…en la escuela necesitamos integrar los valores…

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Aprender la paz

Ciertamente la costumbre nos hace asumir ciertas realidades sin objetarlas, cuestión de economía de esfuerzo que se torna muy valiosa para agilizar el día sin necesidad de cuestionarse demasiado. Sin embargo, sería una gran pérdida no renovar y enriquecer la forma en la que nos desempeñamos como padres o formadores en el aula, más aún, en nuestra vida (toda) sea cual fuere nuestra tarea.

Por mucho que ame mi trabajo, la vuelta a casa es un momento no solo de alegría, sino de un silencio que agradezco infinitamente, la escuela es naturalmente un lugar donde puede haber de todo menos silencio, claro. Sobre todas las cosas es cada vez más notoria la aceleración que tienen los chicos, la disrupción permanente durante las horas de clases, y la poca capacidad de concentración que tienen los chicos. Sería injusto decir que las nuevas generaciones se ha inventado solitas esta aceleración, a veces, bastante desmedida; se la han aprendido de sobra de todo cuanto les hemos puesto a la mano, incluyendo el ritmo de vida que nuestras propias aspiraciones demandan de nosotros.

Todos lo hemos sentido en carne propia, es el precio del mundo en su auge insaciable de estar en todas partes, conectados con todo, haciendo lo que se supone debemos hacer y sabiendo todo cuanto sucede en cualquier parte del planeta (y fuera de él también). Aclaro que los avances tecnológicos no sólo me encantan, sino que son realmente geniales en muchos sentidos. Mas no son las cosas, claro, sino lo que hacemos con ellas, y lo que ellas son capaces de hacer de nosotros.

Corrigiendo un poco… Queremos estar en todas partes, sin estar en realidad en ninguna. Estamos demasiadas veces aquí, pero con la cabeza por allá, y el corazón por otro lado, tanto espacial como temporalmente. Generalmente no acabamos de aterrizar en un lugar en cuerpo y alma, nos dimos a la tarea de aprender a hacerlo y pensarlo todo a la vez, hartos de habilidad y destreza para hacer, pero con un gran hueco en la fecundidad de lo que necesitamos ser y transmitir. Dejamos muy poco tiempo para el ahora, para el presente, cuando es lo único que tenemos en realidad, y lo único que podemos modificar. Es de lo más valioso que se nos ha dado, a modo de oportunidad tangible, a modo de regalo para disfrutar sin más, a modo de tiempo verdadero para crecer.

Hay una ilimitada riqueza que se pierde cuando no estamos conectados con lo que hacemos, y con el otro. Todo roza demasiadas veces lo superficial, lo que se pasa por arriba a toda velocidad y al rato siguiente se olvida. La riqueza real deviene de la paz que se adquiere en una percepción más auténtica, de vivencias más acabadas y menos fraccionadas. Es tomar el tiempo y el espacio necesarios, convocando casi sin sin querer una convivencia más serena, pero inmensamente más rica.

Es en paz que se encuentran los medios más apropiados para trabajar por un futuro realmente mejor. ¿Nunca se han planteado que el futuro será mejor sólo cuando logremos que el día de hoy lo sea? ¿Cuánto hacemos para que eso suceda?

No es un eslogan de motivación personal, es lo que construimos a la luz de lo que verdaderamente somos, y nos guste o no, no podemos reconstruir un sólo día del calendario para vivirlo de nuevo. Aquí hay un inmenso darse cuenta de lo que realmente vale la pena, del agradecimiento por el hoy, añadida la oportunidad de crecer y ayudar a crecer, cosas que sin una perspectiva desde un presente mucho más sereno, no pueden llegar.

Un corazón en paz, construye un rato y un lugar de paz, en el que hay espacio donde colocar muchas cosas buenas. Afortunadamente no sabemos a ciencia cierta nada sobre el mañana, pero tenemos en las manos un hoy que nos espera siempre, y que la mayor parte de las veces se va en un ayer incompleto y planea un mañana sin haber concluido verdaderamente su hoy. Ojalá también aprendamos a buscar más que nada el tiempo de encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con Nuestro Jesús cada día. Se nos ha perdido la humildad de reconocer que no somos nosotros la fuente de todo, que solos no podemos con nada, y que hay un Amor infinito que espera ese tiempo de calma para ofrecerlo todo.

Únicamente en paz, encontraremos la fuerza para sostener la mirada en el otro, para pensar mejor, para construir con firmeza solamente sobre lo bueno y para cumplir con madurez nuestra responsabilidad de enseñar un no o un si en paz. Son tiempos en los que se usa mucho un amiguismo y complicidad extraños entre padres e hijos y entre docentes y alumnos, sin embargo no se nos han dado en responsabilidad nuestros pequeños para trabar amistad, sino para amarlos, guiarlos, cuidarlos y preservar su integridad en el más amplio de los sentidos.

humildadCuando estemos listos para relajarnos un poco del ritmo de vida que se nos ofrece, cuando nos acerquemos más a la gratitud, a la buena disposición, a la capacidad de seleccionar en que cosas y de que manera invertiremos nuestro tiempo; encontraremos las respuestas que necesitamos, incluyendo las sonrisas y los abrazos que olvidamos, la calidad y la calidez de las palabras que hablamos, y la paz en el corazón que necesitamos.

Nuestros pequeños aprenden lo que ven ¿…les has preguntado que ven?

La paz es una puerta, una oportunidad inmensa. Si no se construye dentro carece de sentido y significado, es tiempo de convocarla, no como ausencia de conflictos, sino como cualidad esencial de aquello a lo que pertenecemos verdaderamente; y tenemos la dulcísima responsabilidad de transmitir, sobre todo desde el ejemplo, a cada uno de nuestros pequeños.


Pausa

Con una mano en el corazón, me atrevería a confesar que el título resume cuanto se podría leer aquí, y es quizás más que nada porque hace referencia a la pausa que muchas veces necesitamos hacer para mirar mejor e intentar trasladar el granito de arena propio, nuestro aporte positivo y necesario de cada día.

Ningún aspecto escapa a los valores humanos cuando necesitamos un replanteo serio, un momento para recalcular los objetivos, los medios y la invaluable capacidad de ver la realidad sin subjetividad. Así las causas y sus consecuencias mansamente se vuelven evidentes, y sin más se aclara el rol que cada uno debe desempeñar para mejorar las cosas.

Abrir los ojos de verdad y ver lo que está pasando especialmente a nivel social, necesita también una seria pausa de revisión. Cuanto más si nos referimos a la educación, que intenta justamente colocar en el camino de la vida de cada uno, la capacidad de aprender, de tomar conciencia, de adquirir no sólo destrezas y conocimiento, sino imprimir en ellos la calidad de lo humano y valioso. Eso le da un sentido real a cada uno, encontrando afinidad en la forma de relacionarse con los demás y cualidad en el desarrollo individual. Creo que ningún educador ha de privarse de tal menester, puesto que debe transformarse muy a menudo en una herramienta fundamental. Sin ella, no hay cambios ni progreso.

Una pausa otorga siempre claridad, porque es la única capaz de desconectar la influencia de la prisa diaria, de la rutina de la obligación y la imposición de los deberes, del exceso de información más una extensa lista de añadidos extras. Es aquí, donde la necesidad de un intervalo, es la única posibilidad de importar señales de coherencia, de credibilidad y responsabilidad, por ser capaz de otorgar un alto a lo común, a lo que está sucediendo justo frente a nuestros ojos y lo usual, nos lo ha vuelto normal.

La repetición ha adormecido la conciencia de lo humanamente inaceptable y la capacidad de rebelarnos contra ello. La falta de reacción que hemos adquirido se ha vuelto en contra de lo bueno, de los cambios que sabemos que necesitamos generar hoy, para dejar de recibirlo todo inercialmente. Tampoco hay forma de que la educación alcance sus objetivos sin que nosotros, día a día demostremos que somos capaces de no desviarnos de ellos.

Necesitamos una pausa para mirar de verdad, para no dormirnos, para no quejarnos sin despertar, para no caer en el asombro y el olvido una y otra vez cada día… Cambiar es cambiar, que lo común no se convierta en bueno por repetición. La violencia, la decadencia, la comodidad, la falta de autoridad y sobre todo la falta de congruencia no pueden coexistir con la educación. 

Con certeza necesitamos que el silencio nos de la objetividad necesaria, para que la fe que nos mueve se traslade en fortaleza para enseñar la paz en lo cotidiano, única capaz de darle lugar al conocimiento. No está bien perder la alegría de todo lo bueno que podemos dar y recibir, por rendir nuestra capacidad de ofrecer y exigir todo cuanta humanamente nos corresponde. Exigir, bregar, demandar, cuestionar, exhortar, además de hacer, también son verbos íntimamente ligados a nuestra tarea de proteger y preservar la integridad de cualquiera de las personitas que nos rodean y nos necesitan.

Sobre todo, que la frecuencia de lo que no deseamos ver, no nos quite el poder de cambiarlo, hay gente increíble haciendo cosas realmente maravillosas, eso es lo que necesitan ahora y más que nunca ver los chicos reflejado en cada uno de nosotros, para crecer seguros, para construir la paz, para aprender de verdad y encontrar todos esos valores que deseamos que aprehendan para sí.

Los valores humanos necesitan el reflejo de la acción, tanto de la calidad como de la calidez del tiempo que tomemos para sembrarlos, para cuidarlos cada día, para mencionarlos y para protegerlos activamente. Nuevamente, no son sólo palabras, es la vida misma en su real y delicada dimensión. No hay tiempo más valioso que el que se toma para dar, éste es el tiempo que necesita el espacio de la pequeña pausa para razonar, sentir y hacer el bien, en cada pequeño y gran espacio que nos convoque.

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