lo único que podemos modificar. Es de lo más valioso que se nos ha dado, a modo de oportunidad tangible, a modo de regalo para disfrutar sin más, a modo de tiempo verdadero para crecer.

Hay una ilimitada riqueza que se pierde cuando no estamos conectados con lo que hacemos, y con el otro. Todo roza demasiadas veces lo superficial, lo que se pasa por arriba a toda velocidad y al rato siguiente se olvida. La riqueza real deviene de la paz que se adquiere en una percepción más auténtica, de vivencias más acabadas y menos fraccionadas. Es tomar el tiempo y el espacio necesarios, convocando casi sin sin querer una convivencia más serena, pero inmensamente más rica.

Es en paz que se encuentran los medios más apropiados para trabajar por un futuro realmente mejor. ¿Nunca se han planteado que el futuro será mejor sólo cuando logremos que el día de hoy lo sea? ¿Cuánto hacemos para que eso suceda?

No es un eslogan de motivación personal, es lo que construimos a la luz de lo que verdaderamente somos, y nos guste o no, no podemos reconstruir un sólo día del calendario para vivirlo de nuevo. Aquí hay un inmenso darse cuenta de lo que realmente vale la pena, del agradecimiento por el hoy, añadida la oportunidad de crecer y ayudar a crecer, cosas que sin una perspectiva desde un presente mucho más sereno, no pueden llegar.

Un corazón en paz, construye un rato y un lugar de paz, en el que hay espacio donde colocar muchas cosas buenas. Afortunadamente no sabemos a ciencia cierta nada sobre el mañana, pero tenemos en las manos un hoy que nos espera siempre, y que la mayor parte de las veces se va en un ayer incompleto y planea un mañana sin haber concluido verdaderamente su hoy. Ojalá también aprendamos a buscar más que nada el tiempo de encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con Nuestro Jesús cada día. Se nos ha perdido la humildad de reconocer que no somos nosotros la fuente de todo, que solos no podemos con nada, y que hay un Amor infinito que espera ese tiempo de calma para ofrecerlo todo.

Únicamente en paz, encontraremos la fuerza para sostener la mirada en el otro, para pensar mejor, para construir con firmeza solamente sobre lo bueno y para cumplir con madurez nuestra responsabilidad de enseñar un no o un si en paz. Son tiempos en los que se usa mucho un amiguismo y complicidad extraños entre padres e hijos y entre docentes y alumnos, sin embargo no se nos han dado en responsabilidad nuestros pequeños para trabar amistad, sino para amarlos, guiarlos, cuidarlos y preservar su integridad en el más amplio de los sentidos.

humildadCuando estemos listos para relajarnos un poco del ritmo de vida que se nos ofrece, cuando nos acerquemos más a la gratitud, a la buena disposición, a la capacidad de seleccionar en que cosas y de que manera invertiremos nuestro tiempo; encontraremos las respuestas que necesitamos, incluyendo las sonrisas y los abrazos que olvidamos, la calidad y la calidez de las palabras que hablamos, y la paz en el corazón que necesitamos.

Nuestros pequeños aprenden lo que ven ¿…les has preguntado que ven?

La paz es una puerta, una oportunidad inmensa. Si no se construye dentro carece de sentido y significado, es tiempo de convocarla, no como ausencia de conflictos, sino como cualidad esencial de aquello a lo que pertenecemos verdaderamente; y tenemos la dulcísima responsabilidad de transmitir, sobre todo desde el ejemplo, a cada uno de nuestros pequeños.


7 maneras simples de enseñar valores humanos en la escuela

Proponerse trasladar valores humanos a la escuela no necesariamente incluye la incorporación de una nueva materia, o la inclusión de actividades puras y exclusivas de cuestiones éticas o morales. Por el contrario, cuando podemos incorporarlos a cualquier materia, en todas y cada una de las clases, es cuando toman la dimensión más valiosa de lo cotidiano, de lo real, trascendiendo un marco puramente teórico para incorporarlos a la realidad de todos los días.

Creo así que vale reflexionar sobre las maneras más simples de llevar los valores humanos a la escuela para enseñarlos, sin perder la esperanza cuando no hay materias ni actividades específicas en la mayoría de las escuelas.

La primera y principal de las cuestiones sobre la que necesitamos reflexionar, es la relación que mantenemos con nuestros alumnos. Ésta necesita una seria reflexión personal, cada maestro, cada profesor ha de asumir un vínculo sano para ambas partes, tanto quien enseña, como quien aprende necesitan un espacio de respeto y confianza mutuos.

En el proceso de aprender y enseñar se exhiben permanentemente todas las cuestiones que de cada una de las partes necesitan atención. Un vínculo sano y valioso entre ambas partes incluye entre otras cuestiones empatía, respeto y confianza como herramientas básicas de comunicación, convivencia y coherencia.

Todas ellas antes de presentar cualquier materia, todas necesitan vincularse a nuestra tarea cada uno de los días, difícilmente sin ellas se pueda enseñar o aprender algo. Más aún, no es un lugar apropiado donde pasar la jornada, un clima que no sea capaz de sostenerlas.

Es necesaria la empatía como el reconocimiento único y fundamental del otro, a través de la empatía somos capaces de salir de nosotros mismos para reconocer la valiosa humanidad del otro, y cuanto como guías y educadores necesitamos encontrar y reconocer para brindar oportunamente la enseñanza apropiada.

El respeto es una consecuencia de la empatía, sólo así será real. En el respeto se funden incondicionalmente una serie de valores y actitudes que exhiben cuanto ha de requerir un profundo aprendizaje. (Más en El respeto…)

La confianza es el único puente que posibilita el proceso de enseñar y aprender, si esperamos que nuestros alumnos aprendan necesitamos que confíen en que podemos enseñarles algo. Y esto también implica enseñarles la disciplina, el orden, la tolerancia, la paciencia, el esfuerzo y la claridad de las reglas.

La fortaleza del vínculo con nuestros alumnos está precisamente reflejada en estos aspectos, en la calidad y en la cualidad de la relación. Y lo hayamos asumido o no aún, somos como educadores parte de los vínculos más importantes que han de tener nuestros pequeños y jóvenes aprendices en su vida. No somos simples transmisores de conocimientos, puesto que no sólo le damos vida a los mismos en nuestro énfasis, en la propia mirada y perspectiva, en el entusiasmo y calidez que propongamos frente a los contenidos, sino que los ponemos en perspectiva para construir con ellos.

Buscamos en el conocimiento humanidad, buscamos vigencia, buscamos proyectar la vida y las habilidades de cada uno a través de lo que ponemos en las pizarras, en los cuadernos, en las palabras. Eso es un educador, puesto que no estamos creamos robots programados, buscamos valores y la proyección de cada una de las vidas que pasan por nuestras manos a través del conocimiento. Eso le da una dimensión real a la tarea de educar, eso es lo que necesitamos que nuestros alumnos reciban. Tal es la importancia de revisar de qué manera nos relacionamos nosotros con ellos, de qué manera nos relacionamos nosotros con el conocimiento, y cómo haremos para que nuestros aprendices reciban ambas cuestiones amalgamadas. Calidad y cualidad… no es sólo conocimiento, no es sólo una relación vacía de humanidad, por el contrario, la riqueza y la profundidad de ambas ha de guiar procesos nuevos y valiosos por donde se vea.

El primer aspecto entonces es quizás el más relevante, puesto que enlaza de muchas maneras los que seguirán. Sin necesidad de explicaciones precisas las otras formas de enseñar valores humanos y exponerlos cada uno de los días implican:

* Enseñar y sugerir permanentemente lo que sí está bien, lo que sí esperamos de los chicos. Es vital confiar en que son capaces de sostener con muchísima coherencia una convivencia más sana, cuando les señalamos el camino. No sólo corregir, sino además de corregir…

* Ser congruentes con lo que decimos y hacemos, tanto sobre las normas establecidas, sobre lo que beneficia el orden, el respeto y la disciplina como con la manera en la que reflejamos nosotros mismos la propia discursiva. Los chicos se asegurarán una y mil veces, de todas las maneras posibles que lo que dijimos es lo que hacemos, en premios, en sanciones, en objetivos cumplidos y en los plazos pautados. Los chicos necesitan claridad, y la contradicción entre una cosa y la otra los desorienta. La congruencia no es más que la palabra llevada a la acción, cuando existe sin lugar a dudas hay confianza, claridad y consistencia.

* Ser precisos con nuestra actitud, nuestras palabras, nuestros gestos y la forma en la que se sienten percibidos por sus docentes es fundamental. Aportamos cosas positivas y enriquecemos y amenizamos el clima de trabajo o somos un lastre, un tiempo que se pierde en calidad y una infinita gama de cualidades nombradas un poco más arriba. Así como nos gusta o nos disgusta la actitud de nuestros alumnos, seamos ejemplo de una actitud más positiva, más clara. La confianza necesita un vínculo ameno, claro y consciente de lo que se expone cada día desde la humanidad de cada uno.

* Valorar el tiempo compartido, invertido y necesario, tanto como parte de la convivencia como vehículo del aprendizaje. El estímulo evidente y claro sobre el buen tiempo trabajado, el buen rato compartido en el que cada quien puede hacer su aporte, y en el que todos pueden enriquecerse permanentemente es el primer paso para aprender el respeto. Para valorar los propios tiempos y los del otro, además de fortalecer la autoestima y proyectar para cada uno más de eso que “estuvo muy bien”. Es una forma ideal de terminar cada clase y proyectar la siguiente.

Los últimas dos maneras de llevar valores a la escuela, van de la mano y se ligan más a la tarea del docente, valen tanto para los contenidos específicos de cada materia como para todo cuanto queremos enseñar a nuestros alumnos, estos son la paciencia y la revisión. La mayoría de nosotros (aunque depende mucho del lugar donde se trabaje) podemos tocar el colmo de la indignación y la incertidumbre preguntándonos dónde iremos a parar con estos jovencitos que no atinan demasiadas veces ni con sus actitudes, ni con sus estudios. La piedra de tropiezo más grande está disputada permanentemente entre la falta de educación desde casa, la falta de límites, la decadencia del sistema educativo que contradictoriamente cercena la educación de muchas maneras, las carencias de todo tipo, y es aquí donde caemos en la cuenta una y otra vez que la crisis de valores es muy seria. En respuesta muchos intentamos cargar con la cuenta y hacer algo al respecto…¿Si vale la pena…? Claro que sí! Un millón de veces. Sabemos que no es trabajo de un día, ni de un rato, hay mucho que se ha puesto tácitamente en contra de la educación en muchos aspectos, es simple hacer el análisis. Sin embargo, sentimos la responsabilidad de ir por más, eso está muy bien y es muy necesario.

Como siempre, “cada maestrito con su librito…” pero lo que lea y escriba cada maestro o profesor en su propio libro de enseñanza y aprendizaje, cambia vidas. Nuestro propio librito debe estar impreso con cariño, con responsabilidad y con respeto, en un exquisito y delicado tono de revisión y paciencia.

Estamos allí para algo, hagamos que valga la pena cada vez, y sin que medie una materia especial y específica, cada día podremos llevar valores humanos a la escuela.


Pausa

Con una mano en el corazón, me atrevería a confesar que el título resume cuanto se podría leer aquí, y es quizás más que nada porque hace referencia a la pausa que muchas veces necesitamos hacer para mirar mejor e intentar trasladar el granito de arena propio, nuestro aporte positivo y necesario de cada día.

Ningún aspecto escapa a los valores humanos cuando necesitamos un replanteo serio, un momento para recalcular los objetivos, los medios y la invaluable capacidad de ver la realidad sin subjetividad. Así las causas y sus consecuencias mansamente se vuelven evidentes, y sin más se aclara el rol que cada uno debe desempeñar para mejorar las cosas.

Abrir los ojos de verdad y ver lo que está pasando especialmente a nivel social, necesita también una seria pausa de revisión. Cuanto más si nos referimos a la educación, que intenta justamente colocar en el camino de la vida de cada uno, la capacidad de aprender, de tomar conciencia, de adquirir no sólo destrezas y conocimiento, sino imprimir en ellos la calidad de lo humano y valioso. Eso le da un sentido real a cada uno, encontrando afinidad en la forma de relacionarse con los demás y cualidad en el desarrollo individual. Creo que ningún educador ha de privarse de tal menester, puesto que debe transformarse muy a menudo en una herramienta fundamental. Sin ella, no hay cambios ni progreso.

Una pausa otorga siempre claridad, porque es la única capaz de desconectar la influencia de la prisa diaria, de la rutina de la obligación y la imposición de los deberes, del exceso de información más una extensa lista de añadidos extras. Es aquí, donde la necesidad de un intervalo, es la única posibilidad de importar señales de coherencia, de credibilidad y responsabilidad, por ser capaz de otorgar un alto a lo común, a lo que está sucediendo justo frente a nuestros ojos y lo usual, nos lo ha vuelto normal.

La repetición ha adormecido la conciencia de lo humanamente inaceptable y la capacidad de rebelarnos contra ello. La falta de reacción que hemos adquirido se ha vuelto en contra de lo bueno, de los cambios que sabemos que necesitamos generar hoy, para dejar de recibirlo todo inercialmente. Tampoco hay forma de que la educación alcance sus objetivos sin que nosotros, día a día demostremos que somos capaces de no desviarnos de ellos.

Necesitamos una pausa para mirar de verdad, para no dormirnos, para no quejarnos sin despertar, para no caer en el asombro y el olvido una y otra vez cada día… Cambiar es cambiar, que lo común no se convierta en bueno por repetición. La violencia, la decadencia, la comodidad, la falta de autoridad y sobre todo la falta de congruencia no pueden coexistir con la educación. 

Con certeza necesitamos que el silencio nos de la objetividad necesaria, para que la fe que nos mueve se traslade en fortaleza para enseñar la paz en lo cotidiano, única capaz de darle lugar al conocimiento. No está bien perder la alegría de todo lo bueno que podemos dar y recibir, por rendir nuestra capacidad de ofrecer y exigir todo cuanta humanamente nos corresponde. Exigir, bregar, demandar, cuestionar, exhortar, además de hacer, también son verbos íntimamente ligados a nuestra tarea de proteger y preservar la integridad de cualquiera de las personitas que nos rodean y nos necesitan.

Sobre todo, que la frecuencia de lo que no deseamos ver, no nos quite el poder de cambiarlo, hay gente increíble haciendo cosas realmente maravillosas, eso es lo que necesitan ahora y más que nunca ver los chicos reflejado en cada uno de nosotros, para crecer seguros, para construir la paz, para aprender de verdad y encontrar todos esos valores que deseamos que aprehendan para sí.

Los valores humanos necesitan el reflejo de la acción, tanto de la calidad como de la calidez del tiempo que tomemos para sembrarlos, para cuidarlos cada día, para mencionarlos y para protegerlos activamente. Nuevamente, no son sólo palabras, es la vida misma en su real y delicada dimensión. No hay tiempo más valioso que el que se toma para dar, éste es el tiempo que necesita el espacio de la pequeña pausa para razonar, sentir y hacer el bien, en cada pequeño y gran espacio que nos convoque.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.


La responsabilidad de educar

Encontrar formas reales de alcanzar todo cuanto nos proponemos como educadores implica, en todas sus dimensiones, ser consecuentes con las propias convicciones, y efectivos a la hora de asumir las propias responsabilidades.

Incluso afirmaría que abstrayéndonos un poco del contexto al que podemos atribuir muchas culpas sin temor de equivocarnos, hay una, que cargamos con mucha ligereza por no tomar real conciencia de su alcance. La responsabilidad de educar, corregir, enseñar, guiar y prevenir con la mayor sensatez y seriedad posibles. Esto es, sin disimulos, sin deslizar ni esquivar detalles que somos capaces de juzgar como valiosos en algún aspecto.

¿Hasta dónde alcanza la responsabilidad de cada uno? Hasta donde tenemos la capacidad de reconocer un problema. Hasta donde encontramos la certeza y la seguridad de saber qué es lo correcto en cada lugar.
Se ha vuelto un hábito muy dañino el criticar sin aportar lo propio, sin construir cambios o sin darle una dirección genuina al trabajo que se realiza. Somos muy valientes para demostrar en contra de cuantas cosas podemos estar, pero si nos pidieran una lista de las que llevamos a la práctica por estar a favor, poco tiempo nos llevaría confeccionarla.

Justo aquí es donde la responsabilidad toma casi la jerarquía de la sabiduría que contempla. Puesto que no se mejora si no se enseña, no se transforma si no se educa, no se progresa si no se aprende, y no se evoluciona si no se crece. En cambio, se mejora cuando se enseña y cuando se educa, se construye cuando se aprende y cuando se crece…Y no me refiero a la retórica del discurso idealista que se emplea a veces desde muchos organismos nacionales e internacionales, dedicados entre otros a la educación. Sino que su alcance real ilumina mucho más allá, puesto que no sólo los sostiene, sino que los alimenta con cuanto ha de proveer de verdad y correspondencia, a medida que los tiempos van cambiando.

Sin necesidad de indagar demasiado podemos notar que la sociedad se ha quedado huérfana de quienes sean capaces de sostener la moralidad y la ética de sus certezas no sólo para sí, sino que como parte imprescindible de las mismas, guíen el crecimiento de los demás. Entonces…¿A quiénes acudir más que a los educadores de alma, de vocación? Más aún…a los educadores del alma, a los educadores de la vocación, en manos de quién sino podría ponerse el presente y el futuro…? ¿Qué dejamos para después si en lugar de poner la mayor precisión hoy, en todo cuanto atañe al proceso de educar y guiar, sólo somos capaces de lanzar una crítica relajada de cuanto vemos en franca decadencia?

Sólo asirnos de una insignia de disgusto es desidia y pereza. Abrir la boca para quejarnos de lo mal educados que están nuestros pequeños y jovencitos, a sus espaldas, pero no abrir la boca para contenerlos y corregirlos cara a cara, es traicionar y desertar los principios que se alardean.
Esto tiene un doble costo, ambos del mismo peso. Uno de ellos es eludir la responsabilidad de asistir, de enseñar y corregir a nuestro prójimo, en tanto reconocemos fielmente el error. Diluyendo así la posibilidad de cambio, de colaborar en el crecimiento de los otros, sobre todo y cuanto más cuando nos referimos a la educación de nuestros niños.
El otro costo, es el de la justificación que difícilmente encontraremos al no actuar de la manera correcta, evitando la responsabilidad que nos atañe por los demás como seres humanos que somos, sea tanto desde los valores morales y éticos fundamentales, como desde la fe.

Es muy claro que este mundo tiene mucho para mejorar. Eso nadie lo duda. ¿Por qué dudar entonces cuando sabemos diente-de-leonqué es lo que hay que hacer o decir? Es esencial no vacilar tanto de la racionalidad y del trabajo que merecen los cambios genuinos, si están sólidamente cimentados en los valores, en lo verdadero y valioso. En lo que nos hace humanos y no tiene precio ni medida, porque no distingue colores, posiciones económicas, sociales o de función, y que cómo único vector exponen con tanta sencillez la fragilidad y la maravilla de la vida. Incluso de la delicadeza que debiera haber en su transcurrir, de la sabiduría que no puede perder como única depositaria de una raza humana que se está apagando harta de presumir sus propios errores. Muchas veces, incluyendo banderas de respetos y derechos que contradictoriamente atentan contra la misma vida.

El cuidado de no perder un norte real hacia el cual dirigir cuanto habremos de enseñar, abarca todos y cada uno de los aspectos que nos hacen seres humanos. Tenemos que aprender a proveer educación verdadera, necesitamos enseñar incluso, a exigir educación verdadera. Es extraño, pero por lo general, es muy poco lo que se exige tal bien, sabemos quejarnos de todo, pero pocas veces encontramos la respuesta de una sociedad que necesita antes que nada educación, educación de verdad. Sé que muchos, casi me atrevo a decir que la mayoría de nosotros, pensamos así. No tropecemos con la duda de actuar consecuentemente, o dejar pasar oportunidades de cambio. No es fácil, sin dudas, y también da un trabajo increíble, pero los frutos son directamente proporcionales.

Educar de verdad, educa de verdad. Cuando enseñamos algo a conciencia, con convicción, con esmero, alguien lo aprende a conciencia, con convicción y con esmero. Eso no se puede pasar por alto. Es trabajo que vale la pena, una y un millón de veces. Recordemos siempre que para eso estamos, más…eso es lo que somos en realidad, todo el resto pasará de muchas maneras.

Como quien ha tomado la responsabilidad de enseñar, no dejemos desprovistos a nuestros alumnos de todo cuanto seamos capaces de señalar y ofrecer. Como padres, no podemos dejar a nuestros hijos huérfanos de una guía presente, sensata y orientada hacia los valores, que evidencie coherencia y sentido en cada aspecto de su crecimiento. Y como integrantes de la sociedad, asumamos la responsabilidad de ser verdaderamente lo que decimos ser, y brindarnos al resto sin medida. Hay tanto a la vista que expone la responsabilidad de ser genuinamente parte de lo que reconocemos como bueno y valioso…no se necesita temeridad para alcanzar cambios, basta el respaldo de la fe que nos guía, de la esperanza que denota la alegría de ser consecuentes con lo más valioso que somos.

Nuevamente, criticar no cambia nada, las justificaciones tampoco lo hacen. Que quede muy claro que todo eso que evocamos en una queja, denota sólo, y casi exclusivamente, falta de educación. En primer lugar desde la fe y la coherencia de la verdad y el amor que asume como tal, luego desde todos los valores humanos que seamos capaces de proveer y convocar. Que no se confunda el respeto y la libertad que cada quien goza desde la razón de su existencia, con la falta de compromiso de sus pares o maestros en cada momento de la vida. Roles que todos desempeñamos permanentemente en la vida. Roles que necesitan la misma cuota de humildad para aprender y de amor para enseñar.

Es ésta sin dudas, la mayor responsabilidad que necesita asumirse a conciencia en todos los ámbitos, puesto que todas las relaciones, desde el rol social que cada quien desempeña, hasta el núcleo familiar, o de amistad y de afecto que cada quien posea, no escapa la riqueza que cada quien aporte para el crecimiento de los demás. Eso es amor e interés verdaderos, esa es la auténtica vocación y compromiso.


La nobleza, un valor especial

Entre los valores que demuestran fortaleza se destaca siempre la cualidad de ser noble, hay virtudes que necesitan cierta resistencia particular para ser impermeables a lo que se ha vuelto común, a la ocasión, al momento.

Las personas creíbles y confiables son la que exponen una y otra vez su honradez, su voluntad de sostener sus convicciones y su palabra. En la nobleza hay un camino seguro, puesto que no se refiere sólo a sostener una postura desde la fidelidad de las palabras, sino a mantener una posición que efectivamente lleve a lo cotidiano una gama extra de valores.

Implica inevitablemente la diferencia entre querer lo bueno y encontrar la voluntad de hacer que suceda. Como cualidad no se acomoda a ninguna circunstancia, porque tiene muy claro la virtud que sostiene. Tampoco es ambigua, ni se rige por la ocasión para encontrar una medida, porque jamás traiciona los valores inherentes a ella.

Y en esta definición entran todas las cosas, todo eso que anhelamos, la convicción que nos mueve, el amor que nos sostiene, la voluntad de ser consecuentes con cuanto hacemos. La capacidad de alcanzar para nosotros y los demás lo que pretendemos como bueno y justo.

La nobleza no necesita palabras para transmitirse porque está a flor de piel, andando se encuentra lo valioso, haciendo se construye la honradez y la generosidad. Consecuentemente la verdad se convierte en guía de los días, porque en la nobleza se marcha a la par de una realidad que se enriquece con lo que es bueno para cada cosa, ni más ni menos.

Como siempre, hay un mundo que se las ha ingeniado para encontrar en casi todo ocasión de posponer una mirada que de verdad arroje luz sobre cada uno, y sobre una sociedad que necesita aprender más de lo verdaderamente virtuoso.

Por mucho que nos empeñemos ningún valor tiene una doble definición según se presente la ocasión y la nobleza es un valor que integra las mejores cualidades a desarrollar. Es la que irradia entre muchas otras cosas la convicción de lo acertado, la alegría de quien es capaz de sostener cuanto ha podido aprender y compartirlo con los demás. Es encontrar la honradez y la humildad, la generosidad e integridad. Como la lealtad del sabio, que es sólo fiel a los valores que reconoce para todos por igual, no es fidelidad ciega, sino vehículo de virtudes.

Entre lo cotidiano y el ejemplo es un valor especial para enseñar a los pequeños, en casa y en familia antes que nada, luego exponerlo en la convivencia de la escuela es maravilloso. Sabemos que los chicos ven y dicen las cosas con una claridad asombrosa, es un valor fundamental para ofrecer.

Para nosotros como adultos hay una serie de cuestiones que necesitamos retomar desde cuanto implica la nobleza como valor humano. En muchas ocasiones somos capaces de mirar a nuestro alrededor y desear cosas mejores, hagamos que sucedan. En la nobleza se encuentra la fortaleza de validar nuestras certezas y sostener los cambios para mejor. Tenemos una responsabilidad moral que a cada uno alcanza en distinta medida y manera, pero que no es ajena en cualquiera de sus formas, a la evolución del mundo del que somos parte.


Los valores y el desarrollo de la sexualidad

Entre todas las vivencias que nos acompañan y nos acompañarán siempre algunas de ellas se destacan por su relevancia, por la relación que tenemos con ellas, por lo que somos, lo que queremos y lo que manifestamos como personas. La forma en la que nos vinculamos con nuestra propia sexualidad es una de las más importantes durante nuestra vida, la forjamos desde muy jovencitos y en la adolescencia comienza a definir sus primeras improntas reales. A medida que pasan los años, como es lógico, maduramos en uno y otro sentido, algunas cosas, con el tiempo cambiarán siempre.

Hallar las palabras justas es difícil, porque si hay algo que se aleja de esta reflexión es la intención de juzgar u ofender. Por el contrario, es sin dudas, el fruto de muchas conversaciones con adolescentes y no tanto también, que hubieran querido escuchar palabras un poco más altruistas en torno al tema, y menos centradas en lo meramente físico. Supongo que queda muy claro que no hay forma de hablar aquí si no es encontrando un eje de moral que nos sostenga, que sea capaz de diferenciar realmente qué puede ser bueno y estar bien y qué no.

Son tiempos difíciles para esto…Porque somos muy capaces de reconocer errores en muchas cosas, pero se nubla la vista cuando tenemos que afrontar otras. Posiblemente los comportamientos en masa nos anuncian lo socialmente aceptado, aunque no distingan ni por asomo lo que puede ser bueno de lo que no. Y aquí aparece exactamente este tema, la forma en la que desde la adolescencia se desarrolla la propia sexualidad. Si bien hay una impronta cultural enorme, y una gran parte de lo que vivamos está íntimamente relacionado a las creencias personales y a los puntos de vista individuales, es un aspecto que necesita más cuidado para comprenderse, para vivenciarse y para enseñarse también.

Cuidar nuestro cuerpo  implica no sólo considerar cuanto lo alimenta, sino cuanto hacemos con él porque conlleva mucho más. Aquí es donde ponemos lo que somos. Aquí es donde encontramos felicidad o todo lo contrario. Espero coincidamos en este aspecto porque es fundamental, dentro del maravilloso y libre albedrío que se nos ha dado, tenemos la inmensa y valiosa capacidad de ser además de íntegros, felices. El cuerpo, como vehículo de nuestra preciosa existencia, es un instrumento del hombre para cumplir un ciclo con la mayor plenitud posible. En el cuerpo y en la sexualidad claro que no hay nada de malo, sino en lo que se le convierte cuando pierde su dimensión real.

Leí alguna vez palabras como las que siguen que me parecieron muy lindas “Mucho de la actividad de Nuestro Señor consistía en sanar los cuerpos, alimentarlos y dignificarlos” (…) “El sexo en sí en todas sus dimensiones es Santo.” Quiero decir, eso es lo que es…

Entonces ¿Cuándo pierde su significado real? En el desorden, en el abuso, en el acto de corromper su finalidad, en el utilizar a otras personas sin amarlas. El sexo sin amor en algún punto, termina en desprecio hacia la otra persona y hacia uno mismo. Donde no hay amor, se encuentra fácil la inmoralidad porque se degrada al ser humano mismo. Es aquí donde la dimensión errada de la sexualidad aparece, en el lugar donde todo da lo mismo, donde tanto los adultos, como prácticamente niños y niñas, porque algunos ni siquiera han alcanzado su adolescencia, han tenido relaciones sexuales sin tener el menor grado de maduración necesaria. Y aquí coincidiremos en que los hemos visto llorar muchas, muchas veces, y el dolor que se ocasionan a ellos mismos no es fácil de olvidar. Cuando su integridad se pone en juego, o sienten haberla perdido queda un gran trabajo para ayudarlos a encontrar una mirada más sana, y un vínculo con su propio cuerpo que pueda plasmar primero esos valores que sienten que faltan.

Hay dos factores sociales que no precisamente son de ayuda, uno de ellos es lo que venden los medios y la sociedad, si de un vistazo todo está bien y se aplaude…qué más se puede decir…El otro, es que muchas veces en la misma familia se leen toda clase de comportamientos permisivos, y casi ninguna palabra respecto de la educación sexual. Es increíble, por cierto, pero algunos padres no saben más que promocionar métodos anticonceptivos o de prevención y por el resto se los deja a los chicos al azar, en una apuesta del vale todo y lo que venga te hará socialmente más aceptable….Y en este contexto es fácil quedarse sin palabras, porque el problema parece reducirse a evitar embarazos o contagios. Qué confusión, que terrible y temible confusión…

La finalidad de la condición sexuada del hombre es la procreación, es el milagro de la vida. Y se produzca ésta o no a través de la unión sexual, es la experiencia de dos seres que se aman, que son capaces de expresar a través de un acto de madurez su comunión con el otro, su vínculo singular y único, en el que distinguen implícitamente su especial y exclusivo amor por su compañero.

En el lado contrario, los tiempos al respecto son un poco extraños, a algunas personas hablar de amor aún les parece gracioso, algunos adultos insisten en validar lo promiscuo, lo insano, como acto de diversión o entretenimiento. Y esto lo leen los chicos al vuelo, y desgraciadamente aleja la posibilidad de una vivencia sexual sana. La moda, el día, el minuto, la ocasión, los hace equivocarse una y otra vez, y perder una y otra vez lo mismo: su integridad.

Al respecto, sigo pensando que la única forma de revertir algunas cosas, entre otras, una tan importante como lo es la vida sexual de jóvenes y la forma en la que se proyectará de adultos es educando. Hablando, siendo ejemplo. No da igual una cosa que la otra, y no por hacerlo entre risas está todo bien. La complicidad en la ausencia de valores fundamentales a transmitir, como el amor, la fe, la paciencia, la virtud, el respeto por uno mismo y por los demás, pueden dejar fuera algo tan fundamental como la propia paz, la propia felicidad y plenitud.

Madurar sexualmente no es ser rápido para sacarse la ropa, sino lo suficientemente íntegro y claro para cuidar lo más preciado que se tiene, el cuerpo, como vehículo de todo lo sagrado que alberga, junto a la posibilidad de celebrar siempre lo que se ha vivido, lo que se vive y lo que se anhela.

El sexo es la forma más sublime de encontrarse en el amor con el otro, con quien en particular y en especial se tiene vocación de recorrer el camino de la vida. No es suficiente la amistad, no es suficiente cualquier amor… Eso no puede perderse, creo que sabemos bien a qué nos referimos y cuanto implica todo esto.

Hay mucho, en realidad muchísimo más que quisiera compartir al respecto, pero no quiero extenderme tanto. Sin embargo creo que para pensar y estar más atentos a algunas cosas, para garantizar que nuestros pequeños jóvenes encuentren una etapa maravillosa en sus vidas, cerca de los valores, de una autoestima fortalecida, de saber cuando es sí y cuando es no y de darse el tiempo de maduración necesaria. A veces se los empuja a los chicos a hacer cosas para las cuales no están listos de ninguna manera, o se los deja solos en el umbral de un comportamiento social que espera su confusión para ponerlos en situaciones que no desearían pasar. Aquí las familias principalmente y también sus educadores tenemos la tarea de transmitir, además de la compañía, una cantidad de valores con la mayor seguridad y claridad posibles.

Hay una dimensión cuidada, preciosa y alcanzable de vivir la sexualidad, que atesora su valor auténtico. A su tiempo, con su real significado, trae felicidad y alegría verdadera, porque implica encuentro no sólo con uno mismo y con el otro, sino con lo que realmente se es. Y es también madurar en las relaciones que tenemos que aprender a cuidar, porque implica aprender el amor, por nuestra propia esencia, por nosotros mismos y por el otro.


La responsabilidad, una virtud para asumir y compartir

Algunos valores y virtudes se destacan por incluir muchos otros, la responsabilidad, aún con sus distintas acepciones es uno de ellos. Entre sus usos particularmente se destaca el que se refiere a la conciencia. En tanto hablamos de la capacidad de medir y reconocer las consecuencias de ser y actuar de determinada manera. Tanto a nivel social como individual los alcances de la definición son inmensos, puesto que prácticamente todo cuanto sucede a nuestro alrededor está sujeto a una sucesión de consecuencias devenidas de la responsabilidad contraída o evitada por cada uno. La responsabilidad y la libertad se vinculan permanentemente, en un camino que ofrece la posibilidad de contemplar todos nuestros actos desde la moral que hayamos podido encontrar en ellos cada vez.

En el transcurso de los días podemos ver con mucha claridad donde están las dificultades. Particularmente en educación, aunque bien sucede en todos los ámbitos, todos somos capaces de encontrar una cuota importante de responsabilidades aún no asumidas con mucha claridad. Queremos cambios, estamos seguros de qué cosas necesitan una mirada nueva y un accionar consecuente, pero al traerlos a la realidad, puesto que allí es donde todo se encuentra, sin dudas nos hemos dado cuenta que la responsabilidad se ha transformado poco menos que en una pelota que nos lanzamos unos a otros. Al parecer, las reglas de juego se han convertido en un pase de responsabilidades nunca asumidas por nadie. Un poco inconcientemente…“Las responsabilidades son del otro menos mías”. Como adultos, entre tantas cosas que sabemos y queremos, todavía cuesta tomar decisiones, nos cuesta asumir la libertad de ejercer a placer nuestra propia responsabilidad. Incluso siendo un valor, una obligación y por qué no un derecho, a veces se la esquiva por temor. Los cambios dan trabajo, las mejoras también, y tienen su origen en la conciencia de la responsabilidad propia. Lo que cada uno hace y deja de hacer rinde sus frutos a corto y largo plazo.

Desde la educación principalmente se cimienta una educación que puede bosquejar desde la escuela, cómo será el futuro a nivel social y a nivel personal. Tenemos presente permanentemente que hay una seria crisis de valores a resolver, a ésta y quizás como resultado se han sumado una educación insuficiente en términos de rendimiento escolar, conocimientos y desempeño, aún con todos los niveles “¿debidamente?” aprobados.

Especialmente incluyo también el tema de la disciplina, en el que si bien la sanción existe y está sólidamente prevista, parece no poder utilizarse, sin dudas en muchos sentidos hemos quedado desarmados frente a chicos y no tanto, que piden límites, claridad, contención y señales de coherencia por parte de sus mayores, que garanticen una convivencia sana y un clima favorable para la aprehensión de conocimientos. La violencia, la agresión verbal y física se han vuelto demasiado corrientes, primero en los adultos, luego, claro, se ha reflejado en las nuevas generaciones. Tenemos suficiente conocimiento del tema y sus alcances. Responsabilidades no asumidas por doquier, con todo el daño que implica.

Hace mucha falta tomar conciencia desde todos los niveles de lo que sucede cuando nadie asume las cosas desde la responsabilidad. Si todos vemos lo mismo, si todos encontramos las mismas falencias, dificultades y carencias por qué no logramos construir con más solidez cambios reales. Con reales me refiero, por ejemplo, no a que los chicos aprueben, sino a que los chicos aprendan. Análogamente, no a evitar sanciones sino a mejorar la disciplina y la convivencia…

Son tiempos extraños, donde el decir, el hacer y la realidad, no logran encontrarse demasiado. Cada uno parece limitarse escasamente a lo suyo y sin compromiso, sin mucha conciencia real del valor que tiene el trabajo de cada quien, desde el discernimiento, desde la capacidad de reconocer las causas y las consecuencias de las decisiones que se toman día a día, año a año. Responsabilidad para decir sí, para decir no, para comenzar algo y para concluirlo, para continuar, para saber cuando basta, cuando siempre, cuando ahora o después. Para hacer, para construir, para enseñar, para asistir, para aprender…Para todo es necesaria la responsabilidad desde la ética que la sostiene, y la propia moral que pueda darle vida en acciones.

Me extendería demasiado si quisiera traer cuanto se hace a un lado, la conciencia dice una cosa, y nuestro temor nos deja en la pasividad de lo que pide hoy, ahora mismo, cambios y mejoras. Hacen falta palabras, decisiones y acciones, desde las más simples, esas que pasan casi desapercibidas hasta las más contundentes y profundas.

La responsabilidad es para todas las cosas, es para uno mismo, para cuanto se cuida y se preserva, y también para los demás. Para cuanto da alcance cada cosa que hacemos, cada vez que interactuamos, sobre todo cuando sabemos que hace falta más. Y esa responsabilidad también es compartida, es para todos los adultos, comenzando desde los que dirigen la educación desde un ministerio hasta los directivos, los docentes del aula, los que abren la puerta de la escuela, y cada uno de los padres. Sé bien qué lejos estamos de lograr amalgamar mínimamente un objetivo común entre todas las partes. Al respecto cada quien asume su responsabilidad así como su propia conciencia alcance…y entre otras cosas es exactamente como se dice: La mayor responsabilidad la tiene quien sabe hacer lo bueno y no lo hace.

Por cierto que hablando de compromiso, y siendo capaces de comprender los resultados del propio accionar, no alcanzaría el tamaño del planeta para jerarquizar la letra de este escrito, si quisiera resaltar la responsabilidad que significa tener en nuestras manos la vida de los pequeños para imprimir en ella cuanto necesitan. Primero como personas, antes que nada en afecto, en cuidados, en valores, con respeto, y luego con la misma importancia respecto del conocimiento y las capacidades que les ayudemos a descubrir y desarrollar. Sin palabras, en referencia a la responsabilidad que nos toca y a la conciencia que tenemos que tomar en correspondecia.

En cuanto a los pequeños, la mejor enseñanza sigue siendo la del ejemplo, es lo que somos que leen al vuelo y aprenden a imitar. Los chicos y los jóvenes necesitan indiscutiblemente asumir su responsabilidad, encontrar su parte de conciencia y libertad, su capacidad de observar y medir, de estimar y valorar las consecuencias de la propia forma de ver las cosas y actuar. En su casa, en la escuela, con amigos o solos, la responsabilidad aprendida siempre será suya. Y sin dudas…cuánto han de tallar aquí los valores, cuánto ha de mezclarse de la manera más sana y conveniente, su libertad, su fe, su empatía, su honestidad e integridad, aquí todo se pone en juego en un segundo. Y así debe ser, así está bien y así estarán bien ellos.

Entre muchos otros valores la responsabilidad juega un rol fundamental, es el primero que solemos ceder a los demás, pero también es nuestro, comencemos por cada uno. La responsabilidad se asume y se comparte, cada quien la suya, cada quien a lo suyo, con lo que sabe bien que debe hacer. La única forma de mejorarlo todo es tomando el propio rol, con la mayor humildad y responsabilidad posible, con el entusiasmo de lo nuevo, de lo que siempre traerá avances, pequeños o grandes, necesitamos ambos…Todo eso que queremos para los chicos, sólo tenemos que ponerlo a su alcance, desde la verdad, desde la acción y los valores que queremos reencontrar.


Acercar lo necesario a un nuevo ciclo lectivo que comienza

Por esta época estamos abriendo las puertas a un ciclo lectivo nuevo, en la medida en que el contexto va cambiando lo hacemos con expectativas diferentes. Cada ciclo comienza de la misma manera pero trae siempre lo nuevo, y dependiendo en gran medida del impulso que le demos nos encontraremos en su transcurso con los frutos que nos devuelve. Así que es buena la ocasión para alentarnos a lograr una buena disposición y una actitud que invite positivamente a encontrar avances, el paso a paso, el pequeño y humilde, pero tan preciado logro de cada día.

Como siempre, todo puede aprenderse, todo puede mejorarse, y tratándose nada más ni nada menos de los pequeños que pasan por nuestras manos, vale la pena cualquier esfuerzo que tienda un puente hasta donde queramos llegar.

Sobradamente sabemos cuánto hemos de querer avanzar, sobradamente sabemos que lo que más necesitan nuestros niños, es el abrazo contenedor de los valores, del afecto, del cuidado evidente que necesitan recibir para crecer sanos, para aprender, para desarrollar cada quien cuanto sea capaz. Grandes responsabilidades y también gratificaciones.

Especialmente quisiera hacer alusión, porque me siento en deuda al respecto, a los pedidos que he recibido de saber quién soy, cuál es mi nombre completo y demás referencias personales. Entiendo perfectamente el interrogante de algunos, así que vaya mi devolución a la inquietud…Cuando hace ya algunos años atrás, y habiéndose puesto el tema en boca de la educación escolar, mencioné el tema de los valores humanos en la escuela, la forma en la que se trabaja en otros lugares y las responsabilidades de cada uno, me encontré con que es automático que casi todos se ponen a la defensiva, por qué, no lo sé…pareciera que en algunos sitios, son temas difíciles de tratar, sobre todo en escuelas públicas. Las escuelas privadas se han dado el lujo, con todos los méritos, de hablar de valores humanos y educación, cosa que a mi entender, es excelente, perfecta. Los valores humanos son los que nos traen la educación en el más amplio de los sentidos.

Pude entender también, que más allá de estar a la defensiva del tema y respecto de las formas propias y características que cada quien utilice como metodología de enseñanza, poner algunos temas sobre la mesa, genera un clima en el que algunos se sienten observados o juzgados. Y personalmente sería completamente incapaz de incomodar a nadie dentro del contexto del cual me muevo a diario. Prefiero invitar a la reflexión, si acaso eso sucede en la lectura, quitando la atención de quién lo dice, para concentrarse en la finalidad del planteo en sí. Eso para mí es mucho más valioso y también fructífero. Por tanto no puedo menos que concluir que no tiene el menor sentido aquí, explayarme sobre mi persona. Muchos saben quien soy y eso está muy bien. Pero no puedo generar un debate personal, así siento la responsabilidad de salvaguardar el espacio de trabajo, por respeto a los mayores con quienes comparto la jornada y los chicos que pertenecen a cada una de las escuelas donde asisto. De todos modos, conociéndome, si alguno tuviera que adivinar tardaría menos de un segundo en señalarme, sin ninguna duda. Así que gracias siempre por preguntar, gracias por la inquietud, me encantaría también conocer a quienes llegan hasta aquí, cada uno es digno de mi admiración en sus búsquedas, en sus trabajos, en el amor y responsabilidad que ponen en su tarea.

Como mencioné muchas veces, es este un pequeño y simple blog, en el que me doy gusto de compartir alguna reflexión y dejarla “pegada” por aquí para compartirla, para encontrar entre unos y otros, puntos de vista diferentes, desde donde como es lógico, la educación evolucione por un camino puesto en la realidad, en las necesidades y aspiraciones de cada contexto en particular. Con los ojos bien abiertos, a mi vista, es éste un mundo realmente hermoso, y se nos ha dado una vida mucho más que preciosa para caminarlo. Todo lo que lo opaque ha de necesitar de nuestro paño para quitarle el polvo, para reconocer lo que realmente hay en cada uno, lo que realmente hay en el otro. Y otra vez…mirar hacia arriba es tan importante (además de hermoso). Mirar hacia adentro es tan fundamental…comprender el entorno y empatizar con el resto hacen una gran diferencia. Cualquier educador de escuela, habrá sonreído más de una vez al escuchar preguntas de los chicos a las que jamás se les ha dado respuesta. Y los niños se maravillan permanentemente de todo, se asombran, tienen una capacidad bellísima para descubrir, para curiosear…y nosotros no podemos quedarnos sólo con respuestas de cosas que jamás nos han preguntado.

Hay mucho, pero muchísimo que los hace hombres de bien, hombres y mujeres buenos, con conocimiento que completa las cosas que deben saber sobre sí mismos. Aquí tallan los valores humanos tan imprescindibles, de los que hablamos siempre.

Que este año sepamos tomarlos más en serio en sus preguntas, ver con más responsabilidad sus necesidades reales, que sepan encontrar un sí y un no firmes donde lo necesitan, y una interminable fila de preguntas que ellos mismos han de descubrir como respuestas de nuestra mano.

Hay mucho para mejorar, mejorémoslo. Hay mucho para cambiar, cambiémoslo…Siempre de la mano del sentido común, cada quien, lo mejor que puede. Siempre con entusiasmo, una sonrisa, un buen rato, un gesto ameno, producen mucha más receptividad y aprendizaje que mil horas de monotonía.

Con vocación tenemos el tino de vislumbrar que lo que hacemos es preparar a los niños para el futuro, escuchemos qué es lo que piden, observemos dónde está eso que tanto buscan primero y que los sienta en su pupitre con la disposición necesaria. Acompañemos sus preguntas, tengamos dentro de las posibilidades el tiempo para mencionar a la familia, para integrarla, para hacerla partícipe. Como siempre: la primera educación, la del hogar, luego venimos nosotros…Es lo que más piden los chicos, la presencia de quien los acompañe en su estudio. Enseñemos también a unir, a permanecer juntos, a valorar. Tiempos difíciles para todo ello, ya lo sabemos, mucho por hacer, por aprender y por dar. Que sea un año con fuerza, siempre con fe, con amor y sobre todo, buena disposición para cada pequeña cosa que traiga como tarea este nuevo ciclo.


La humildad para aprender y crecer

Con cada aprendizaje se produce un cambio, de hecho en cada progreso siempre habrá implícito un aprendizaje. La humildad viene estrechamente ligada al crecimiento porque abre de par en par las puertas de cuanto necesitamos saber. En la humildad encontramos sabiduría, porque atiende con la paz necesaria una verdad indiscutible: todos y cada uno de nosotros tenemos mucho que aprender y mucho que cambiar, para con nosotros mismos y para los demás.

En la humildad encontramos objetividad porque implica también la capacidad de reconocer las propias falencias, los pequeños o grandes desaciertos, aspecto mediante el cual alcanzamos la posibilidad de crecer y encontrar respuestas a cuanto humanamente se nos hace indispensable aprender. Supongo que nadie no se equivoca nunca, supongo que nadie…no tiene nada que aprender. Y aunque mi suposición tenga implícita cierto tono de gracia, ocasionalmente nos cuesta reconocer la dimensión real que ofrece la verdadera humildad, porque implica reconocer los propios errores y exponer las propias falencias sin excusas…sin justificaciones.

Por lo general, quienes no caminan de la mano de la humildad van atropellando, van devastando con su lógica y caprichos su pequeño o gran entorno…dependiendo de su función o responsabilidad, en lo pequeño y en lo grande. Se aplaudirán los aciertos, pero se lamentarán los equívocos con la consabida secuela de falsedades que arrastra no reconocer las fallas. Y en este intermedio es imposible aprender, mucho menos cambiar, ni mejorar.

humildadSin dudas también, cuando no alcanzamos a ver a tiempo y por propia voluntad cuanto nos llama a la reflexión, la vida se las arregla para ponernos delante el aprendizaje que necesitamos. Algunas veces duele, seguro, a veces poco, a veces duele mucho. Es una gimnasia constante, y análogamente…La fuerza que seamos capaces de desarrollar es directamente proporcional al ejercicio que hacemos, a veces parece imposible, a veces es absolutamente plácido, de una forma o de otra, no sólo habremos aprendido sino que al final nos sentiremos mucho más fuertes…

No es fácil cambiar, no es fácil reconocer y aceptar que las cosas cuestan, que no sabemos todo, que no sabemos nunca que viene luego, pero la humildad nos eleva cuando nos entregamos al aprendizaje. Cuando podemos abrir los ojos y el corazón con fe y permitir que nos sostenga la lección que tenemos que hacer propia, y sabernos a resguardo en cuanto creemos, en cuanto podemos, en cuanto somos, y en el Amor más grande que nos sostiene siempre.

En mucho los tiempos han cambiado enormemente, en mucho nos hemos expuesto en un mundo que apuesta casi siempre, y un poco brusco, a lo externo, a lo rápido, cómodo, fugaz, se ha perdido mucho el valor de lo de adentro. Un poco más lejos, la ambición desmedida hizo estragos en poquísimo tiempo con muchas cosas. Lo aparente ha cegado la capacidad de ver al otro, de ver al ser humano mismo, al propio y al prójimo. Ha lastimado, quitado y ofendido. Sé que lo he dicho muchas veces, pero no importa cual sea la reflexión que me invite a compartir, que no puedo olvidar insistir en que todos necesitamos más, un poco más de todos. Que hay una realidad que llama cada vez con más fuerza, pidiendo la humildad de saber reconocer los errores, la humildad de reconocer en el otro, lo mismo que hay en uno… un ser humano igual.

En este sentido tan amplio, la humildad también es maestra, porque no vivimos aislados, porque en mayor o menor medida todos necesitamos de todos, aprendemos de todos y enseñamos a otros en la medida que podemos reconocer necesidades reales. Y también quizás, bajarnos un poco del lugar en el que nos colocamos nosotros mismos, cuando creemos que no hay más por aprender en alguno de los sentidos.

Y claro que la humildad representa una aventura, un desafío al alma. La visión de una vida que desde el amor y la sencillez, espera destreza y más sabiduría para encontrar los pequeños aprendizajes o las grandes lecciones. Todos estamos de paso, nada comenzó aquí ni terminará aquí tampoco, hay un trayecto que estamos invitados a recorrer con la paz que nos da la humildad. Con la felicidad que nos da saber que podemos tener todos los nuevos comienzos que queramos y necesitemos, la grandeza la reviste la maestría que le demos a cada uno, y el amor que pongamos en él. Todo llega en su debido momento, y la humildad nos prepara para ello todo el tiempo. Un corazón humilde encuentra el descanso con paz y el trabajo con el entusiasmo de lo perfectible. Un corazón humilde estará más cerca de Dios, de uno mismo y los otros.

Sin importar cuanto tengamos, donde estemos, quienes seamos, la humildad es amiga y consejera porque otorga claridad. Es servicio, es acción, es excelencia, es sencillez, es alegría, es paz. No es sumisa, por el contrario, sino que va en pos de lo que necesitamos saber y viene de la mano de la libertad, porque es la dueña del aprendizaje y de los cambios genuinos, capaz completa y absolutamente de traer transformaciones verdaderas desde adentro, para compartirlas siempre con los demás.


Desde la educación y los valores humanos

Este año trajo mucho para todos, mucho para aprender, mucho para pensar, mucho para replantear y la oportunidad de cambios con aires nuevos de cada fin de año. Es formidable cerrar un ciclo para descansar y preparar uno nuevo.

Asumo que si estás aquí, es con ansias de promover avances, de manera de reparar y edificar sobre la base de la educación, sobre todo de los valores que pretendemos recuperar. Que hay mucho por hacer a estas alturas no lo duda nadie, nos hemos quedado perplejos muchas veces, como testigos de una sociedad que se empeña en exhibir que carece de virtudes suficientes para prosperar, para convivir en paz, para crecer y para educar incluso, a la propia familia.

En vistas de un orden de jerarquía tengo que reconocer que las dirigencias de muchos de los países hermanos, incluyendo el propio, han hecho tapa de las mismas carencias, de la ambición, de la misma ceguera oportunista que deja sin atender las necesidades reales y fundamentales de la vida de las personas. No me resulta ajena la cuestión, es fácil reconocer que asistimos a la decadencia de lo que dejamos caer sin prisa y sin pausa, la educación desde todos sus ángulos.

Se han confundido demasiado las cosas, en términos organizativos, de infraestructura, de carencias, de apatía y desinterés…decir y hacer…siguen sin encontrarse en las consecuencias.

La educación sigue esperando ese lugar de privilegio que garantiza paz, consenso, soluciones, bienestar, justicia y todo cuanto hace posible conceder uno de los más grandes valores: libertad.

Libertad de educarse, de pensar, de hacer, de ser, de saber, de conocer, de vivir, de gozar, de buscar y alcanzar…todo esto ha de traer la educación entre muchas otras cosas. Ajena a cualquier explicación hemos perdido en muchos casos hasta la libertad de cubrir las necesidades básicas y elementales, la violencia económica con las respectivas carencias que recibe cada vez más gente es indiscutible. Cuestión que conlleva una amplia gama de actitudes sociales, que van desde la sumisión hasta la violencia. Cualquier análisis discursivo se quedaría corto tratando de explicar qué cosas se plantearon mal desde la autoridad, porque estaría mencionando obviedades, y porque encontraríamos la aridez de un terreno que olvida el servicio, el beneficio de la justicia y lo inapelable de respetar los derechos humanos, ni más, ni menos…

La educación no es una dádiva, no es un favor, es un derecho, sobre todas las cosas proveniente del amor primero, del núcleo de la familia, de la semilla de la sociedad que cuando sabe, quiere dar conocimiento con la misma premura que el alimento, que el agua, que el aire. El amor, la fe, la transmisión de valores y la educación, son un abrazo que rodea y ampara para siempre.

La educación desde los valores y la moral, concede una forma de ver la vida y el mundo. Vuelve al hombre más reflexivo y profundo, más íntegro, más pacífico, más avezado y humilde a la vez. El que sabe se sorprende a menudo y también ríe con más facilidad. Hay algo tan increíble como indescriptible detrás de quien se considera un aprendiz…

En una sociedad la educación es fundamental, puesto que une, su ausencia divide, quiebra, desentiende del entorno. La educación mueve, transforma, es activa siempre, no se conforma, cincela, cambia, la educación verdadera es transformación permanente. En cambio su opuesto paraliza, deviene en retroceso, y expone consecuencias como las que encontramos a diario.

En vistas de lo que podemos entender como necesidad de cambios, hay mucho que pensar, y como mencioné en otros post creo profundamente en que la tarea del docente es interferir cuando el camino se torna árido. Siempre será parte de la tarea pedir, exigir, replantear, porque no es poca cosa olvidar la educación en temas de gestión. La educación es un tema prioritario y cuando se olvida o se tergiversa hay que enderezarla, porque al futuro no le caben sino las consecuencias de lo que preparemos hoy. Refiriéndome al futuro tan inmediato, como en un rato, mañana, en un par de años o en cien. Cada palabra y cada acción en términos de enseñanza hacen una gran diferencia día a día…

La realidad para el docente es maestra, señala caminos, expone causas y consecuencias. Es gestora de cambios profundos y verdaderos si se realiza a conciencia, con amor, con vocación, y un alto contenido de sentido común. Sin dudas poco nos amedrenta, sin muchos rodeos enfrentamos la tarea como se presenta con la intención de ir por un poco más, cada día. Eso es lo que no podemos olvidar. Más allá de los contenidos conceptuales y los objetivos propios de la escuela, la enseñanza más valiosa intenta transmitir ese amor por el conocimiento, por los valores.

Como seres humanos no es lo que sabemos lo que nos hace grandes, sino lo que queremos saber y lo que queremos ser, cuanto queremos dar y cuanto queremos recibir, eso se reconoce en el proceso de aprender y enseñar. A las pruebas nos remitimos, podemos reconocer muy bien la diferencia en el día a día de la labor.

Queda mucho por recorrer, y cada quien, desde su lugar tiene la tarea de construir un camino y un puente a cada uno de sus pequeños aprendices. Cerrando un ciclo, es tiempo también de proyectar formas nuevas, no importa cual, cada quien sabe reconocer la que funcione mejor, lo más importante para cada uno, es encontrar una forma segura de llegar. Como siempre, es una tarea inmensa, pero hermosa e imprescindible. La única puerta que debe abrir una sociedad en la que todos y cada uno de sus integrantes encuentren paz y libertad, es la educación.


Tan simple como la fe

La fe es un pequeñísimo indicio de cuanto somos, de cuanto no podemos percibir con nuestros sentidos, ni mucho menos escudriñar en un montón de ciencias y teorías. Podríamos analizarla volteando muchas veces la forma en la que se refleja en nosotros y la relación que tengamos con ella, pero no la fe en sí misma. Por mucho que nos cueste aceptarlo, hay cosas que no tienen para nosotros explicación.

Certeza es la única palabra que se le aproxima, porque proviene de esa certidumbre tan interior y tan propia, que excede absolutamente nuestros sentidos. Y aún así necesita tiempo para madurar, tiempo para crecer, tiempo para atender esa sabiduría que nos hace andar la vida de otra manera.

Cierto que es absolutamente imposible que intente un debate teológico, puesto que no sólo no tiene sentido por mi falta de erudición, sino que a mi entender, excede de manera colosal cualquier discusión. Mi fe, sigue siendo esa certeza que no soy capaz de explicar…

Quizás incluso, la fe sea la mejor demostración de cuanto no podemos ver, pero sabemos tan certeramente…

Quizás un día nuestros códigos de ciencia se revistan de la sabiduría de lo imperceptible pero presente, de lo evidente pero inescrutable al menos para nosotros hoy…Quizás con más osadía diría que esa apertura para lo que todavía no comprendemos existe, y convertiría mi fe inexplicable en una maravilla a ciencia cierta…

Así de la forma más simple, y menos convincente para cualquiera, la fe desafía todo cuanto podemos saber y explicar vehementemente.

La fe no es un valor agregado, sino un espacio donde cultivar la propia humanidad, donde encontrar respuestas y sentido, pero sobre todo una dirección real, una dimensión más cuidada de la propia existencia y la manera de transcurrir en la vida. Entendiendo a través de la intuición que no da lo mismo una cosa que la otra…

La fe necesita quietud y silencio, pero requiere también palabras y acción. Implica serenidad y pasión a la vez.  Enseña a abrir los ojos y también a cerrarlos con suavidad. La fe es sabiduría en sí misma, podemos transmitir el cuidado y el amor que le ponemos, pero es fundamental señalar el espacio en el que cada uno debe desarrollar la suya propia, puesto que es ni más ni menos, que el vínculo más personal y estrecho que tenemos cada uno de nosotros con Dios.

La fe no obliga porque va mucho más allá de la voluntad, ofreciendo a cambio libertad. Esa libertad verdadera que proviene únicamente del Amor. Y ese Amor se recibe únicamente en un acto de fe, en el que todas esas certezas viven en nosotros de la manera más simple. No importa cuántas veces no la podamos ver, no importa cuanto lo olvidemos, ni cuanto nos equivoquemos, ni cuanto nos cueste recuperarla. Su Luz y su Amor van mucho más allá, nos sostiene a nosotros, y no nosotros a ella…

la fe y los niñosEl tiempo de cultivarla, de cuidarla, es tan fundamental para nosotros y para transmitirla a quienes nos suceden. Muchas veces escuchamos decir a los padres que dejan la fe como una opción para cuando sus niños sean grandes, cuestión que representa una gran pérdida. Si no preguntamos a los niños si desean ir a la escuela, o aprender a leer y escribir… Por qué razón los privamos de una riqueza tan grande? La fe acompaña y templa con suavidad el carácter y el crecimiento de los pequeños.

Claro que no es fácil zambullirse en un mundo que desorienta, que arremete, que transgrede miles de veces, los valores más elementales, los derechos sustanciales de la vida de las personas. Realmente no creo que el Cielo sonría frente a muchas de nuestras acciones…sin embargo no deja de llamar, ese llamado es el que tenemos que escuchar, y enseñar a nuestros más preciados tesoros, nuestros pequeñitos, escuchar también. La fe es un puente, un lazo dulcísimo y de un amor infinito que es capaz de darlo todo…mucho, pero muchísimo más allá de lo que nosotros podamos comprender…

 …”Un poco más aquí y nos perdemos en los sentidos…así y todo,

casi invisible, pero inconfundible viniste mil veces a acariciar mis ojos,

Tus mil maravillas, Tu vida de milagros, Tu Amor, Tu inconmensurable Amor…

Tantas veces creí perderte… sereno esperaste a mi lado a que volteara,

Reíste conmigo y también secaste mis lágrimas sin cansarte…

Tendiste Tu mano mil veces, un millón…mil millones…más…

Te escondí y Te encontré sin querer, todas esas veces…más quizás…

Somos pequeños, no entendemos tanto Amor…

Tanta…tanta belleza no escondiste justo frente a nuestros ojos, que aún no la podemos ver…”

Sunrise Over the Caribbean Sea, Playa del Carmen, Mexico

 


Paciencia y perseverancia, virtudes para aprender y enseñar

Aprender y enseñar algunas cosas requiere cierta habilidad especial, casi todos los  valores y determinadas destrezas son el fruto de la constancia, de la dedicación. Necesitan evolucionar de manera especial, dando un paso a la vez… y para dar un paso a la vez necesitamos aligerar la marcha, inspirar más profundo, para reconocer un camino y avanzar en él con precisión.

A primera vista nos caracteriza la prisa, la velocidad está a la orden del día. Con ella resignamos sin querer cosas que necesitan echar raíces, las que necesitan su tiempo. Esas que adquieren maestría con la constancia y una actitud perseverante. Quizás sean las más ricas porque nos disciplinan a nosotros mismos. No es todo ahora, no es todo ya. Y cuando nos proponemos avanzar en temas como los valores, las buenas actitudes, la convivencia sana y todo lo demás debemos tener la paciencia y la constancia de quien desanda un camino, para proyectar la marcha sobre otro.

Nos acostumbramos a festejar los logros a corto plazo pero fuimos perdiendo la paciencia de sembrar para después, de proyectar más lejos que hoy, más lejos que mañana… Tan apurados se nos distrae fácil lo valioso. A tanta velocidad se acorta la posibilidad de traer más de las cosas que implican cambios profundos.

Lo hacemos con nosotros mismos, y sin querer a veces lo exteriorizamos en nuestra enseñanza. Sabemos que es fácil memorizar para hoy, casi casi… con la ilusión de haber conseguido en nuestros pequeños un aprendizaje definitivo y contundente, cuando en realidad guardamos sólo en la memoria que olvidará pronto datos, cifras y un par de algoritmos oportunos. La prueba no deja muchas dudas, de un año a otro ¿Cuánto podemos preguntar a nuestros alumnos que recuerden?

tender la mano a los niñosEl desafío más grande para nosotros es lograr que ellos aprendan todo eso que requiere tiempo, que requiere una mirada intensa, que los vuelve capaces, que los integra con lo más importante de su existencia. Esas virtudes que les otorgan capacidad para juzgar, para determinar cuando es tiempo de sembrar, y les da la habilidad de asegurar que su fruto, a tiempo, sea perfecto. Saber observar con profundidad y darles la oportunidad de saber dónde encontrar respuestas tendrá para ellos mucho más valor que cientos de palabras memorizadas, que a veces no pueden recordar ni como se escriben correctamente. Los aprendizajes se tornan significativos cuando tienen un sentido, no el que le damos nosotros; sino el sentido que encuentran en él nuestros niños.

Tomar el tiempo suficiente para ayudarlos a encontrar este sentido tiene la ventaja de asegurar aprendizajes verdaderos, leer, escribir o realizar cálculos se presentan como una finalidad cuando son sólo una herramienta de conocimiento y desempeño. Deben saber más de sí mismos, más de su mundo, más de su entorno para darle a su aprendizaje un propósito mucho más valioso. Viviendo cada día a toda velocidad difícilmente podamos encontrar cosas nuevas de la profundidad que quisiéramos. Si no las encontramos para nosotros ¿Cómo podríamos transmitirlas…? Esperamos resultados y respuestas hoy, nos cuesta sostener en el tiempo las metas ¿Cómo reflejaremos así la perseverancia para alcanzar objetivos más profundos?

Hay en particular un pequeño cuento (muy conocido) que me gusta mucho, porque deja al descubierto estos aspectos. Lo transcribo, creo que es especial, tanto para los docentes como para los padres, posiblemente ayude a reflexionar sobre las bases más importantes sobre las que sentamos la habilidad de enseñar: la paciencia y la perseverancia…

Cuento del bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita sea.! Hay algo muy curioso que sucede con el bambú y que lo transforma en no apto para impacientes:
Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece… ¡más de 30 metros!

¿Tardó sólo seis semanas crecer?

No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

bambú japonésSin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.

De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo…

…en esos momentos de frustración debemos recordar que todo tiene su ciclo de maduración, y que regar la semilla incansablemente es tarea del buen agricultor.

Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.

El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación.
Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.
Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia…tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación es parte del ciclo de crecimiento…si no ves los resultados inmediatamente, ten paciencia, es el tiempo que toma en desarrollar sus raíces…

Autor desconocido.


Ser docentes hoy

Los cambios hacia un lado y hacia otro son para todos, sin embargo hay mucho de especial en la tarea de quien enseña. La vista desde el quehacer cotidiano es irreversiblemente objetiva. Va mucho más allá de los puntos de vista, porque describe la realidad así sin más…

Temprano por la mañana y casi un desafío, portar libros, más papeles, más palabras, tratar de presentarse entusiastas aunque estemos cansados, escudriñar de camino un sin fin de ideas que luzcan atractivas para introducir más contenidos. Estar un poco ansiosos de ver a uno u otro de los chicos para saber si están bien, dadas sus circunstancias personales. Llegar a horario, muchas veces correr de una escuela a la otra, otra vez el reloj…Y eso es poco, quien trabaja en la docencia lo sabe, hay mil cosas más. Quizás entre las más importantes se luzcan los de una sociedad tan transgresora como agresiva. Ciertamente las relaciones con los padres de nuestros alumnos no son fáciles, a veces tampoco lo son las relaciones con nuestros propios alumnos. No son todos, no son tan pocos. Un millón de veces está escrito por aquí, realmente hay mucho que mejorar.

La tarea del docente, del maestro, del profesor, ha perdido mucho en el camino que fue tomando la sociedad. Ha perdido el reconocimiento y la compañía de las familias en muchos sentidos. Incluso no entiendo bien porqué es muchas veces señalado por los medios y la misma sociedad, cargando gratuitamente culpas que no le corresponden. Cuando un docente reclama se lo tilda de cómodo, cuando un docente avisa necesidades y expone razones casi nadie lo escucha. Sin embargo así y todo ha cargado una responsabilidad que no reconoce límites. Como docentes somos capaces de hacerlo todo, nuestros alumnos se convierten la mayor parte de las veces en una extensión de los propios hijos, de cuanto han vivido, de cuanto han comido y dormido, de cuanto han trabajado, disfrutado o sufrido. Antes de abrir un cuaderno hay un pequeño o joven rostro que espera siempre más, allí estamos, allí permanecemos. Los chicos lo saben, muchas veces van a la escuela para vernos a nosotros. Síntoma que el vínculo tan necesario entre quien enseña y quien aprende se ha creado, se fortalece y fortalece a ambos cada día.

pizarron

Ser docentes hoy implica palpar una realidad que aún los propios gobiernos no quieren reconocer. La verdad aquí se expone tan mansa, tan clara, tan evidente que no necesita palabras. Casi diría que es hasta difícil de explicar. Una realidad que está siempre lejos de los micrófonos, de los textos, una realidad que siente el calor y el frío, las carencias y los excesos en carne propia. Definitivamente es difícil de explicar, se puede sentir, no le cuadran bien las palabras.

Un docente no puede alejarse de la realidad, tiene la suerte de mediar el contexto, si mira hacia atrás encuentra razones y convive con las consecuencias. Si mira hacia adelante es capaz de proyectar el presente, y presiente y dirime qué es mejor para hoy. Si es capaz, señala caminos, y trata de colocar a los pequeños en un sendero seguro de transitar. Sin más se las rebusca para proyectar en este sendero la vida de sus alumnos, los valores, la capacidad de juzgar, la necesidad de saberlos a resguardo, de preservar su integridad, su vida, su alma, su libertad, su felicidad. No es poca cosa lo que un docente carga en su espalda. La responsabilidad que siente cuando lo hace con vocación, con amor, es gigante sin dudas. Aún así no somos genios, héroes ni mártires, lo sabemos bien, eso lo enseña también la docencia.

Sí sí, hay de todo, sin dudas y como en cualquier parte, no somos todos iguales, sin embargo el medio obliga, hasta el más duro recoge sus prejuicios y da más de lo que tiene. La empatía es prácticamente una obligación sin sugerencias previas. Aquí todo cuanto pudimos haber aprendido en un profesorado se queda corto. Cada niño es diferente y se llega a él de una manera diferente, cada quien comprende a su modo, tiene sus tiempos, sus comodidades e interferencias. Quien las reconoce las usa de comodín, y casi como en una partitura donde cada pentagrama tiene sus tiempos, su ritmo y sus pausas, quien enseña sabe hacer en un aula de clases, sonar su pequeña orquesta. No importan los tropiezos, no importa cuánto se demora, tampoco si hay que volver a comenzar cien veces… Enseñar implica reconocer los tiempos y darlos. Trabajo exquisito que se vuelve automático, lee los gestos al vuelo, tampoco necesita muchas palabras, presiente, ve venir y orienta.

Sucede mucho en una clase, se vive mucho en la docencia, amando y todo la profesión, nadie deja de ser humano. Y que poco se le pregunta, cuánto espacio fue perdiendo, y cuan necesaria es su tarea. A poco de comenzar un ciclo lectivo nuevo se me ocurren mil preguntas, sé que a la larga o a la corta nos desvalijamos de cuanto piensen los demás y en un segundo finalmente… finalmente estamos allí para los chicos, y volvemos a dar lo mejor que podemos. Hay mucho que cambiar en materia de educación, hay que pensar en serio, pero en serio, muchas cosas de nuevo. Hay que dejar de cambiar planes, nombres y currículas y atender mejor otras cosas que se van de las manos. Hoy muchas cosas de la educación formal, así como están no sirven.

La docencia también necesita responsabilidad, en cuanto a los propios saberes y la manera en que los transmitimos, la forma en la que evaluamos a nuestros chicos y también el propio trabajo. Requiere una seria autocrítica, puesto que los logros obtenidos son los cimientos del mañana. Revisar, guiar, avanzar, esperar, alcanzar, aprender, saber, proveer, descubrir, mediar… son verbos indispensables en la tarea de quien enseña.

Ser docentes hoy implica más que nada recuperar una meta que se ha desdibujado, un horizonte que se ha perdido, atender más a la persona que se ha olvidado, reconocer los problemas generados por la falta de educación desde distintos ángulos. Un ser humano tiene mucho que aprender, mucho que dar y mucho que recibir en un sentido absolutamente más amplio. Claro que aquí estoy obviando los valores, que deberían ser la base de la educación, la base de la vida, únicos capaces de darle un sentido, felicidad y coherencia a la existencia de cada uno. Esa educación que deviene primero del amor de casa, que debiera provenir de las familias y hacerse tácitamente extensiva a la escuela.

Quizás con un poco más de compromiso como sociedad toda nos vaya mejor, con suerte se nos escuche un poco más y sepamos exponer mejor. Es una tarea imprescindible, sin dudas requiere vocación, amor por lo que se hace, fe y fortaleza. Pero fundamentalmente capacidad de traer lo nuevo, de interferir cuando el camino se torna árido para delimitar espacios más seguros. Caminos más sensatos, conocimiento que garantice libertad de una manera más humana. Las cosas pueden mejorar, y eso es lo que tratamos de hacer cada uno de los días, aunque parezca difícil, aunque parezca imposible, aunque parezca que no importa, aunque nadie se de cuenta…Ser docentes hoy es uno de los desafíos más grandes y más lindos capaz de generar el cambio que necesitamos como humanidad, un camino de verdad, de virtud, de igualdad, de sensatez y de paz.

Dedicado con todo el amor del mundo a mi papá Manuel.


El respeto ¿Un valor discutible?

En todos los niveles, en todos los ámbitos, la falta de respeto es una piedra de tropiezo permanente en el día a día. Muchísimas de las búsquedas relacionadas con los valores y la escuela comienzan o terminan con la palabra respeto:

“Los adolescentes y la falta de respeto”

“Los jóvenes y la falta de respeto”

“Los alumnos y la falta de respeto”

“El respeto y los valores en el colegio”

“Los adultos y la falta de respeto”

En fin…los contestadores, los irreverentes, los maleducados y los nunca educados…La lista de frases similares es extensa sino casi infinita, en la que en algún punto todos nos encontramos en expresiones parecidas. Más que nada, todos esperamos un trato amable, cordial, en el que el intercambio con los demás sea de manera tan fluida como armónica.

Prefiero saltarme mucho de lo que quisiera manifestar al respecto, para darle lugar a la raíz de la queja, que por momentos parece hacer claudicar a más de uno, cuando quizás sea un aspecto que más que un mal difundido, es un vector que señala aspectos que se nos pasan de largo todos los días.

Al fin y al cabo, ¿Qué es la falta de respeto? ¿Qué es el respeto? ¿Es lo mismo la agresión verbal que la falta de respeto? ¿Sólo en el trato se  manifiesta el respeto?  Hay más que preguntarse al respecto, puesto que no entran en el mismo enunciado conceptos que son diametralmente opuestos. El cuidado que necesitamos poner para comprender lo que sucede, implica siempre ir más allá de lo primero que vemos o escuchamos, para encontrar cuanto puede referir una mala respuesta.

 El respeto conceptualmente implica reconocimiento, validando cuestiones que hacen de manera fundamental a la moral y a la ética. A la consideración de cuestiones elementales, que entre otras limitan y preservan de manera positiva la integridad humana, de forma individual, y en términos de convivencia y coexistencia como humanidad.

Es tan amplio el tema y de una profundidad tan exquisita que es imposible aquí describir tales alcances. Sin embargo baste a quien intente proveer su significado el párrafo anterior, para comprender lo que se espera de su vigencia cuando cuenta como valor. Arbitrariamente destaco dos referentes fundamentales:

El respeto en la escuela: Como punto de apoyo fundamental en el que oscila la forma de relacionarnos con nuestros jovencitos, se vuelve sistemáticamente importante. Aunque de manera errónea se han confundido durante décadas el miedo infundido (relacionado a la jerarquía o autoridad) con la consideración, el respeto, y el reconocimiento.

Aquí en un segundo se trasluce la primera realidad: Nuestros niños y jovencitos hoy, están muy lejos de tenernos miedo, más, nunca tienen miedo de decir las cosas. De nuevo y por las dudas: no tienen miedo de decir las cosas, así como las piensan, así como las ven, así como las sienten…

Es éste un gran punto en el cual detenerse, puesto que todos, alguna vez, escuchamos proferir a adultos un enorme “¡Es un maleducado!” cuando sólo obtuvieron una respuesta educada de lo que pensaban los chicos en ese momento.

La falta de respeto en cambio, la exteriorización de términos o respuestas inadecuadas, puede implicar muchas cosas. Entre otras:

Falta de límites: lisa y llanamente nuestros chicos avanzan incansablemente hasta encontrar una línea divisoria. Un “hasta dónde” que les indique que está bien y que no. La contención de los exabruptos verbales, de las irreverencias, de los excesos es parte de la tarea de quien educa. En casa, los primeros límites, que incluso hacen a la maduración e integridad de su ser. En la escuela los límites de la convivencia, de lo que permito del otro, y de lo que el otro debe resguardar en favor de sí mismo.

Ignorancia: parece mentira, pero el vocabulario que utilizan nuestros jovencitos es cada vez más pobre. Muchas veces expresar lo que sienten o piensan implica exponer un vocabulario del que carecen. Aquí haga el alto cada quien, para encontrar la mejor manera de darles a los chicos un nuevo espacio para aprender lo más pronto posible lo que necesiten. Solos no aprenden, hay que enseñarles, hoy sin dudas, los chicos no saben ni hablar, ni escribir correctamente. ¿Cómo esperamos que se expresen de manera adecuada si no aprenden a hacerlo?

Falta de valores: Llegamos a la raíz…Si el respeto implica reconocimiento o consideración, necesitamos entender qué reconocemos y qué consideramos. El respeto en sí mismo no es un valor, sino la forma de reconocer y exteriorizar una infinidad de valores. Poniendo en juego cuestiones esenciales, valoraciones precisas e indiscutibles: la vida misma, la integridad, la bondad, la fe, la empatía, el afecto, la caridad, la mansedumbre, la propia paz.

El respeto es como la llave de un cofre donde se resguarda lo que somos en realidad, lo que queremos, lo que esperamos, las propias certezas, esa fe que nos caracteriza, ese amor que nos mueve, esa mirada que reconoce cuanto queremos para nosotros y para los demás.

Cuando encontramos que el respeto se ha perdido, cuando no recibimos la respuesta esperada no deberíamos sentirnos humillados. Debemos encontrar la paciencia y la capacidad de entender que el otro, que nuestros niños, que nuestros jovencitos carecen, aunque sea en parte, de cuanto el respeto expone.

Muy demás está decir que ellos mismos no han recibido muchas veces ese respeto, esos límites, esos valores y ese amor lo suficientemente capaz de contenerlos.

La crisis de valores que atravesamos es seria. En muchos aspectos nuestros sentidos están repletos de cosas, los avances, las modas, lo entretenido, lo veloz, lo cómodo y superficial han ocupado un lugar tan grande que sin querer nos hemos ido vaciando de otras cosas. Y nuestros pequeños, los herederos de cuanto hemos aprendido, de las respuestas vitales que ya no podemos dar porque las fuimos perdiendo, reflejan lo mismo…Ciertamente, aunque no nos guste, a su modo están señalando nuestros propios errores y falencias…

 El respeto en la sociedad: ¿Cuánto más podría decirse? Creo que poco, puesto que la escuela, aunque más pequeña, sólo es un espejo de lo que la sociedad va gestando. De cuanto necesita, de cuanto olvida…

Lo más importante de cada ser humano parece haber dejado de tenerse en cuenta, para hacer primar un sistema social, que en muchos sentidos ha borrado los nombres, los rostros, las necesidades reales, el alma de la humanidad. A Dios mismo lo ha puesto a esperar con una corta disculpa y con un escaso gracias. Así perdemos de vista una maravilla increíble, eso que nos pasa segundo a segundo, y segundo a segundo dejamos pasar: la vida misma.

Hay tanta belleza esperando ser vista, hay tanto que espera de nosotros y callamos tan hábilmente. No es difícil recuperar lo que hemos perdido, la pregunta es ¿Queremos realmente hacerlo? Si es así ¿Qué estamos haciendo para recuperarlo?

El respeto es sólo una envoltura, quizás si recuperamos cuanto debe contener, hallemos a diario eso que tanto necesitamos y esperamos encontrar en nosotros mismos y en los demás. Hasta el cansancio y en detalle el tema está expuesto aquí, nada sucede porque sí, hasta aquí llegamos todos juntos, desde aquí necesitamos retomar eso que anhelamos.

Siempre lo menciono porque es crucial, es una gran suerte poder llegar hasta donde lo hacemos, poder enseñar, poder aprender, y con el mayor compromiso y afecto devolver a las nuevas generaciones todo eso que olvidamos es nuestra responsabilidad proveer y enseñar.


Educar con claridad ¿Qué está bien, qué está mal?

Enseñar la diferencia entre una cosa y la otra en este punto no parece ser fácil, aún cuando el límite entre las mismas muchas veces depende de la escala de valores personal y de la óptica y experiencias propias de cada individuo. Hay mucho aquí que se colorea desde lo cultural, familiar e incluso religioso. ¿ Cuál es la línea que ha de separar ambas? ¿Cuál es nuestra tarea al respecto? Puesto que enseñar sin dejar espacio para las dudas lo que está bien hacer y lo que es inaceptable, es parte del minuto a minuto en la escuela. Requiere esfuerzo desligar los matices que deslizan a un lado u otro los límites entre las dos, pero es indispensable como educadores alcanzar la claridad suficiente, para transmitir desde la moral que incluye a todos una definición certera, que precisa trace una línea entre lo que si y lo que no.

Posiblemente nadie tenga dudas de que lo que está bien y lo que está mal no sean relativos, sin embargo al respecto se han formado nuestros jovencitos cierta escala, con todos los matices posibles, de lo que está bien y lo que no lo está, sea de acciones, de omisiones, o palabras. Así dudan permanentemente sobre la línea que divide el propio accionar respecto de lo moralmente aceptable o no, relativizándolo casi todo.

De alguna manera no hemos logrado transmitirles claridad al respecto y mucho de lo que reciben es un gran más o menos, “no está bien pero tampoco mal…”, justificando casi todo en una gama de grises que no tiene una  relación real respecto de lo correcto e incorrecto. Incluso desde una óptica más novedosa hasta parece un tanto anticuado reservar cualidades de este tipo, ¿Qué puede estar bien y qué mal? ¿Quién lo sabe…? y desde ese mismo relativismo un tanto inicuo y pretencioso por considerarse racional, se pierde cierta sabiduría que nos preserva como seres humanos.

A la falta de nitidez en nuestras palabras sin querer agregamos el componente del ejemplo…al cabo que gran parte de nuestras acciones, que ven nuestros pequeñitos y jóvenes son en gran medida una muestra del mismo intermedio. Muy posiblemente hasta nosotros no nos sintamos muy seguros al respecto, nuestra propia escala de valores personal suele quedar desprovista de nuestro accionar consecuente demasiadas veces. Así nuestro ejemplo silencia sin excusas nuestras palabras, y cortos de palabras y ejemplos…tenemos algunas cosas que solucionar. Sin dudas no somos muy evidentes, me parece que tendríamos que mirar alrededor con más certezas y menos miedos, enseñar con más precisión, con toda la que haga falta la diferencia de ser y actuar de determinadas maneras. Nada se pierde en el tiempo, todo lo que hacemos y dejamos de hacer afecta a otros en mayor o menor medida. Esto pueden verlo en la escuela los chicos porque lo viven y lo hablan, pero en mucho no han de conocer todavía con claridad cuál es el eje moral que soporta una convivencia realmente sana, más aún en pos de sí mismos son muy pocos los que reciben cierta guía en casa.

Ciertamente por aquí nada es relativo, cuando hablamos de valores, cuando hablamos de moral, cuando hablamos de preservar ambas debemos transmitirlas como son, con su brillo original…sin acomodarlas, sin empañarlas, sin esperar. Un poco de moda se ha puesto cierta corriente que pretende dejar algunas cosas para la realización personal, para cuando sean grandes y entiendan, “¿Para qué ahora? Si mejor es que disfruten, ya van a ser grandes y se darán cuenta…” ¡El más triste de los errores!  Cuántas veces vemos que un poco después es tarde…no alcanza el tiempo para contar las veces que es tarde para muchísimos chicos.

¡A los niños hay que cuidarlos! ¡A los jovencitos hay que cuidarlos! sí educarlos, enseñarles, claro que sí, pero ante todo hay que cuidarlos, no saben hacerlo solos, nos necesitan. Allí justito coloco la franqueza, lo que está bien y lo que está mal. Una cosa y la otra no dan lo mismo, ni dependen de dónde se mire. En casa como padres, en la escuela como docentes y en cada lugar donde como adultos, sea cual fuere nuestra tarea, transmitamos esa forma de proteger y de educar. Eso es sano, no es antiguo, es sano. ¿Por qué ahora se supone que cada pequeño ha de construirse a sí mismo solito? No es vergonzoso educar, ni proteger, ni ayudar, no debemos invertir los roles.

Siempre la prisa quizás, el ritmo de vida que se nos exige da por tierra con mucho de lo que sabemos que tenemos que hacer, la tarea de educar es maravillosa, la tarea de resguardar, de cuidar es tan maravillosa como intransferible, se trata de nosotros mismos, se trata de lo que somos como seres humanos y de lo que nos corresponde asegurar. Para que el mundo evolucione nos toca proteger el vuelo de los que mañana van a ser capaces de superarnos en mucho, tenemos que asegurar ese mañana. No tengamos temor de ser claros y firmes en la educación de nuestros pequeños y jóvenes, la claridad abraza, contiene y da seguridad.


Enseñar la paz: si la paz no es un medio…difícilmente sea una finalidad

Apenas de una primera mirada, en el post anterior violencia escolar, se presenta la misma como reflejo de la sociedad que vivimos, nuestros alumnos hoy, son el fruto de lo que les hemos mostrado, de la forma en la que descalificamos los valores, la razón, y la capacidad de cambiar. Así como la violencia no es una finalidad en sí misma, sino un recurso, necesita mucho más allá del fin que persiga ceder espacio a la paz, no a la ausencia de violencia… sino a la paz. Y esa paz se construye, se aprende y se enseña.

Hay mucho violentado en un sentido y en otro, ninguna duda que la violencia que vemos, es por un lado una forma de protesta en un intento de mantener alejado todo eso que no se quiere, y en otro contrapuesto conseguir por la fuerza aquello que se quiere o se necesita, limitado algunas veces a la falta de recursos legítimos. Quizás a tiempo aún es en este punto donde vale el alto, para poder comprender lo antes posible qué es lo que nos sucede, cómo nos sucede y de que forma podemos cambiarlo. En mucho aquí la escuela queda pequeñísima, está claro que es imposible que sola cambie ninguno de los males sociales, el más urgente, la violencia que la ha alcanzado. Solitaria  al respecto de muchas maneras, no puede más que sobrevivir en el medio hasta que todos, y de a uno cada vez más, nos detengamos para mirarnos y comprendernos. Aquí nadie tiene la razón, ni deja de tenerla, alcanzar el punto de inflexión necesita mucho más que eso, necesita sobre todas las cosas silencio, para alcanzar inteligencia y capacidad de transigir.

Todo lo que vemos hoy no se arregla a los tirones, así llegó a este punto, hace falta mucho más… nada va a cambiar sin que cambiemos nosotros primero. No hay diferencia alguna en este aspecto en el nivel social, o económico, de educación o de función. Hay un silencio reflexivo que nadie está dispuesto a hacer, éste es el que necesitamos aprehender, para garantizar que nuestras palabras provengan de la racionalidad y proyecten un punto de encuentro común, válido en sus formas. Estar realmente listos para hablar… y estar listos para escuchar… son dos cosas que prácticamente desconocemos.

Cuando la paz no es un medio, imposible que exista como finalidad: Absolutamente cierto, no se puede planear la paz para después cuando el medio provee permanentemente tanta violencia. El futuro no es una pulseada, ni una competencia de supervivencia… Casi agotada la razón de no encontrar un dueño que asista y alivie los males sociales, necesitamos ralentizar la marcha, antes que nada, para encontrar otras maneras en las cuales pueda subsistir  la objetividad respecto de cuanto necesitamos cambiar. Así aguda más que nunca precisamos de la paz, como mecanismo de resolución. Interesante casualidad, cuánto ha de resolverse de paso.

Asociada a un estado interior o como cualidad social la paz es poseedora de un abanico de significados y alcances. Al respecto, la referencia es precisa al señalar la paz en sus formas para resolver conflictos, para atender tanto a la racionalidad como al eje moral que preserva la salud del hombre. Necesitamos de ella como depositarios de la responsabilidad de subsistir desde el conocimiento y la comprensión, desde la integridad y la ética que siempre dejamos para después. Generalmente trazamos el plan a la inversa desde los antivalores  o por la fuerza tratamos de traer entre discusiones un camino válido al futuro. Imposible resolver de esta manera. Imposible acordar por la fuerza, imposible escuchar en medio de tanto ruido.

La paz resuelve el método en sus formas y es parte de por sí de la solución, la paz otorga por naturaleza razones justas y equitativas, atiende las necesidades de unos y otros, porque departe por igual su justicia desde la razón y la moral que la sostiene, necesitándola indispensablemente para resolver, encontrando sus rasgos definidos dentro de características que le son propias:

 La paz es mansa, pero justa. Sin justicia no hay paz.

No supone ceder, sino ordenar con firmeza.

Defiende LA VERDAD, no las verdades a medias, ni las opiniones, 

y en ese camino de coherencia, no otorga ni se doblega.

Promueve el cambio, porque escucha necesidades y razones.

Educa, preserva y alienta, en tanto resguarda las formas.

No es pasiva, sino activa, dado que ampara derechos legítimos.

 Reflexionar acerca de todos estos aspectos nos otorga, mediante la acción consecuente soluciones a corto y a largo plazo respecto de todo lo que pretendemos cambiar y mejorar. La educación en su ida y vuelta de enseñar y aprender es la protectora y principal promotora de la paz. La escuela mediante la misma ha de comprobar la validez de sus métodos en tanto necesita preservarla y enseñarla, de manera de garantizar su aprehensión a futuro, y su vigencia en el presente.

La paz es transformadora, es una herramienta de cambio, no debemos esperarla a futuro sino traerla como mecanismo al hoy, al ahora. Justo en este momento, justo para estos conflictos, justo para este punto que hemos alcanzado de violencia excesiva e innecesaria. De nuevo, la paz se aprende, se enseña y se vive, no es para mañana, sino para hoy. La escuela más que nunca la necesita para cambiar un presente que se muestra tan desconcertado como errado, y que la espera como madre del cambio en la salud social e individual de los jovencitos que pronto han de construir nuestro futuro.

Sin dudas a todos nos toca nuestra parte, a los que trabajan por el hoy y a los que cimientan el mañana. Afuera, adentro, en casa, en la escuela, en la calle, en nuestras palabras, en nuestros gestos, en los pensamientos, en los proyectos, en las ideas geniales, en las de todos los días,  a solas o en equipo, la paz es el único instrumento válido para cambiar estas formas sociales que no queremos, para garantizar que llegue pronto todo aquello que somos capaces de traer y merecen nuestros pequeños.


Enseñar valores humanos en la escuela

¿Cómo se relaciona la educación con la enseñanza de valores?

Como sabemos todos convive permanentemente un gran desacuerdo entre los que defienden la inclusión de los valores humanos y los que no dentro de la enseñanza escolar en cualquiera de los niveles.

Para analizar ambas posiciones propongo encontrar la relación objetiva entre la educación y la enseñanza de valores, por lo cual se hace necesario revisar cuál es la finalidad de la educación y qué significa educar.

Creo en primer lugar que se sostiene un gran esfuerzo por enseñar y se retira la vista de lo aprendido realmente. En ese sentido la educación ha perdido un referente irreemplazable, porque que es necesario considerar cambios, a partir de los resultados obtenidos en quienes es depositado un gran trabajo, los alumnos. Y últimamente los alumnos no aprenden lo suficiente, ni ganan las habilidades necesarias. Entiendo que si no hay modificación en el haber de conocimientos y habilidades, no hubo aprendizaje por más esfuerzo que se haya hecho por enseñar. Y la educación de por sí debe mostrar tal resultado positivo, para no carecer de sentido ni significado.

La gran pregunta es ¿Ha logrado la educación con sus métodos y alcances tradicionales cumplir finalmente su objetivo?

Reviso entonces tal finalidad que es básicamente que los alumnos aprendan, desarrollen habilidades, ganen en capacidades y alcancen un desarrollo y formación integral como seres humanos, incluyendo los aspectos: físico, intelectual, afectivo, social y moral. Quién no recuerda a la hora de hacer el profesorado, de cuántas maneras se nos ha enseñado esto mismo, desde la óptica de la filosofía y la psicopedagogía atendiendo a toda la problemática educativa que se presenta aún en las escuelas, con un enorme margen de problemas ganados a través de los cambios sociales.

Así de amplia es la finalidad que persigue la educación, responder a la humana necesidad de conocer, aprender, descubrir, saber, preguntar, mejorar, aspirar y alcanzar. Para lo cual estamos los educadores, para guiar todo este aprendizaje y adquisición de habilidades.

¿Y cómo que los valores humanos  no son necesarios? ¿Cómo puede alcanzarse todo esto sin conocer las virtudes, las cualidades y capacidades más elementales que hacen a cada ser humano factible acceder a su desarrollo integral?

¿Cómo puede la educación  separarse de la enseñanza moral que hace al individuo y que sostiene y fundamenta la misma educación?

Tal es el estado en el que la encontramos, pidiéndole prestado información al conocimiento y trasladándoselo a los alumnos, sosteniendo así un bonito sistema de información y no un sistema de educación verdadero.

Cuando logramos como educadores integrar seriamente una cantidad de valores, interactuando desde los mismos, se completa naturalmente incluso  la forma de enseñar, y la forma de aprender realmente. Cambia la manera de brindar y enseñar contenidos en particular, y también cambia la actitud en la que se recibe y se produce el aprendizaje.

No podemos dejar de cuidar la calidad en la forma de dar nuestras clases y enseñar el conocimiento que esperamos aprehendan para sí nuestros alumnos, entendiendo nosotros que hay mucho más que el contenido en sí e invitando a descubrir todo lo que el mismo proyecta.

Qué es educar entonces, sino enseñar y asegurarse de que tal aprendizaje se haya producido.

Puede fragmentarse el conocimiento en general para su estudio, matemática, historia,  literatura, filosofía, incluso los valores éticos y morales, pero a la hora de construir la formación integral, todos deben ser entregados  con la misma importancia.

Volviendo al principio: ¿cuál es la relación de la educación con la enseñanza de valores humanos?. Desde donde se ve son la misma cosa, una no puede, ni debe, existir sin la otra.


la educación como valor

La educación como bien universal e individual es uno de los valores más nobles e indispensables, en tanto colabora positivamente en la construcción y desarrollo de cada ser humano, permitiéndole alcanzar a través de las propias capacidades, su desarrollo integral. 

En la educación se produce un intercambio que tiene que asegurar dos procesos, el de enseñar y el de aprender, ambos necesitan coexistir en cada uno, en un ciclo que dura toda la vida.

A través de la educación se transmiten muchas cosas, la cultura, la experiencia, los descubrimientos, el conocimiento que es patrimonio común, los valores morales, la fe y las costumbres. La educación alienta el desarrollo de habilidades, ofrece posibilidades, abre puertas y dignifica.

Reflexionar sobre el valor que tiene la educación en tanto bien indispensable, dado que no es un valor moral en sí, sino el único medio de conectar con los mismos; Nos dará una dimensión más acertada de cuanto ganamos o perdemos cada vez que nos paramos frente a ella, o cada vez que le damos la espalda.

Si logramos disociar el término educación de la institución educativa únicamente, podemos entenderlo en su dimensión real, puesto que educan los padres y la familia en general, la escuela, la religión, la sociedad, los medios, el club de deportes…

Desde el  rol que corresponde a cada uno se imparte la educación, con la orientación y características propias.

  • La educación que se recibe de los padres, está basada en el amor y la protección, y orienta (o debería hacerlo) hacia la integración y autonomía, marcando normas, hábitos culturales y sociales, valores morales, las creencias referidas a la fe, pautas de convivencia y una historia familiar. La educación del hogar desde el amor debe construir el sano desarrollo afectivo, cognitivo, intelectual, espiritual y físico.
  • La educación que proviene de la escuela cubre básicamente la necesidad de conocimiento y capacitación para interactuar en la sociedad e insertarse en ella, promoviendo siempre la evolución y los cambios consecuentes. Educa en el aspecto cognitivo, moral, ético, a veces religioso y claro también que en el aspecto afectivo y social, a través del intercambio permanente.
  • La educación que proviene de la fe atiende claramente al desarrollo moral y espiritual, señalando senderos a través de la historia de la humanidad, atendiendo como principal objetivo al alma que mueve nuestra vida,  y su origen, promoviendo los más elevados valores éticos y morales.

Claramente quedan muchos, o todos los demás aspectos nombrados que hoy educan, la sociedad en general, la calle, los medios, los libros, las modas, internet se ha convertido hoy exageradamente en tutor. Cada uno de ellos ofrece lo que puede, lo que le parece, lo que se le ocurrió, lo que se usa, lo que queda, lo mejor, lo mediocre y lo peor. Pero todos ellos también educan, y no porque lo que enseñen esté bien, sino porque produjeron una modificación, enseñan algo y muchos lo aprenden. Cuando las tres grandes guías de la educación fallan, se aprende de lo que queda, y eso que queda es lo que van tomando los chicos hoy. Sin control, sin escalas de valores y sin capacidad de juzgar lo que se toma.

No hay dinero que pague la buena educación cuando cada institución cumple mínimamente  su rol, cosa que está lejos de ocurrir últimamente, así un valor tan necesario, del que el ser humano es tan digno y soberano como es la educación, se encuentra dosificado, mezquinado, recortado, humillado y degradado. Parece que no hubiera tiempo para educar, detengamos la prisa por un momento porque tal vuelco es grave. Se hace necesario y urgente revisar lo que se ofrece y lo que no, lo que se entrega finalmente y lo que se toma como educación.

La educación como valor, como bien, es utópicamente invaluable, sin educación no hay valores humanos, no hay moral, no hay derechos ni deberes, no hay libertad, no hay conocimientos ni racionalidad. Recordemos y restituyamos tal valor a la educación, atendiendo responsablemente a todos los aspectos que hacen al ser humano y sin los cuales se obtienen los resultados de lo que repudiamos y criticamos diariamente. Últimamente la selva parece tener más equilibrados los códigos y costumbres que nosotros como sociedad supuestamente racional.

Otra vez vuelvo a llenarme de preguntas: ¿Qué pasa en las familias que no llega la primera educación, más todavía, no hay tiempo de demostrar afecto? ¿Qué pasa en la escuela, madre de la formación y educación de los niños, por qué se mezquina tanto el conocimiento como la formación moral y afectiva? ¿Qué pasa con la fe, que le hicimos un paso al costado, cuando debería ser nuestra tutora y guía?

¿Qué pasa con el estado, que lentamente transformó la educación y la capacitación recibida, y generó con su política actitudes relativas a los antivalores? Como el abuso, el abandono, la discriminación, ambigüedades relativas al valor de la vida, creando incertidumbre, malestar, hambre, ignorancia, indiferencia. Se torció el significado de dignificar y atender, marcando un rumbo de equilibrio e igualdad, para dominar, tomándolo todo sin devolver nada, sin repartir, sin educar, sin preservar la salud verdadera de nadie. Ni siquiera la del propio estado.

¿Qué sucede básicamente con nosotros o en nosotros, que no acertamos a provocar un cambio? Me resisto a pensar que uno a uno, a veces, vamos bajando los brazos.

Tenemos que cambiar paso a paso, un paso a la vez es seguro. ¿Dónde queda el hombre si no es así? ¿Dónde dejamos a nuestros pares, a nuestros hijos, a Dios mismo, sino construimos un camino más seguro? Hay tanto por hacer, y tanto por mejorar. Tanto que replantearse, vale la pena el tiempo que tome hacerlo. Están en juego el presente y el futuro, nuestros hijos y los suyos. Devolvamos el valor que tiene a la educación, juzguemos, comparemos, y seamos consecuentes al sacar conclusiones, nadie lo hará por nosotros.