…en la escuela necesitamos integrar los valores…

* Los valores desde la fe

Los valores humanos no sólo son indispensables, sino que debemos asirnos de ellos con todas nuestras fuerzas. Sin embargo, no de cualquier manera, la libre interpretación de algunos de ellos hacen estragos, incluso algunos términos se han vuelto completamente ambiguos, confusos…Y es que humanamente …

Caemos con facilidad en la idea de creer que una opinión es una verdad, que un punto de vista es la realidad pura y acabada, que para ser tolerante hay que vaciarse de moralidad. Y vacío así cada uno y tan caudalosa la afluencia de “verdades” nuevas, pocas veces usamos en serio, pero de verdad lo que se nos ha dado para distinguir una cosa de la otra: la razón, a la luz de lo que tanto se nos exige omitir: la fe.

De todas las maneras posibles, la falibilidad de cuanto podamos escudriñar, defender y postular es infinita. Nos es tan lícito como sano pensar y repensar, intentar mejorar, ir por más, teorizar una y otra vez; todo es parte de nuestra esencia, de nuestra naturaleza humana. Pero hay un límite que hay que reconocer pronto y profundamente, el propio.

No hacerlo es pernicioso, no hacerlo implica muchos peligros; uno de los peores el del relativismo. El de la negación de verdades absolutas, inmutables, borronearlas con el codo caprichosa y apasionadamente trae miseria moral, pervierte el corazón, desanima espiritualmente… Se empobrece el mundo en manos de un relativismo tibio, con poca coherencia, tantas veces distanciado hasta de la lógica. Todo un mundo que corre en masa tras estas y aquellas premisas nuevas. Pocos se preguntan si son verdaderas o falsas, muchos menos las utilizan correctamente para llegar a darles su estructura lógica y llegar así a alguna conclusión.

¿Cuánto podríamos saber nosotros por nosotros mismos? Todo el conocimiento del mundo, de toda la evolución humana, quedaría en un instante sin aliento ante la magnificencia de la Verdad proveniente de Nuestro Padre. Y amorosamente puesta a nuestra disposición para encontrarnos cara a cara con El Amor, La Sabiduría y La Belleza en su real y acabada dimensión.

No podemos vivir arrojándonos una moralidad humanamente pobre; una suerte de cada quien haga lo que quiera que “todo vale”; que mi verdad, que la suya, que la del otro. Eso no es así, eso es ignorancia. Es pobreza de pensamiento, de corazón y de alma. No puede ser que todo nos de lo mismo. Que no se nos pierda el norte, usemos la inteligencia que se nos ha dado para pensar realmente, y discernir una cosa  de la otra. Posteriormente, claro, ofrecerlo también a los demás. No nos olvidemos que no se trata de sálvese quien pueda sino que la caridad nos exige mucho, muchísimo más. Y parte de esa responsabilidad está ligada al aprendizaje, al uso de la razón y a la coherencia. Es un reto completo, en una sociedad que muchas veces nos pide tolerancia y respeto desvinculándolos de nuestros valores y nuestra fe. ¿Qué sería del mundo si así fuere realmente…?

Que nadie tema defender sus valores desde la fe, desde lo Alto siempre. El Amor y la Sabiduría de Dios nos sobrepasan, no cambian nunca. Lo abarcan TODO, y estamos, lo veamos o no, inmersos en Él. Proveernos de cuanto se nos ofrece sólo implica abrir el corazón, y aprender pacientemente. Personalmente y como he dicho antes encuentro la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica.

Nutrir nuestra familia, nuestros hijos, nuestro entorno de ese Amor, conlleva ofrecer dulcemente de la fuente que hemos tomado, defender la vida SIEMPRE, amar y respetar pero no con una palmadita en la espalda de me da igual, sino departiendo con claridad lo que está bien y lo que no. Así se camina con conciencia y coherencia en la vida, eso es amor. No es amor, en cambio, que nos de igual si el otro cae por el barranco, que quede claro, que no se nos olvide. Eso no es te respeto, eso es me importas un comino. Contexto en el cual, ambas partes salen perdiendo.

No hay valores suficientes, no habrá nunca moralidad suficiente sin Dios. Nosotros, nuestros niños, nuestros jóvenes necesitan saber del Amor inconmensurable de Dios, y del camino que señaló de tantas maneras y con tanto Amor Su Hijo Jesús. No hay mayor sabiduría y amor más grande que podamos dar a nuestros hijos que hacerlos crecer en la fe. Estamos tan de paso aquí, que necesitamos asumir con la mayor plenitud y prontitud posible la belleza, la sabiduría y la paz desde la cual fuimos creados para encontrar verdadera felicidad.

Pero para ello necesitamos asirnos del bien, somos tan limitados y tan afines a buscar lo bueno “a la humana”, dándole mil vueltas peligrosas a valores indispensables, intentando acordar que tan bueno o malo puede ser determinado asunto, que esquivamos la verdad. La escondemos en un rincón, los que tenemos fe, muchas veces la maquillamos un poco o la interpretamos a nuestra perezosa medida sin dejar tiempo para saber de verdad.

Deberíamos acudir mucho más seguido a la verdadera fuente, dejamos a un lado lo sagrado, las enseñanzas de Nuestro Padre que ha sido absolutamente claro respecto de todas las cosas… Por mucho que nos cueste aceptarlo, solos no podemos, basta mirar alrededor, basta escuchar atentamente, basta “mirar los frutos” de hacerlo todo como se nos antoja. Y al colmo de lo antedicho vamos a los porrazos guiándonos unos a otros tan sueltos de conciencia, y tan hábiles para causarnos dolor. ¿Qué orgullo no nos permite abrir los ojos y el corazón para encontrarnos pronto con un bien capaz de manifestarse de infinitas formas? ¿Cuánto tiempo seremos capaces de añadir a las excusas de buscar y encontrar un camino de verdadera paz y felicidad? Ambas, por supuesto, fruto de la templanza, del silencio, de la oración y de la sincera voluntad de entrega.

De nuevo, solos, no podemos, solos no estamos, solos no hemos de encontrar cómo y quiénes debemos ser. Realmente no hay valor más grande que la fe, no hay mayor sabiduría que la de Dios, hacia allí tenemos que dirigirnos siempre.

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