…en la escuela necesitamos integrar los valores…

¿Cómo mejoramos la educación?

¿Cómo mejoramos la educación?

Cómo actuaríamos si reconociéramos que la lógica capaz de obrar semejante propósito fuera tan simple, como realmente desear hacerlo. ¿Mejorar la educación es tan simple como desear realmente hacerlo…? En gran medida sí, en uno de los aspectos más importantes, es simplemente desear hacerlo, con toda la labor, a conciencia, que conlleva tal fin.

Asegurar semejante afirmación merece una explicación, o más de una, sin dudas. Y es que no se puede pretender enajenar semejante bien, de la responsabilidad que atañe a cada uno de nosotros, sea cual fuere, el lugar en la sociedad que ocupemos.

Quizás la crítica más severa logre llevarla un interrogante de controvertida respuesta: ¿Por qué como sociedad no exigimos educación? Educación de verdad, de calidad, no horas de escuela. Porque sabemos exigir muchas cosas que son parte del proceso educativo, pero que a veces quedan un tanto disociadas de la educación en sí misma. Reclamar sobre la infraestructura, sobre los sueldos, sobre la asistencia de unos y otros, sobre los comedores, sobre los boletos estudiantiles, sobre los derechos de ambos, y una extensa lista de etcéteras necesarios está muy bien. Pero un reclamo severo sobre la calidad educativa, resumirían a nada la necesidad de protestar por la falta de todos los otros recién mencionados. Más todavía, protestamos rigurosamente por muchos males sociales y económicos que tienen su sólida raíz en la falta de educación, pero aún así no la nombramos mucho, no la cuidamos, ni la anhelamos demasiado. Antes y mejor preferimos garantizar que estaremos cómodos, incluso entretenidos, antes que  bien educados.

El trabajo de la educación formal, maltratado en muchos sentidos, y falto de un camino serio y coherente por donde se vea, se quedó en el olvido. Y éste es un trabajo que pocas personas se animan a tomar con seriedad, una jornada escolar, en un contexto que se ha corrido de su norte original, puede ser tan agotadora, como poco productiva. Y como los frutos no caen lejos del árbol, aquí hay mucho, sino todo que replantear, en el proceso de educar. En este punto, todos los que somos parte, sea cual fuere la escala jerárquica que nos toca, del sistema educativo formal, necesitamos hacer replanteos muy serios. Como he mencionado un par de veces antes, hoy, muchas cosas del sistema educativo formal, así como están no sirven. ¿A quién no le sirven? A la educación, pueden servir muy bien otros intereses, pero a la educación no le sirven.

Está muy claro que resolver, desde su origen, un tema tan delicado y vital como éste, llevará muchísimo tiempo, tiempo ahora que se proyecte en los años venideros. Acá no hay solución de un día para el otro. Sin embargo, lo que es capaz de resolver cada día, cada pequeño espacio que se gana hoy, tiene un valor incalculable. Por eso también, podría afirmar que en muchos sentidos, a la escuela la sostenemos los docentes que estamos cada día frente a nuestros chicos. A los que con pequeñas diferencias, estamos viendo esto mismo con toda claridad, y sabemos que a la vocación tan imprescindible a la hora de pisar el aula, hay que ponerle conocimiento y responsabilidad. No es firmar asistencia, no es hablarle a las paredes, no es sólo pasar el rato. Tampoco es rendirse frente a un sistema educativo que al no presentar demasiadas soluciones, y aún a veces aportar más problemas, hay que acoplar y se acabó. ¿Quién sostendrá la educación si no lo hacemos nosotros, de verdad, con todas nuestras fuerzas, con todo lo que sabemos que encontraremos cara a cara en nuestros alumnos si sabemos llegar a ellos?

La educación de calidad, sólo puede provenir de docentes preparados desde la educación de calidad…supongo que ninguna duda al respecto. Sólo de allí puede devenir el proceso de enseñanza y aprendizaje que enriquezca a ambas partes permanentemente.

Una sólida base formativa, proviene antes que nada del conocimiento de lo humano, de la necesidad de los valores y principios capaces de sostener todo el conocimiento que viene después. Si el primero no ha fallado, entonces el segundo se alcanza en la plenitud de la sensatez y la coherencia. Necesitamos alcanzar ambos, por tanto ambos han de ser las herramientas de trabajo fundamentales de cada educador.

Los padres y en casa, al deber y al compromiso que corresponde desde el amor y la contención del hogar, deben agregarle presencia y acompañamiento al proceso de aprender de los hijos. Otro de los vicios que ha expuesto la sociedad es la contraposición entre los padres y los educadores. Muchos de los enfrentamientos tienen una raíz muy válida, puesto que en muchos casos, ambas partes, no han de asumir su rol de manera efectiva ni comprometida.

La primera fuente de la que los niños y jovencitos han de tomar sus hábitos y sus responsabilidades, es de la familia.

No hay dudas de que la primera educación es la del hogar, y aquí vuelvo sobre la aseveración del inicio, mejorar la educación que tenemos es realmente querer hacerlo. En casa, antes que nada, los primeros valores, la necesidad de demostrar afecto, de contener y guiar. Los padres han de ser los primeros educadores, los únicos capaces de llegar al alma de los pequeños. Y en su guía, en su abrazo, han de proveerlos de todo cuanto necesitan para desempeñarse y desenvolverse con seguridad, con esperanza, al margen de todos los riesgos a los que los expone una sociedad que se ha puesto bastante complicada.

Guiar el aprendizaje de los hijos, requiere presencia, en el hogar y en la escuela, acompañarlos en el hábito del cumplimiento de las tareas, de jerarquizar el aprendizaje de muchas otras cosas que incluso no se enseñan en la escuela. Fomentar la práctica de deportes, asistirlos en su desarrollo espiritual y moral con otros pares, la educación que proviene de la fe, son todos aspectos que deben cuidarse y protegerse en primer lugar, en cada momento, y son bienes que ha de aportar cada familia para cada uno de sus integrantes. Las cosas no llegan solas, nada se hace solo, crecer de tamaño es parte de la naturaleza del hombre, pero todo lo demás requiere tiempo y esfuerzo. Eso es educación, eso es ocuparse de los hijos, es sanar lo que vemos con tanto desagrado en la sociedad.

Volviendo a la educación formal, todos sabemos que las escuelas se han transformado muchas veces en un refugio social, pues bien, que lo sean, pero que provoquen una transformación tal que cada vez necesiten serlo menos. Otra vez tengo que decir que me da vergüenza el estado en el que estamos damos clases a veces, sin sillas, sin mesas, sin puertas, sin ventanas, sin material didáctico, y dejo aquí porque de verdad es espantoso. Sin embargo, necesitamos creer en lo que hacemos, necesitamos la esperanza de saber que los niños que están frente a nosotros, podrán dar a sus propios niños en el futuro, un espacio diferente. Tenemos que asumir el compromiso de que aprendan el valor de saber, de conocer, de amalgamar una serie de valores imprescindibles que se conviertan en sus propias herramientas de trabajo, y en su propia esencia de calidad de vida. Que anhelen saber y conocer, que completen estudios y se desarrollen en todos sus aspectos con la mayor integridad, eso es lo que los hará diferentes, y lo que hará diferente su futuro.

A esto me refiero cuando sostengo que no importa si estamos dando clases bajo un árbol o cómodamente sentados en una infraestructura lujosa, hay una riqueza inherente en la calidad de lo que estamos ofreciendo, que no depende sólo del lugar en el que se imparte el conocimiento. Sino que los diferenciará del resto, por lo que habremos de sembrar y cosechar de valioso, para que desde la verdadera libertad y la conciencia sepan dar lo mejor de sí, primero para sí mismos, y luego para la demás.

Finalmente y para pensar mucho hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde estamos llevando todos este proceso, tenemos que asumir que la escuela es sólo uno de los engranajes del sistema educativo, los otros son la familia y la sociedad. Uno se alimenta del otro permanentemente, no cabrían aquí todos los planteos que debemos hacernos al respecto, pero que cada quien puede resolver para sí, tomando un valor nuevo. Dentro del rol que ocupe cada quien en su lugar, en su sociedad, en su trabajo, y descubrir que la educación se cimienta y se revierte desde la primera gran pregunta del principio. En muchos, muchos sentidos mejorar la educación, es sólo desear hacerlo. Todos podemos ser excelentes educadores desde nuestro lugar. Todos necesitamos serlo, en un momento que nos pide antes que nada, un acto de conciencia. Luego un acto de responsabilidad, desde la cual asumir ser parte del cambio más importante que necesitamos, la educación que tenemos y la que queremos tener de aquí en más.

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