…en la escuela necesitamos integrar los valores…

La única manera de defender la escuela es a puertas abiertas

La única manera de defender la escuela, es a puertas abiertas.

Durante los últimos días contemplamos casi atónitos, en una secuencia de tomas de escuelas y destrozos a la iglesia de San Ignacio, un cuadro grotesco, frustrante, en una exposición breve de los síntomas de la decadencia educativa y social. La que  reclama violentando los días de clases, la que toma una escuela en una pincelada de las capacidades estudiantiles, respaldadas por la inexperiencia y la falta de diálogo por parte de los padres y de la dirigencia educativa. Así la educación formal y del hogar, exhibe indiferente que carece de límites y responsabilidades claras.

Evidentemente, también estamos frente a las consecuencias de gestar en los alumnos esa pasión política, esa división de opiniones y métodos, a una edad demasiado temprana, en que las ínfulas, la razón y las hormonas son una mala combinación. En una etapa en la que todavía, se necesita obedecer y aprender, sí cuestionar, sí dirimir, pero no gestar pequeños grupos, ni sectarismos capaces, por ejemplo, de cerrar y tomar una escuela.

En su victoria airosa, los alumnos demostraron su capacidad de exterminar horas de clases, de alejar la posibilidad de dialogar y consensuar en un ambiente de conocimiento, con sus causales y sus consecuencias…Eso, nadie se los enseña en las escuelas… ¿Acaso los docentes y los padres no han aprendido que es el diálogo responsable, prudente y sensato el que resguarda los cambios?

Reclamar con las razones apropiadas siempre será necesario, incluso marchar de manera de exhibir una cuestión, dialogar, casi exigir, son parte de los derechos y obligaciones de cualquier ciudadano. Pero reclamar derechos, a costa de violar otros, es síntoma de decadencia moral. Es hurtarle la racionalidad a cualquier cuestionamiento, quitándole la posibilidad de prosperar.

La educación no es un juego, la educación pública y obligatoria menos, hay mucho (y está expuesto aquí un millón de veces) muchísimo por cambiar y mejorar, incluyendo cuestiones que no escucho a nadie reclamar.

Pero a la sensatez, si no se le pone el vehículo adecuado se tergiversa, las razones que necesitan violencia para defenderse son efímeras. Y van destrozando a su paso lo que cuesta tiempo y esfuerzo sostener.

Cerrar las puertas de una escuela está MAL, destrozar San Ignacio como lo han hecho, es síntoma del peor deterioro, es consecuencia de politizar a los adolescentes y someterlos a un lavado atroz, que les arrebata la posibilidad de aprender y sostener un eje moral, que los sectariza y les quita la capacidad más grande: la de saber. Porque eso es lo que hace la política a una edad tan temprana. Les evita el tiempo de aprender, de obtener puntos de vista diferentes, porque calzan frente a sus ojos un cristal de color desde el cual es imposible observar y razonar con claridad e imparcialidad. Lo veo a diario, los escucho repetir y repetir sucesos que jamás vivieron, escucho su resentimiento y su sectarismo respecto de cosas que jamás han visto, sobre personas que nunca conocieron, gritando derechos y pintando murales con palabras que no resultan mucho más que de repetir los sentimientos y sensaciones que les han transmitido muchas veces adultos resentidos, abruptos y desconsiderados, buscando sólo perpetuar ideas y la memoria de partes de la historia, mostradas así en pedazos, vistas con más o menos racionalidad.

Hay que ser muy inescrupuloso para sembrar todo esto en la formación de los jóvenes, la educación no puede enseñar a atropellar, si la educación no es capaz de moverse dentro de la moral que la sostiene, dediquémonos todos a otra cosa, y preparémonos para convivir en sociedad de la manera más triste. Y esto atañe a los padres, a los educadores, a los dirigentes y a los alumnos.

Si cada quien cumpliera con las obligaciones y deberes que le corresponden, ninguno tendría necesidad de reclamar derechos.

Descontando claro, que ningún derecho puede reclamarse mientras se le falta el respeto a los otros, y dentro de la definición de respeto, están incluidas la tolerancia, la racionalidad, el acuerdo y la justicia por definición y en consecuencia.

Aprendamos de una vez que la violencia, en cualquiera de sus formas, es contraria a la educación, aprendamos a poner límites a tiempo, para que la convivencia social prospere en un eje de valores.

Los alumnos a aprender, a estudiar, si hay algo que tienen que defender es su tiempo de estudio, sus horas de libros, de gastar hojas en prácticas y apuntes, de unirse como gestores del cambio, pero desde la integración, no hay nada que separar cuando lo que se persigue en verdad, es el bien común.

No me voy a cansar de decirlo, la finalidad última de la educación va mucho más allá de los contenidos, pero los necesita indiscutiblemente, mientras más…mejor. No cabe ninguna duda. Nivelar para abajo, no es gratis, basta una simple comparación, cualquiera lo sabe.

Pero si no cuidamos los métodos, volvemos a errar el camino. Cada quien, manifieste la excelencia desde su rol, los padres no pueden ponerse a la altura de los hijos, ni los alumnos a la altura de los padres o los docentes, ni viceversa. Mucho cuidado con eso, porque parece una piedra de tropiezo permanente.

No podemos olvidar que la educación es el tema más frágil y poderoso que cimienta la sociedad, para hoy y para mañana. La escuela representa sólo una etapa en la vida de las personas, pero forja lo más importante, junto con la educación primera y esencial de casa, sobre todas las cosas desde el amor y el respeto.

Es hora de replantearse como progenitores, como docentes o dirigentes, qué estamos propiciando en nuestros niños, y cualquier atisbo de egoísmo o sectarismo es una barrera difícil de saltar cuando grandes, asumamos con responsabilidad la parte que nos corresponde, es una tarea a conciencia, minuto a minuto, palabra por palabra, cuidado….Los destinatarios de todo esto, nuestros pequeños y jóvenes, lo agradecerán un día.

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