…en la escuela necesitamos integrar los valores…

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Conectados

Desde el punto de vista de las comunicaciones estamos parados en un mundo nuevo, no sólo ha cambiado la forma de comunicarnos sino las razones por las que lo hacemos. Sin querer encontramos entre las primeras consecuencias, que lo que se ha modificado sustancialmente también, es la percepción de nuestro entorno, y la manera en la que nos implicamos o no, en todas las cosas.

La cantidad de información que obtenemos, en promedio, ha crecido exponencialmente, incluso muchas veces recibimos simultáneamente una gama infinita de mensajes. Si bien la calidad de la información recibida no suele ser compleja ni difícil de asimilar, nos pone en una situación singular caracterizada por la pasividad, enfriamos la reacción, perdemos en gran medida el valor real del mensaje, si acaso realmente lo tiene, y evitamos procesos e interacciones más acertados, sean de convivencia, de resolución o de asimilación.

Muy posiblemente como educadores, lo que más nos conmueve es la generación de jovencitos que ha sincronizado su vida con esta nueva manera de recibir sus vivencias (casi diría de evitarlas, por el tiempo que permanecen en su informatizado mundo) dado que simultáneamente a lo que acontece en su día a día, realizan la transmisión de lo acontecido, en una mezcla de atención diferida, con una actitud pasiva frente a lo que se presenta, entremezclándose el actor, el espectador y el relator de cada suceso. Pueden contar lo que están haciendo, dónde lo están haciendo, con quienes están e incluso cómo, sin embargo y contradictoriamente no es mucho lo que realmente están, ni hacen, ni conviven, tampoco disfrutan de tantas vivencias con la profundidad que amerita el tiempo compartido, e incluso a solas. Hay una excesiva disponibilidad para comunicar en tiempo real, y una escasa atención verdadera, cada momento se vive más para la selfie que para atesorar, es poco lo que se habla mirándose a los ojos. Hay que reconocer también que gente de mucha más edad se ha adaptado perfectamente a ese estado de conexión permanente.

Particularmente y entre muchas otras cuestiones, la que más hay que cuidar es el valor real de lo que transmitimos y recibimos, estar comunicamos de la forma en que lo estamos puede ser absolutamente genial y valioso, o completamente vacío y una excesiva pérdida de tiempo. Tiempo perdido que se denota en cuanto no sabemos o hacemos, en lo poco que compartimos momentos verdaderos y de calidad con los nuestros, o en nuestras respectivas tareas, incluso el invaluable espacio del silencio y de encontrarnos con cuestiones esenciales que se nos pasan por alto cada día.

En el lugar opuesto, hay un desafío añadido para nosotros, competir desde la conexión más trascendente y enriquecedora, esa que necesitamos recuperar: conectar a la humana. Con todos, en todas partes, desde la buena educación y la cordialidad, levantar los ojos de las pantallas y mirar al otro, al que pasa por nuestro lado, al que viaja en el mismo transporte, al que comparte una jornada laboral o nos vende el pan, a nuestros compañeros de ruta, a todos…

Socialmente la riqueza más grande que podemos evidenciar es la forma en la que nos tratamos como comunidad, nos escandalizamos cuando vemos en las noticias diciendo: “…pobre aquel que pasó tal cosa…” o “…tal y cual otra…y otras tantas…” pero cuando pasa a nuestro lado no lo vemos, cuando alguien que pasa a nuestro lado necesita algo…no estamos, no escuchamos. Obviamente no queremos pensar que no nos importa, entonces ¿Será que estábamos distraídos? Porque de estas distracciones daremos cuenta más de una vez, porque no nos cuidamos entre nosotros. Tampoco queremos descubrir las razones, pero las mismas necesitan una rápida y real atención, quizás salida de un tiempo nuevo, del que tome vivir a conciencia, siendo consecuentes y coherentes de verdad, con lo que somos, con lo que queremos y con lo que hacemos.

¿Y cómo son las relaciones en familia? ¿Qué tan conectados estamos con los nuestros? ¿Sabemos de verdad disfrutar un tiempo nuestro de verdad, de intimidad familiar?

Otra de las relaciones que necesitamos revisar en sus formas es cómo conectamos con nuestros alumnos en la escuela. Si la comunicación on line vía redes sociales es como lo describimos arriba, tenemos que encontrar la forma de crear nuestra conexión en vivo y de absoluta exclusividad. Nadie más que ellos y nosotros, antes que los contenidos, antes que los conocimientos, antes que el reloj y la pizarra están las personas. El saludo cara a cara, el interés mutuo, la calidez de la presencia y el tiempo que compartiremos seguidamente. El vínculo entre quien enseña y quien aprende no es una cuestión al pasar. No somos un delivery de conocimientos específicos. Muy por el contrario, nos guste o no, estamos creando un vínculo exquisito, fundamentalmente de relaciones humanas, que luego de lo aprendido en el hogar, se proyectará sin límites en la vida de cada uno. Recordemos siempre que el tiempo de aprender es en ambos sentidos, y que la habilidad de encontrar a tiempo una manera especial y única de conectar es principalmente nuestra. Aquí la calidad de la educación surgirá únicamente de la cualidad de la conexión que logremos establecer entre nuestros alumnos y nosotros.

Está demás hablar de los valores, porque es aquí donde los valores hablarán por sí mismos. Hay una grieta gigante en los vínculos, en todos, y la superficialidad que le ha otorgado el permanecer conectados no precisamente a la realidad, no precisamente al otro. Coincidiremos en que no es lo mismo escribir ” ja ja” que reír juntos, tampoco escribir “abrazo” que abrazar. “¿Cómo estás?” mirando a los ojos necesita muchas menos palabras cara a cara que por escrito y… sí sí, una belleza las redes cuando no queda otra, pero no es lo común…

Entre los mejores y verdaderos, hay vínculos que no necesitan mucha más conexión que la del corazón, sin importar cuales fueren las razones, el valor de los vínculos más reales supera las redes, las palabras y el tiempo, después de todo es lo que somos.

La vida es mucho más que buena, y necesita de nosotros una receptividad mucho más amplia, es una inmensa oportunidad además de un regalo que sin querer desperdiciamos insistentemente en poco. Sin embargo, cuando lo recibimos con la disposición adecuada, descubre que el valor que atesora es de la más delicadísima perfección. Tenemos que aprehender una manera de conectarnos diferente, una conexión real. Redimensionar los vínculos verdaderos, en el hogar primero y cuanto se presenta en cada jornada, en cada tarea. Hay tanta riqueza, tanta belleza y tanta capacidad de cambiar y mejorar que dejamos pasar, viendo la oportunidad sólo cuando está a la distancia y no podemos hacer mucho, pero esquivándola cuando se trata de nuestro prójimo inmediato.

No necesitamos mas revoluciones en la velocidad de transmisión de datos, lo que verdaderamente necesitamos es una revolución dentro, buscando a la mayor velocidad posible todo lo bueno que podamos sacar para compartir, para hacer, para crecer y dar. Estar comunicados es genial, pero no sólo se sobrevive al silencio sino que es fundamental, para que no se nos pierda la conexión con el alma, porque no habrá proveedor de internet que encuentre eso que sólo nosotros, y únicamente Dios mediante, podremos hallar.

Es muy fácil distraernos, nos basta un enorme circo montado en una pequeña pantalla para olvidarnos de la infinidad de cuanto está esperando por nosotros, somos seres de relación, de relaciones más tangibles, no un hueco receptivo de un alud de palabras e imágenes que poco se relacionan con lo que buscamos, lo que hacemos y queremos. No nos baste aprender a vincularnos de una manera diferente, sino que enseñemos a nuestros hijos y nuestros jovencitos a hacerlo también.

Sería una pena no descubrir la belleza de establecer relaciones mucho más humanas y trascendentes, de valores reales y tangibles, no de palabras en el vacío. La necesidad de aprender, el tiempo real de estudio, el tiempo real de estar, el de hacer las tareas que nos tocan a conciencia, con una atención menos diferida, no sólo nos daría más satisfacciones por los resultados obtenidos, sino también menos stress. Es demasiada exigencia el nivel de atención que se nos propone, porque se vacía de la capacidad de acción, de encontrar soluciones y cambios reales. Con un poco de sentido común, no se trata simplemente del tiempo que no necesitamos perder, sino del maravilloso tiempo que podemos encontrar.

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Más tiempo para los vínculos

Otra veloz mirada al reloj que ajeno a todo exhibe la rapidez con la que transcurre el día, tácitamente demuestra todo cuanto hoy (nuevamente) no alcanzamos a hacer. Mañana quizás, un mañana que posiblemente será tan breve como el día de hoy y algo convincente guiará nuestros pendientes hasta otro día, quizás…

A todos nos quedan pequeñas cosas y asuntos importantes para después, cierto. Una jornada laboral transcurre rápido, sin dudas hay más que queda por hacer, y cediendo a lo que más nos falta, al tiempo que más necesitamos, estamos nosotros y el tiempo que más necesitan los nuestros.

Sin querer dejamos lo más necesario para siempre después, siempre: un día…

Indiscutiblemente es necesario trabajar, genial tener proyectos, ideal tener una dirección hacia la cual dirigir el esfuerzo, no me refiero a eso… Sino a mensurar que muchos de los males propios y sociales, los vacíos dentro de la familia, dentro de la escuela, dentro del aula, y en cada contexto, son los que han deshumanizado las tareas, pospuesto el tiempo de los vínculos, evitado las reflexiones y las finalidades reales. Posiblemente te preguntes aquí a qué me refiero con las finalidades reales, devuelvo la pregunta, si acaso cuenta tiempo para que la respondas ¿Cuáles son las finalidades reales?

Sé bien cuanto hay que trabajar, sé cuanto cuesta todo en cuestiones económicas y el tiempo que ponemos el cuerpo, para si acaso tenemos suerte, llegar a fin de mes y alimentar una familia. Sin embargo hay un tiempo que no puede faltar, una situación económica o de función que no nos puede exceder porque necesita más que nada de nosotros: los nuestros y nuestros pequeños…

Estamos inmersos en un momento social en el que repletos de amigos en las redes sociales nos relacionamos con personas que ni siquiera hemos conocido personalmente, lo que posiblemente nada tenga de  malo, más que la falta de satisfacción de ser y compartir más allá de lo virtual. En un contexto que sin querer superficializa aspectos que son más ricos en realidad.

Se nos van perdiendo los vínculos persona a persona, que son los del abrazo, los de la sonrisa con todos sus gestos, los de mirar a los ojos y ver el alma. Los de la expresividad de las palabras que pueden escucharse y leerse a la vez en los labios. Perdemos la entonación de las oraciones, la calidez que se transfiere en los sonidos, la suavidad de los gestos, las pausas, los silencios…el contacto.

Enfriar las relaciones en un contexto virtual es separar al ser humano de su esencia, la familia, los afectos, los amigos necesitan más presencia real. Más aún, el tiempo propio de adentro, el tiempo de la reflexión, el tiempo del alma es tan estrecho a veces y tan invisible que no posee ni un segundo al día.

A la vez encuentro más jovencitos que esperan en casa un tiempo que no siempre llega, no llegan palabras, no llegan abrazos, no llega el tiempo compartido en silencio, tampoco el de la reflexión, cada día los escucho pedir lo mismo: atención.

Hay una realidad que todos queremos mejorar, nuestro contexto necesita madurar y sanar muchas cosas, el más importante es éste: el de las relaciones, el de las necesidades que hemos callado en pos de un tiempo que se muestra escaso para encontrar lo más humano. Para fortalecer los vínculos, para cuidar lo bueno e indispensable.

El día no cambiará su duración para que podamos hacerlo, somos nosotros los que necesitamos mirar de otra forma, y elegir mejor que cosas quedarán para mañana, quizás…

Absolutamente de acuerdo con las tecnologías en favor del hombre, las formas de comunicarnos han cambiado y mejorado, eso está muy bien. Pero hay algo en la forma de relacionarnos que no puede perderse. La lista de lo que nos perdemos es muy extensa para escribirlo todo, creo que cualquiera de nosotros podría confeccionarla.

A cambio, que tus días sean más humanos, que abraces más. Que compartas lágrimas y risas hasta cansarte, que escuches la lluvia caer con quienes te rodean.

Que abraces a tus hijos con toda tu alma, y mires en sus ojos que están buscando en los tuyos su propio reflejo.

Que encuentres tiempo para rezar y para amar con todo tu ser.

Que disfrutes sin más, una mesa con los tuyos y encuentres tiempo para el diálogo, para lo ameno, para lo simple…

Que a tus alumnos les demuestres que antes que nada son las personas. Todo lo demás viene después.

Que puedas así sin más hacer, sin pedir permiso al tiempo, esas cosas que tanto anhelas…

Y recuerdes siempre que cambiar las cosas para mejor conlleva inevitablemente humanizar lo que creíamos que podría esperar, pero que en realidad representa la única fortaleza capaz de revertir una realidad que nos espera tan tangibles como personalmente indispensables.