…en la escuela necesitamos integrar los valores…

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Mucho más que intentarlo…en una sociedad que necesita mejorar

Sin querer se me hace inevitable filtrar lo cotidiano. En mi favor no creo que esté mal, qué es la educación sino una mirada a la realidad de todos los días aspirando a ser mejor, a encontrar la verdad, a enfocarse en lo que nos mejora, nos hace grandes y por qué no, más virtuosos.

Hilar casi imperceptiblemente un mundo mejor es tan simple que cuesta creerlo, las razones para hacerlo sobran un millón de veces, y son tan matemáticas las consecuencias como el resultado de cualquier cálculo simple. Pero cambiar, sin dudas, es mucho más que intentarlo, mucho más que dar pasos en círculos, es dar una mano que toma con fuerza y jamás vuelve vacía. Es ofrecer palabras que se transforman coherentemente en acciones. Es mirar con la suficiente objetividad para encontrar en los otros, la misma cualidad que en uno mismo. Y encontrar en un acierto definitivo que no se puede partir gratuitamente la sociedad, que no podemos dividirnos o ignorarnos al punto que lo hacemos, que no existe una sociedad de uno, o de dos, o de mil que piensan de una forma o de otra, sino que es una sola, la forma en la que seamos capaces de entenderlo construye la diferencia en la forma de convivir.

La tolerancia como capacidad y el consenso como habilidad son las únicas llaves capaces de generar cambios verdaderos. La educación se vuelve fundamental en sus formas y en contenido, y los valores siempre serán el único vehículo capaz de amalgamar una comunidad, de ofrecer cambios, de construir en paz…

Si no dejamos de gritarnos unos a otros, de ofendernos unos a otros, y también de permitir el maltrato por definición, por jerarquía o de función, estamos perdidos, y basta mirar un rato por la ventana para darnos cuenta de la decadencia a la que asomamos por falta de convicción.

Mucho más que intentarlo es dominar con todas las fuerzas la necesidad de responder agravios, es dejar de defender el ego y comprender que a cada quien, le llega su momento de aprender, y que el silencio, un millón de veces, puede ser una maravillosa enseñanza. El malestar social que nos abruma a veces, es consecuencia de no tener la capacidad de dominarse y  devolver multiplicada la violencia y el maltrato al que nos acostumbramos.

Me cuesta creer incluso, en las redes sociales, los duelos de agravios e insultos que se exponen, con o sin groserías, no puedo comprender la necesidad de hacerlo y  además festejarlo. Para todos son momentos incómodos, son tiempos en los que el poder, la ambición y la corrupción en el más amplio de los sentidos, han hecho estragos con la política, con la decencia y con la sociedad. No hay discusión al respecto. Pero sí la hay en torno a la responsabilidad social que nos atañe, insisto en que todos nosotros somos los generadores de los cambios.

Mucho más que intentarlo es aspirar sin limitarse, es abandonar lo trivial, lo llano, lo tibio y ofrecer entusiastas lo que menos se ve y lo que más se desea. Es cumplir y exigir, es dar y recibir, es decir y hacer…Es enseñar que cada uno puede, y dar de manera de hacer evidente que se es sólo parte de una cadena, en la cual un eslabón enlaza al otro…ninguno es el último, evidenciando que no hay quien reciba sin tener la capacidad de volver a dar.

Mucho más que intentarlo también implica creer, creer de verdad, se nos confunde fácil el respeto con la sumisión, y aunque encontramos en conjunto mil razones altruistas y certeras nos cuesta ser consecuentes, nos cuesta reivindicar y exigir. Cuando estemos lo suficientemente unidos y dispuestos a escucharnos vamos a lograrlo. El bien común es eso, si no hay intereses egoístas de por medio, no hay mucho que separar…

Esperar que cambien todos los demás para cambiar después nosotros es falaz, y nos precipita inevitablemente al camino del que tratamos de salir. Todos vemos lo mismo, y queremos cosas parecidas. La duda nos detiene, y la inercia de la comodidad de la queja vacía de acciones nos aleja de los cambios.

Hay muchas cosas que no tienen segunda oportunidad, hay cuestiones que no tienen posibilidad de una segunda vuelta, de muchas de esas cosas penden los aspectos más preciados de la vida de las personas, ni hablar de los que más necesitan de nuestro cuidado, y dependen absolutamente por mucho que nos pese, de todos y cada uno de nosotros. Porque de la responsabilidad social de los pequeñitos todos tendremos que rendir cuentas, quien puede verlo, descubre que el imperativo moral de tratar de hacer algo es inexcusable.

No hay que quedar dormidos en el lamento, no hay que caer en la queja descuidada e indolente, sino tratar de encontrar de la manera más noble y simple, la capacidad de cambiar, mucho más allá de tratar e intentarlo. La diferencia entre quienes cambiaron el mundo y quienes se quedaron mirando, fue la fuerza que transformó sus convicciones en acciones verdaderas. Tenemos un mundo maravilloso y una vida, la de cada uno, que lo es mucho más. Entre todos a veces transformamos eso que nos pertenece, y eso que somos en una u otra cosa, todo lo bueno que hay, es lo que muchas veces nublamos con lo que pretendemos no querer. Ninguno de nosotros es ajeno a un mundo que necesita cambios y mucho más que un sálvese quien pueda. En lo pequeño y en lo grande, seamos y hagamos como todo eso que queremos ver…


Cambiar en lugar de resignar. Valores en sociedad

Muchas veces la jornada transcurrida nos deja un sabor a resignación, la labor docente, así como muchas otras salpica permanentemente el panorama de la realidad que se nos ofrece hoy, sin disimular ningún aspecto. Así sin más, el contexto diario decanta todo cuanto transitamos mansamente como sociedad.

Objetivamente la finalidad de nuestra tarea es preparar a nuestros menores para insertarse activamente mañana en una sociedad que hoy transgrede permanentemente los límites de la tolerancia, el respeto, la igualdad de oportunidades, la atención de las necesidades básicas y todos los derechos, que legítimamente corresponden a cada persona.

Pareciera que últimamente la responsabilidad de cambiar viene teñida de excusas, desde quienes como gobernantes tienen la responsabilidad primaria y fundamental de ocuparse mínimamente del bienestar de sus gobernados, hasta nosotros, que de manera equívoca esperamos que la evolución natural produzca cambios que sólo se logran a través de un accionar consecuente, del que todos y cada uno de nosotros debiéramos ser parte.

No es fácil encontrar palabras cuando a ciencia cierta los más perjudicados son los menores, el ciclo de decadencia que se percibe a simple vista, recae sin disimulos en quienes no pueden valerse aún por sí mismos, y no lo lograrán mañana en una sociedad que los deja, no sólo sin educación, sino sin cubrir siquiera las necesidades básicas.

¿Hasta dónde puede llegar la desidia y  la desinteligencia de los que preparados para acertar a resolver, no promueven mucho más que el conflicto entre sí? No lo sé, aunque ciertamente es preocupante. La irresponsabilidad de dejar sin resolver los problemas reales no es un juego.

De cara a la verdad, la reflexión se hace extensiva a todos nosotros, vale preguntarse:

¿Dónde comienza y dónde termina la responsabilidad de cada uno? ¿Por qué hacemos tantas veces oídos sordos al claro pedido de una acción consecuente? ¿De qué manera somos parte de un cambio? ¿Por qué en lugar de ayudar a mejorar nos subimos al malestar o al fastidio y realizamos nuestra tarea desde allí, excusando acciones positivas para caer inercialmente en lo mismo que repudiamos? Actuando como eslabón de una cadena de maltrato, de intolerancia, de resignación, de indiferencia, en una sociedad que a viva voz pide un cambio, un cambio de manera urgente que proyecte mínimas garantías a las generaciones venideras.

Sabiéndolo, pidiéndolo…¿Quién está listo para cambiar…? ¿Qué pedimos cuando cómodamente esperamos que las cosas se cambien solas? ¿Cuántas veces acertamos a  mirar al de al lado como si también fuese nuestra responsabilidad? Pues lo es…en una sociedad todos somos responsables de todos…

Quien más entiende más responsabilidad tiene, todos somos responsables de todos…eso es vivir en sociedad. Eso es lo que no queremos entender, antes mejor separamos, nos peleamos, nos quitamos entre nosotros, creamos muros permanentes, convivimos violentamente en muchos sentidos, como si fuésemos enemigos acérrimos.

Víctimas de una necia obstinación y diestros en el arte de criticar, nos falta inteligencia para acordar, para solidarizarnos, para pedir, para exigir y controlar a quienes deberíamos. Para construir nosotros mismos, proponer, colaborar, ayudar, proteger, nosotros cimentamos lo que deseamos como sociedad, nosotros nos proyectamos a nosotros mismos como comunidad. Deberíamos aprender a comunicarnos como sociedad primero en ese tono, bajar una velocidad a la jornada y transitarla con más luces.

Una sociedad dividida se paraliza, se hace completamente vulnerable, se vacía de proyectos porque sólo soporta el peso de una convivencia que no es sana, que no es inteligente, que no encuentra soluciones conjuntas ni individuales, descargando siempre culpas en el resto.  Ya no se sabe quién empezó qué, pero las diferencias se profundizan, en la medida que los problemas se hacen mayores. Víctimas y victimarios juegan ambos roles sin darse cuenta, esa es la prueba más clara de la intolerancia con que convivimos. Hace falta mucho trabajo para cambiar una sociedad, el eje siempre el mismo: todos somos responsables de todos…

Los valores que tanto apreciamos, que tanto deseamos promover e inculcar deben verse reflejados en nosotros. Si nosotros no proyectamos ese entusiasmo por llevarlos a la vida real, en todos los ámbitos, nuestras palabras no valen nada. Los valores se vacían si no echan raíces en un contexto real, no se comprenden, no crecen, no permanecen, no se los persigue, no alientan, no edifican, no enseñan, no acercan, no dicen nada si no les damos vida.

Francamente hasta que punto queremos cambiar lo que vemos, otra vez ¿Quién está dispuesto a cambiar? Es tan cómodo criticar desaciertos ajenos. ¿Y los propios? ¿Quién está dispuesto a dejar su huella? Pequeña, humilde, el granito de arena que debe aportar cada uno desde su lugar…

Necesariamente tenemos que accionar a corto y a la largo plazo, mirar con más empatía a nuestro alrededor, moderar el paso para asegurarlo, para ser más precisos, para ofrecer jornadas más valiosas y satisfactorias. Los cambios reales se producen cuando todos los provocamos, cuando todos trabajamos en ellos, la responsabilidad y el compromiso son las herramientas fundamentales de consecución. La inteligencia y los valores más elevados que necesitamos recuperar nos indicarán el camino.